
Cuba acumula 11.235 casos de dengue en lo que va de 2026, una cifra que multiplica por 9,2 el promedio histórico del país en el último quinquenio, según el Observatorio Global del Dengue de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, con datos actualizados al 4 de octubre.
La progresión mensual revela una aceleración sostenida que el régimen cubano no ha mencionado aún: julio cerró con unos 2.173 contagios estimados, agosto con 3.214 y septiembre con 4.102, el registro mensual más alto del año hasta ahora.
Es fundamental precisar que esas cifras son estimaciones estadísticas del organismo internacional, no datos oficiales del Ministerio de Salud Pública (MINSAP), porque el régimen de La Habana no publica boletines epidemiológicos nacionales actualizados para esos meses.
A mediados de septiembre, cuando el acumulado rondaba los 7.133 casos —equivalentes a 7,4 veces el nivel esperado—, el Observatorio ya advertía que la epidemia de dengue superaba lo previsto para esa época del año.
Lo más preocupante es que el pico podría no haberse alcanzado aún: octubre es históricamente el mes de mayor transmisión en la isla, cuando las condiciones climáticas favorecen la proliferación del mosquito Aedes aegypti.
La epidemia no se explica solo por factores estacionales. Tres crisis estructurales se combinan para disparar el riesgo.
Primero, los apagones —que en algunas zonas superan las 20 horas diarias— obligan a las familias a dormir con ventanas y puertas abiertas para soportar el calor, lo que facilita las picaduras del vector.
Segundo, la escasez de combustible ha paralizado las brigadas de control vectorial. Sin gasolina para las camionetas ni para las termofumigadoras, las campañas de fumigación y el reparto de abate quedaron suspendidos en múltiples provincias.
La doctora Yaimara Gutiérrez de la Cruz, directora del Centro Provincial de Higiene, Epidemiología y Microbiología de Santiago de Cuba, reconoció que las fumigaciones adulticidas se realizarán «en dependencia de la disponibilidad de combustible de los municipios».
Tercero, el sistema de salud no puede responder a la demanda. Las farmacias carecen de paracetamol y otros antipiréticos básicos, lo que obliga a miles de pacientes a atravesar los cuadros febriles en sus hogares sin medicación. La falta de combustible que frena las fumigaciones en Santiago se replica en otras provincias con igual gravedad.
A eso se suma la escasez de reactivos de laboratorio, que impide realizar recuentos de plaquetas, prueba indispensable para detectar el dengue hemorrágico antes de que derive en una emergencia vital.
El cuadro clínico es especialmente peligroso este año porque los cuatro serotipos del virus —DENV-1, DENV-2, DENV-3 y DENV-4— circulan de forma simultánea, con predominio del serotipo 2, lo que eleva el riesgo de formas graves en quienes ya padecieron la enfermedad con otro serotipo.
El MINSAP admitió a finales de septiembre un aumento simultáneo de dengue, diarreas, hepatitis e infecciones respiratorias, pero sin publicar cifras nacionales desagregadas.
Las provincias con mayor afectación documentada son Guantánamo —donde el municipio de Manuel Tames fue declarado en estado de alarma epidemiológica— Santiago de Cuba, con transmisión activa en tres municipios, y Villa Clara, donde en julio se confirmó un brote de dengue hemorrágico en Ranchuelo con 12 pacientes ingresados.
El antecedente inmediato agrava la perspectiva: en 2025, la Organización Panamericana de la Salud registró 81.909 casos sospechosos combinados de dengue y chikungunya en Cuba, con 65 muertes, mientras informes independientes documentaron al menos 87 fallecidos, la mayoría menores de 18 años.
La viceministra de Salud Pública Carilda Peña había advertido en junio de 2026, en el programa Mesa Redonda, que Cuba podía enfrentar una epidemia si no se aplicaba «un grupo de acciones». Cuatro meses después, con más de 11.000 casos estimados y octubre —el mes más crítico— apenas comenzando, esas acciones no llegaron a tiempo.
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