Del Grito de Yara al éxodo cubano: 158 años después, una nación que pierde población

Carlos Manuel de Céspedes y el éxodo cubano. Creada con IA. © CiberCuba / IA
Carlos Manuel de Céspedes y el éxodo cubano. Creada con IA. Foto © CiberCuba / IA

Cuba llega este 10 de octubre al 158 aniversario del Grito de Yara con una población oficialmente calculada en 9.434.593 habitantes al cierre de 2025. Pero esa cifra de la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) está lejos de cerrar el debate sobre cuántas personas viven realmente en la isla: un estudio demográfico independiente estimó 8.025.624 residentes a finales de 2024, casi 1,72 millones por debajo del dato oficial comparable de ese año.

La diferencia pone el foco en un problema que acompaña al éxodo: muchos cubanos han establecido su vida y su domicilio habitual en el extranjero, pero mantienen documentación, vínculos familiares o trámites de residencia en Cuba. La residencia administrativa y la presencia física no son necesariamente lo mismo. Sin embargo, tampoco basta conservar un domicilio cubano para demostrar que una persona sigue incluida en el cálculo de población efectiva de la ONEI, cuya metodología dice descontar a quienes pasan la mayor parte del año fuera.

Cuántas personas viven realmente en Cuba

El balance de la ONEI para 2025 reconoce una caída de 313.414 personas frente a los 9.748.007 habitantes reportados para finales de 2024. En ese último año completo se registraron 68.064 nacimientos y 136.214 defunciones, un decrecimiento natural de 68.150 personas. El saldo migratorio externo fue negativo en 245.264: se contabilizaron 317.320 emigraciones y 72.056 inmigraciones. El saldo es la diferencia entre movimientos de entrada y salida, no el número total de quienes abandonaron el país.

El demógrafo y economista Juan Carlos Albizu-Campos cuestiona que los cálculos oficiales recojan toda la magnitud de la emigración y sostiene que la base poblacional arrastra desajustes acumulados. En su investigación Cuba: Demographic or Systemic Crisis?, expuso dos escenarios para finales de 2024: uno de 8.893.483 personas y otro de 8.025.624, según las correcciones aplicadas a la población de partida y al saldo migratorio. Frente a los aproximadamente 9,75 millones reportados entonces por la ONEI, la diferencia iría de unos 855.000 a 1,72 millones de habitantes.

La estimación más baja se basa, entre otros elementos, en registros de entradas de cubanos a Estados Unidos y en cálculos de migración hacia otros países. Albizu-Campos sostiene que las estadísticas nacionales han subestimado las salidas hacia destinos distintos de Estados Unidos y no corrigieron suficientemente su población de partida. Son estimaciones de un investigador, no resultados de un censo. Tampoco sería correcto restar automáticamente 1,72 millones de los 9,43 millones que la ONEI reporta para 2025: se trata de años y procedimientos diferentes, y no se dispone de una medición independiente equivalente que permita precisar la población real de octubre de 2026.

El último censo general de población de Cuba se realizó en 2012. Desde entonces, los cálculos anuales se apoyan en registros de nacimientos, defunciones y movimientos migratorios. La propia ONEI explicó en agosto de 2026 que para su indicador de «población efectiva» considera a quienes acumulan 180 días o más de residencia dentro de los últimos 365, y que aplica ese ajuste a las estadísticas desde 2021. La existencia de esa regla no zanja la discusión sobre la integridad de los registros ni sobre cuánto emigrante ha quedado efectivamente reflejado en las cifras.

Qué cambian las nuevas leyes migratorias

La reforma aprobada por la Asamblea Nacional en 2024 y publicada en la Gaceta Oficial el 5 de mayo de 2026 introdujo un nuevo marco para distinguir la residencia efectiva migratoria de otras situaciones legales. La Ley 171 de Migración y el Decreto 136 establecen que se reconocerá de oficio la residencia efectiva a quien acumule más de 180 días naturales de presencia en Cuba durante el año anterior; también permiten solicitarla en determinados supuestos con más de 120 días y pruebas adicionales de arraigo.

Las nuevas normas entrarán en vigor el 1 de noviembre de 2026, por lo que aún no se aplican este 10 de octubre. Sustituirán el antiguo esquema ligado a los 24 meses de permanencia en el exterior, cuya aplicación había estado suspendida. La categoría migratoria, la documentación que un ciudadano conserva y su condición estadística como habitante son cuestiones relacionadas, pero no idénticas. La reforma puede mejorar la identificación administrativa de quién reside en Cuba y quién en el extranjero; no implica por sí sola una corrección inmediata y demostrada de uno o dos millones en el registro de población. CiberCuba detalló esta semana los cambios previstos para los residentes en el exterior.

Los grandes éxodos cubanos desde 1959

La emigración cubana existía antes del triunfo de la Revolución encabezada por Fidel Castro en enero de 1959. Pero la instauración del nuevo poder y la posterior consolidación del sistema socialista marcaron el inicio de oleadas sucesivas, motivadas por una combinación cambiante de persecución y desacuerdo políticos, transformaciones económicas, separación familiar y búsqueda de mejores condiciones de vida. Un estudio del Migration Policy Institute y la síntesis histórica de la Universidad Internacional de Florida (FIU) identifican las principales etapas del éxodo hacia Estados Unidos.

