
La gran estafa que denunció el escritor y político peruano Eudocio Ravines en su célebre libro "La gran estafa: la penetración del Kremlin en Iberoamérica", publicado en México en 1952, sigue en pie 74 años después, en pleno 2026, en la Mayor de las Antillas.
Aquella gigantesca operación de engaño político, ideológico y propagandístico, que prometía justicia social, igualdad, prosperidad y emancipación de los pueblos, terminó dando origen a algunas de las más prolongadas y represivas dictaduras de la historia contemporánea. Cuba constituye hoy una dramática demostración de la vigencia de las denuncias formuladas por el peruano hace casi tres cuartos de siglo.
Eudocio Ravines Pérez nació el 9 de mayo de 1897 en Cajamarca, Perú, y murió el 25 de enero de 1979 en Ciudad de México. Fue escritor, periodista, dirigente político y uno de los principales organizadores del comunismo peruano. Vinculado inicialmente al movimiento aprista, abrazó después el marxismo-leninismo, viajó a la Unión Soviética, participó en las actividades de la Internacional Comunista y dirigió el Partido Comunista Peruano. Su conocimiento directo de las estructuras y métodos del comunismo internacional lo condujo, después de años de militancia y profundas decepciones, a romper con aquella ideología y convertirse en uno de sus más enérgicos denunciantes.
"La gran estafa" no fue escrita por un enemigo del comunismo que desconociera sus organizaciones, sus dirigentes y sus procedimientos. Fue concebida por alguien que había pertenecido a sus filas, defendido sus postulados y trabajado para extender su influencia por América Latina. Precisamente ahí reside una parte fundamental de su valor histórico: Ravines denunció desde su experiencia personal los mecanismos mediante los cuales una organización que proclamaba defender a los trabajadores terminaba sometiéndolos a los intereses de una élite política.
Para Ravines, la Internacional Comunista, conocida como Komintern, no era una organización verdaderamente independiente de partidos revolucionarios, sino un instrumento controlado desde Moscú para extender el poder soviético. Los intereses nacionales, las necesidades de los trabajadores y las aspiraciones democráticas de los pueblos quedaban subordinados a las decisiones de una dirección extranjera.
Una de las denuncias más reveladoras del libro tiene relación directa con Cuba y con Julio Antonio Mella, destacado dirigente estudiantil y fundador del primer Partido Comunista cubano.
Ravines relata que, después del Congreso Antiimperialista de Bruselas de 1927, Mella viajó a Moscú, donde surgió la posibilidad de incorporarlo al trabajo de la Internacional Sindical Roja. Sus compañeros cubanos y mexicanos defendían su permanencia en la capital soviética porque consideraban que su regreso a América lo expondría a ser asesinado por agentes de Gerardo Machado.
Según Ravines, el dirigente comunista italiano-argentino Vittorio Codovila se opuso enérgicamente a que Mella obtuviera aquella responsabilidad. Lo acusó de intelectual pequeño burgués, caudillista e indisciplinado. El peruano atribuyó esa oposición al temor de Codovila a que el joven cubano adquiriera prestigio e influencia dentro de la dirección comunista internacional.
Ravines cuenta que Codovila maniobró para favorecer a otro candidato, alterando los horarios de una reunión decisiva de manera que los partidarios de Mella llegaran cuando la votación ya había concluido. Finalmente, Mella no obtuvo el puesto, regresó a México y allí fue asesinado en enero de 1929.
El autor acusó duramente a Codovila de haber contribuido, con sus intrigas, a dejar indefenso al comunista cubano frente a sus enemigos. Ravines no presentó aquel episodio como prueba de que Stalin hubiera actuado contra Mella, sino como una demostración del sectarismo, las rivalidades personales y la ausencia de escrúpulos que caracterizaban a los dirigentes comunistas.
La denuncia resulta particularmente significativa porque Mella fue posteriormente convertido en uno de los grandes símbolos del comunismo oficial cubano. El contraste entre la exaltación propagandística de su figura y el maltrato político que Ravines atribuyó a sus propios camaradas merece una profunda reflexión. Mucho se sabe sobre las intrigas y luchas, entre dirigentes comunistas, por el poder.
