
Conversando recientemente con Orlando Gutiérrez Boronat, secretario general de la Asamblea de la Resistencia Cubana, sobre las condiciones necesarias para hacer verdaderamente efectiva nuestra lucha por la libertad, llegué una vez más a una conclusión: si todos comprendiéramos la importancia de la coordinación, la interdependencia y la cooperación, como la comprende este veterano luchador, habríamos avanzado mucho más.
Hemos luchado durante décadas con extraordinario coraje, sacrificio y heroísmo. Muchos compatriotas han sufrido prisión, torturas, destierro, persecución y muerte. Sin embargo, a más de 34 años de la desaparición de la Unión Soviética, el régimen cubano continúa en el poder. Esto nos obliga a reconocer una verdad incómoda: no basta con ser valientes, estar convencidos de la justeza de nuestra causa o trabajar incansablemente. Necesitamos mayor inteligencia colectiva, mejores métodos, coordinación más eficaz y capacidad permanente para evaluar y corregir nuestros errores. Me asombra ver a quienes hoy tienen una reunión de "aficionados" y al final dicen: en un mes nos volvemos a ver. ¿Qué líder que no se comunique constantemente con los suyos, a la hora que sea, puede resultar verdaderamente efectivo?
Para explicar lo que necesitamos, vamos a utilizar como ejemplo el cuerpo humano. Un cuerpo sano, vigoroso, resistente, ágil y capaz de realizar grandes esfuerzos y conquistar importantes metas, necesita mucho más que músculos fuertes. Necesita salud física y mental, entrenamiento, alimentación, equilibrio y el funcionamiento armonioso de sus once sistemas fundamentales: nervioso, circulatorio, respiratorio, endocrino, digestivo, urinario, linfático e inmunitario, tegumentario, muscular, óseo y reproductor.
Los diez primeros permiten mantener el funcionamiento del organismo. El reproductor, aunque no resulta indispensable para la supervivencia individual, garantiza la continuidad de nuestra especie. En nuestra comparación representa la necesidad de incorporar constantemente nuevos integrantes, formar dirigentes y asegurar el relevo generacional.
Ningún sistema, por importante que sea, puede sustituir a los demás. Todos dependen unos de otros.
Imaginemos que el sistema nervioso, con el cerebro al mando diga: yo soy el que pienso y coordino, los demás son de menor importancia. O que el circulatorio, encabezado por el corazón, considere que, como bombea la sangre que transporta oxígeno y nutrientes, es el más importante y todos deben subordinarse incondicionalmente a él.
O que el sistema respiratorio afirme que, como sin oxígeno no hay vida, puede funcionar independientemente de los demás. O que el sistema urinario, encargado de eliminar desechos y regular el equilibrio de líquidos y sustancias, decida que su trabajo es suficiente para garantizar que el organismo pueda correr, saltar, trabajar y conquistar grandes metas. ¡Qué disparate!
Sin huesos que sostengan el cuerpo, músculos que lo movilicen, órganos que produzcan energía, defensas que lo protejan y un sistema nervioso que coordine sus funciones, ninguno lograría mucho.
Exactamente lo mismo ocurre con las organizaciones y líderes que trabajamos por la democratización de Cuba.
Podemos realizar una labor extraordinaria en determinado campo y, sin embargo, contribuir mucho menos de lo posible al objetivo común si no nos articulamos correctamente con quienes realizan otras tareas igualmente necesarias. Veamos las comparaciones.
El sistema nervioso representa la dirección, la inteligencia colectiva y la capacidad de coordinación. El cerebro recibe información, la procesa y orienta respuestas, mientras una extensa red nerviosa comunica las diferentes partes del cuerpo. Nuestra lucha necesita objetivos claros y compartidos, dirección colectiva, responsabilidades individuales bien definidas y mecanismos eficaces para tomar decisiones. Pero dirigir no significa monopolizarlo todo: como ocurre en el organismo, muchas respuestas deben producirse oportunamente sin esperar instrucciones para cada movimiento.
El sistema circulatorio representa la comunicación y la circulación de información y recursos. Así como la sangre llega a los órganos y tejidos, las informaciones confiables, los conocimientos, la solidaridad y los medios disponibles deben llegar a quienes los necesitan. Una organización desconectada de otras se parece a una extremidad que recibe insuficiente circulación sanguínea: termina debilitándose hasta dejar de funcionar.