1959-1962: el exilio histórico. Aproximadamente 248.100 cubanos emigraron a Estados Unidos durante los primeros años del Gobierno de Castro, entre ellos antiguos funcionarios del régimen de Batista, empresarios, propietarios, profesionales y familias contrarias a los cambios políticos y las nacionalizaciones. En ese período se desarrolló la Operación Pedro Pan, por la que unos 14.000 menores llegaron solos a Estados Unidos entre 1960 y 1962. Esos niños forman parte de aquella etapa y no deben añadirse de nuevo al total como si constituyeran una oleada independiente.

1965-1973: Camarioca y los Vuelos de la Libertad. La salida marítima por Camarioca, en 1965, antecedió al puente aéreo organizado entre Cuba y Estados Unidos. Los denominados Vuelos de la Libertad trasladaron a aproximadamente 260.600 personas hasta abril de 1973. La reunificación de familias separadas desde los primeros años de la Revolución fue una razón central para muchos viajeros.

1980: el éxodo del Mariel. Tras la crisis de la embajada de Perú en La Habana, el Gobierno cubano abrió el puerto del Mariel a embarcaciones procedentes de Florida. En unos cinco meses salieron hacia Estados Unidos cerca de 124.800 personas. La llegada masiva modificó la composición social de la comunidad emigrada, que ya no se identificaba principalmente con el primer exilio de las clases acomodadas.

1994: la crisis de los balseros. En pleno Período Especial, después de la desaparición de la Unión Soviética y en medio de una profunda contracción económica, miles de cubanos se lanzaron al estrecho de Florida en embarcaciones improvisadas. La FIU sitúa en torno a 30.900 las personas asociadas al episodio de agosto y septiembre de ese año. La crisis precedió a los acuerdos migratorios entre La Habana y Washington que transformaron el tratamiento de las llegadas por mar.

1995-2017: emigración sostenida después del Período Especial. El éxodo no terminó con los balseros. Se mantuvieron las salidas por reunificación familiar, visados y rutas irregulares, bajo la política estadounidense de «pies secos, pies mojados» hasta su eliminación en enero de 2017. El recuento histórico de la FIU cifra en unos 649.700 los emigrantes hacia Estados Unidos entre 1995 y 2015, dentro de esta etapa más prolongada. La reforma migratoria cubana de 2013, que eliminó el permiso de salida para la mayoría de los ciudadanos, también cambió las condiciones de viaje.

La nueva ola desde 2021: por tierra, mar y aire

La crisis económica posterior a la pandemia, el deterioro de los servicios básicos y el endurecimiento de la represión tras las protestas del 11 de julio de 2021 coincidieron con otra ola migratoria de gran escala. La eliminación del visado nicaragüense para ciudadanos cubanos a finales de 2021 facilitó una ruta aérea hacia Nicaragua y luego, por tierra, a través de Centroamérica y México hacia Estados Unidos. Otros cubanos salieron en embarcaciones rumbo a Florida o emigraron mediante vuelos y vías regulares a países como España, México y Brasil.

En septiembre de 2024, EL PAÍS documentó una magnitud superior a 850.000 registros vinculados con llegadas de cubanos a Estados Unidos desde 2022, al considerar los datos de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) y las admisiones mediante programas humanitarios. Es una escala superior a la de cualquiera de los éxodos puntuales de 1980 o 1994, aunque las estadísticas de encuentros fronterizos, admisiones y residencias no tienen la misma metodología y no deben tratarse como un recuento exacto de migrantes únicos.

Los movimientos continuaron cambiando de destino en 2025 y 2026. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) documentó entre enero y mayo de 2026 nuevas dinámicas de movilidad cubana en América Latina. Su informe regional recoge flujos hacia Brasil y un saldo migratorio positivo de 5.946 cubanos en Uruguay en los primeros cinco meses del año. No son cifras equivalentes a salidas registradas por la ONEI y no pueden sumarse mecánicamente a sus balances.

Una isla que envejece mientras sus familias se dispersan

La pérdida demográfica tiene consecuencias que van más allá de los controles fronterizos. Al cierre de 2025, el 26,7 % de la población cubana tenía 60 años o más, de acuerdo con el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA). Las estadísticas oficiales indican, además, que el grupo en edad laboral perdió alrededor de 1,26 millones de integrantes en cinco años. La emigración de adultos jóvenes, unida a la baja natalidad, estrecha la base de trabajadores que sostienen la actividad económica y los sistemas de cuidado.

Los efectos son visibles también en familias cuyos integrantes viven repartidos entre continentes: abuelos que envejecen sin hijos cerca, niños que crecen separados de parte de su familia y profesionales que ya no ejercen en la isla. La sucesión de despedidas relatada por un cubano en agosto ilustra ese costo humano, que no aparece en los cuadros de población.

El 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel de Céspedes inició en La Demajagua la guerra por la independencia de Cuba. El proyecto de construir una nación soberana se enfrentaba entonces al dominio colonial español. Ciento cincuenta y ocho años después, esa nación se extiende mucho más allá de sus fronteras: las sucesivas oleadas de exilio y emigración han formado una amplia diáspora, mientras sigue abierta la pregunta demográfica más básica sobre la isla: cuántos cubanos viven realmente en ella.

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