
Alberto Sierra, el cubano de 42 años que se declaró culpable de asesinar a su esposa y a sus dos hijastras en Miami en 2012, rompió en llanto por primera vez en ocho días de juicio este jueves al escuchar los testimonios de su madre y su hermano, quienes describieron ante el jurado su infancia en La Habana
El proceso no determina su culpabilidad —ya admitida— sino si Sierra recibirá cadena perpetua o la pena de muerte por el triple crimen del 10 de noviembre de 2012 en el barrio de Flagami, donde asfixió con bolsas de plástico a Gladys Machado (29 años), y a las niñas Julia Padrino (6 años) y Daniela Padrino (3).
La madre: «No pudo adaptarse. No quería estar aquí»
La madre de Sierra, Mercedes Pedraza, declaró a través de un intérprete y rompió a llorar al ser interrogada sobre el amor que siente por su hijo.
«Era un niño intranquilo, inquieto, muy juguetón, de muchos amigos. Ellos siempre estaban jugando en la calle, los niños de Cuba usan por jugar en la calle, nadie juega en las casas», declaró Pedraza, según reportó Univision.
Pedraza trabajaba en una cafetería en La Habana y vendió la casa de sus abuelos en Cuba para financiar la emigración a Hialeah en 1995.
El traslado, sin embargo, nunca fue fácil para Alberto.
«No pudo adaptarse. No quería estar aquí», afirmó, señalando que su hijo deseaba regresar a Cuba con su padre.
El hermano: «Éramos niños normales en Cuba»
Mientras Sierra se secaba las lágrimas, su hermano mayor, Dayron Porrata, de 44 años, describió la infancia compartida en La Habana antes de mudarse a Florida.
«Podría decir que era extrovertido, alegre. Muy hiperactivo, más que yo», declaró Porrata ante el tribunal.
Sobre la convivencia cotidiana, el hermano fue directo: «Éramos niños normales en Cuba. Yo soy un poco mayor que mi hermano, así que teníamos grupos de amigos distintos. Básicamente pasábamos el rato jugando, teníamos las típicas discusiones entre hermanos de vez en cuando, pero por lo demás nos llevábamos bien».
Porrata también relató el momento que, según la defensa, lo cambió todo: el Día de las Madres de 1996, pocos meses después de llegar a Estados Unidos, Alberto fue atropellado por un automóvil a los 12 años.
«Tenía la cara completamente hinchada, la cabeza deformada. No podía abrir los ojos; lo único que se veía era la línea de sus ojos», describió.
La estrategia de la defensa: lesión cerebral y diabetes
Los testimonios familiares forman parte del argumento central de la abogada Joyce Brenner, quien busca convencer al jurado de que el accidente de 1996 provocó una lesión cerebral traumática en el lóbulo frontal de Sierra —región vinculada al control de impulsos— y que la diabetes tipo 1, diagnosticada a los 21 años, agravó su deterioro neurológico.
Los fiscales pusieron a prueba esa narrativa durante el contrainterrogatorio, mostrando fotografías de Sierra tras el accidente en las que su cabeza no aparecía vendada.
«¿Aparece en alguna de estas fotos que la cabeza de su hermano está vendada?», preguntó el fiscal.
«En esas dos fotos, no», respondió Porrata.
El hermano también admitió que nunca llegó a conocer a Gladys Machado ni a sus hijos, y que considera el divorcio la vía adecuada para terminar una relación que no funciona.
Un juicio marcado por el dolor
La jornada de este jueves contrasta con las escenas más crudas de días anteriores.
El jurado escuchó la confesión grabada de Sierra el lunes, en la que el acusado describió con detalle cómo cometió los crímenes y pronunció la frase «No sé, me volví loco».
Al día siguiente, el desgarrador testimonio de Michael Padrino Jr., hijo sobreviviente de Machado —quien tenía cinco años cuando ocurrió el crimen y hoy tiene 19— dejó a varios miembros del jurado en lágrimas.
«¡Tú! ¡Tú te las llevaste! ¡Sabes que lo hiciste. Sabes lo que hiciste!», le gritó directamente a Sierra.
Bajo la ley de Florida reformada en 2023, bastan ocho de los 12 votos del jurado para recomendar la pena de muerte, sin necesidad de unanimidad. El juicio se reanudará el próximo martes 13 de octubre.
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