Otro protagonista fundamental del libro es Iósif Stalin, el dictador soviético bajo cuyo gobierno consolidó un sistema de partido único, persecución política, campos de trabajo forzado, purgas y terror estatal.
Ravines describe el ambiente de obediencia absoluta que rodeaba al dirigente soviético, la imposibilidad de cuestionar sus decisiones y la transformación de su figura en objeto de un verdadero culto político. Stalin aparecía como el conductor infalible, cuyas orientaciones debían aceptarse incluso cuando entraban en contradicción con los principios anteriormente proclamados. Nada extraño para los cubanos, ¿verdad?
La disciplina revolucionaria se convertía así en sumisión. La crítica era interpretada como traición y las discrepancias podían terminar en expulsiones, persecuciones, encarcelamientos o ejecuciones.
El libro también dedica considerable atención a Mao Zedong y a la estrategia comunista china conocida como el Camino de Yenán. Ravines presenta a Mao como un dirigente que subordinaba los principios morales a la conquista del poder y defendía la conveniencia de utilizar alianzas temporales, compromisos tácticos y engaños para debilitar a sus adversarios.
Sus relatos de supuestos encuentros personales con Mao y Stalin deben leerse críticamente, pues algunos presentan dificultades cronológicas frente a la documentación histórica conocida. Sin embargo, el análisis de los métodos políticos que Ravines atribuye al maoísmo constituye una de las partes centrales de su denuncia.
El autor sostiene que los comunistas podían presentarse como defensores de la democracia, las libertades y la cooperación con otros sectores mientras preparaban las condiciones para conquistar el poder e imponer posteriormente su propio monopolio político. Esto lo siguen haciendo en la actualidad y lo harán siempre. Es parte de su pérdida naturaleza.
En eso consistía una de las dimensiones esenciales de la gran estafa: utilizar las libertades existentes para destruirlas una vez alcanzado el control del Estado. El caso de Venezuela es un buen ejemplo.
¿Y acaso no encuentra esta denuncia una impresionante correspondencia con lo sucedido en Cuba?
Fidel Castro encabezó un movimiento que prometía derrocar la dictadura de Fulgencio Batista, restablecer la Constitución de 1940 y celebrar elecciones libres. Sin embargo, después de su victoria en 1959, las elecciones plurales fueron descartadas, se desmanteló la oposición política y terminó imponiéndose un régimen comunista de partido único, estrechamente vinculado a la Unión Soviética.
Las promesas de libertad desembocaron en censura, confiscaciones, persecución de disidentes, encarcelamientos políticos , fusilamientos y éxodo masivo. La anunciada prosperidad terminó sustituida por el estancamiento económico, la escasez y una dependencia cada vez mayor de subsidios y apoyos extranjeros.
Como había denunciado Ravines, una élite dirigente se atribuyó el derecho exclusivo de interpretar la voluntad del pueblo y decidir su destino. Mientras proclamaba gobernar en nombre de los trabajadores, les negaba libertades sindicales, derechos políticos y posibilidades reales de exigir responsabilidades a sus gobernantes.
La mentira sistemática, la propaganda, la fabricación de enemigos, el culto al dirigente y la subordinación de la justicia al partido gobernante pasaron a constituir instrumentos fundamentales de dominación.
Lo que comenzó como una promesa de emancipación se transformó en una estructura de control político, económico y social.
Desde luego, la trayectoria de Ravines y algunas de sus afirmaciones históricas admiten discusión. Pero el valor de su advertencia principal permanece: ninguna doctrina que prometa liberar al ser humano puede justificar que se le arrebaten sus derechos, se persiga el pensamiento independiente o se convierta al Estado en propietario de su existencia.
Setenta y cuatro años después de la publicación de La gran estafa, los cubanos continuamos padeciendo las consecuencias de un sistema político que monopoliza el poder en nombre del pueblo, pero le impide elegir libremente a sus gobernantes.
La gran estafa denunciada por Eudocio Ravines no pertenece solamente al pasado y a los libros históricos. En Cuba sigue siendo una dolorosa realidad.
Y solamente terminará cuando los cubanos luchemos unidos con firmeza y valor por la Cuba Con todos y para el bien de todos soñada por Martí. Solo así podremos disfrutar plenamente de la libertad, la democracia, el Estado de derecho y el respeto a todos los derechos humanos.
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