El sistema respiratorio representa nuestra conexión permanente con la sociedad cubana. El cuerpo incorpora oxígeno y expulsa dióxido de carbono. Del mismo modo, una estructura cívica necesita escuchar las preocupaciones, necesidades y aspiraciones de la ciudadanía, comprender la realidad nacional y mantener contacto con trabajadores, campesinos, estudiantes, profesionales, artistas, religiosos y comunidades. Sin esa conexión viva con el pueblo, ninguna dirección puede comprender plenamente la situación del país.
El sistema endocrino representa los principios, valores y mecanismos que regulan la conducta colectiva. Sus hormonas ayudan a coordinar procesos, adaptación y equilibrio. En una organización, la ética, la confianza, los compromisos compartidos, la disciplina voluntaria y la cultura de cooperación cumplen una función reguladora. Sin esos elementos, incluso una estructura aparentemente poderosa puede desintegrarse por rivalidades, desconfianza o ambiciones personales.
El sistema digestivo representa la capacidad de transformar recursos en resultados. No basta con ingerir alimentos: hay que procesarlos, absorber sus nutrientes y utilizarlos. Tampoco basta con obtener dinero, equipos, conocimientos o apoyos. Hay que administrarlos responsablemente y convertirlos en formación, asistencia, documentación de abusos, trabajo comunitario y resultados concretos.
El sistema urinario representa la evaluación, la depuración de errores y la corrección constante. Los riñones eliminan determinados desechos y regulan el equilibrio interno. Una organización saludable debe detectar y corregir malas prácticas, procedimientos ineficaces, informaciones falsas, irregularidades administrativas y conductas incompatibles con sus principios. Una estructura que nunca se examina ni reconoce sus errores termina acumulándolos.
El sistema linfático e inmunitario representa la protección de nuestros integrantes. El organismo necesita defensas frente a enfermedades y mecanismos de vigilancia y respuesta. Una estructura efectiva necesita inteligencia y contrainteligencia, entrenamiento, asistencia jurídica, documentación rigurosa de las violaciones de derechos humanos, protección de la información personal, acompañamiento a familiares de presos y atención a quienes sufren persecución. Todo ello mediante procedimientos responsables, humanitarios y respetuosos de los derechos individuales.
El sistema tegumentario, integrado principalmente por la piel y sus estructuras asociadas, representa nuestra relación visible con el entorno. Protege, permite percibir estímulos y ayuda a regular la temperatura. Su equivalente organizativo sería la comunicación pública, la transparencia, la credibilidad y la capacidad de percibir las reacciones sociales. La imagen pública debe corresponderse con el comportamiento real: de poco vale proclamar principios que luego no practicamos.
El sistema muscular representa la capacidad de actuar. Los músculos permiten caminar, correr, levantar cargas y realizar innumerables tareas. En nuestra comparación representan a las personas y organizaciones que convierten los acuerdos en trabajo efectivo: activistas, voluntarios, representantes comunitarios y equipos especializados. Una dirección que formula magníficos planes, pero carece de capacidad para ejecutarlos, se parece a un cerebro que piensa en correr mientras el cuerpo permanece inmóvil.
El sistema óseo representa la estructura organizativa. Los huesos proporcionan sostén, protegen órganos y, junto con los músculos, permiten el movimiento. Necesitamos estructuras nacionales, provinciales, municipales y comunitarias con funciones claras, mecanismos de cooperación, reglas democráticas y responsabilidades definidas. La fortaleza no consiste en una centralización absoluta, sino en combinar unidad de propósitos, autonomía responsable y coordinación.
El sistema reproductor representa la multiplicación de participantes y la formación de nuevas generaciones. Toda organización necesita renovarse, incorporar voluntariamente a nuevos miembros, desarrollar capacidades y formar líderes capaces de asumir responsabilidades. Si una estructura depende eternamente de las mismas personas, envejece, se debilita y compromete su continuidad.
Estas once comparaciones permiten comprender por qué considero insuficiente la manera en que todavía luchamos por la libertad de Cuba. Seguimos avanzando, pero demasiado lento. Cuba muere y urge salvarla. Hay líderes y organizaciones que concentran toda su atención en su propia actividad, convencidos de que esta constituye el esfuerzo decisivo. Algunos desarrollan tareas admirables, pero dedican muy poco tiempo a establecer relaciones de confianza, escuchar a otros, coordinar acciones, compartir experiencias o construir mecanismos duraderos y efectivos de cooperación.
Es como si el corazón exigiera que los pulmones, los músculos y el cerebro se subordinaran a sus propias necesidades, olvidando que él mismo depende de todos ellos.
Aquí resulta especialmente útil el principio ganar-ganar, cuarto de los siete hábitos expuestos por Stephen R. Covey en su obra Los siete hábitos de las personas altamente efectivas.
La verdadera cooperación no debe entenderse como una competencia en la que una organización gana protagonismo a costa de otra. Debemos procurar acuerdos que fortalezcan a todas las partes y, sobre todo, beneficien a la causa común. También debemos comprender que escuchar, entender y respetar a los demás no debilita el liderazgo: lo hace más inteligente y efectivo.
Una estructura verdaderamente efectiva requiere, por tanto, doce condiciones inseparables: objetivos compartidos; dirección colectiva con responsabilidades individuales; presencia territorial y conocimiento de las comunidades; participación de todos los sectores sociales; coordinación entre organizaciones independientes; comunicación rápida y confiable; documentación rigurosa y comunicación pública; protección de los participantes; formación permanente; recursos humanos, materiales y financieros bien administrados; relaciones nacionales e internacionales; y evaluación y corrección constantes.
Asimismo, debemos comprender que el trabajo dentro de Cuba y el del exilio son complementarios. Las organizaciones y ciudadanos del interior, la diáspora, los defensores de derechos humanos, periodistas independientes, juristas, instituciones internacionales y redes solidarias poseen capacidades diferentes que pueden enriquecerse mutuamente, preservando siempre su autonomía.
Pero hay otra cuestión fundamental: no basta con imaginar cómo funcionan las cosas dentro de Cuba. Hay que conocerlas, estudiarlas y evaluarlas constantemente. Necesitamos distinguir nuestras aspiraciones de los resultados comprobables. Saber dónde avanzamos, dónde retrocedemos, qué procedimientos funcionan, cuáles fracasan y qué debemos modificar. Debemos medir nuestra eficacia por objetivos cumplidos, participación real, capacidad organizativa y resultados verificables, no solamente por discursos pronunciados, declaraciones publicadas o reuniones celebradas.
El sufrimiento acumulado, el sacrificio de los presos políticos y el heroísmo de tantos compatriotas merecen algo más que admiración: merecen un esfuerzo permanente por mejorar nuestras capacidades.
La unidad no significa que todos pensemos igual, pertenezcamos a una sola organización o tengamos que subordinarnos a un dirigente. Significa comprender que nuestras diferencias pueden coexistir con una finalidad compartida y que ninguna de nuestras capacidades, aisladamente, sustituye a las demás.
Un corazón poderoso no puede hacer correr a un cuerpo sin músculos. Un cerebro brillante no puede hacerlo avanzar sin huesos. Unos pulmones saludables no garantizan la vida si falla la circulación. Y una organización valiente no puede alcanzar sus mayores objetivos si carece de coordinación, estructura, recursos, confianza y capacidad de aprendizaje.
Hasta que no conquistemos la libertad y podamos construir una Cuba democrática, tenemos que asumir que nuestra tarea continúa inconclusa. No porque hayan faltado compromiso, sacrificios o valor, sino porque todavía debemos convertir todo ese enorme potencial humano en una fuerza cívica más cohesionada, participativa, inteligente, dinámica y eficaz.
No necesitamos once sistemas compitiendo por demostrar cuál es el más importante.
Necesitamos un solo gran cuerpo cívico, plural, vigoroso y solidario, en el que cada sistema cumpla correctamente su función, respete a los demás y contribuya al funcionamiento del conjunto.
Porque la fortaleza de un organismo no está en la superioridad de uno de sus órganos, sino en la armonía con que todos trabajan.
Y esa es también una de las grandes lecciones que debemos aprender para hacer realidad nuestra aspiración de una Cuba libre, democrática, próspera y respetuosa de la dignidad humana.
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