“¡Cuando no hay libertad en la tierra, todo el mundo debe salir a buscarla a caballo!” (José Martí, "Los dos ruiseñores"). Y eso hizo Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868, cuando se levantó en armas en La Demajagua e inició la Guerra de los Diez Años en busca de la libertad de Cuba.
Ciento cincuenta y ocho años después, de aquella meta ¿qué es la libertad para una sociedad que conoce su nombre y su significado, pero que ha crecido dentro de Cuba sin poder experimentarla?
Los cubanos conocen la palabra libertad. La encuentran en libros, en Martí, en canciones, en una conversación, en las redes sociales, incluso el sistema que restringe libertades, habla de ella.
La libertad puede transmitirse mediante historias, recuerdos familiares y aspiraciones. Sin embargo, conocer lo que vivieron otras personas no equivale a tener esa experiencia.
Aunque vivir sin libertad no impide imaginarla, la experiencia puede influir en lo que consideramos posible y en las alternativas que concebimos para nuestra propia vida.
Esa falta de experiencia puede hacerse visible en lo cotidiano: en las palabras que se prefieren callar, en lo que se dice en público y se reserva para la intimidad, en la necesidad de calcular las consecuencias de una decisión o de medir hasta dónde se puede expresar una opinión. Con el tiempo, algunas personas aprenden a vivir de esa manera para evitar problemas o simplemente para seguir adelante. No todos reaccionan igual, pero esas formas de actuar pueden llegar a parecer parte natural de la vida, cuando en realidad responden a la falta de libertad con la que se vive.
Hay otra cuestión que tampoco deberíamos pasar por alto:¿es la libertad una aspiración consciente para todos? No necesariamente. Muchas personas buscan primero escapar del hambre, conseguir medicamentos, tener electricidad, encontrar oportunidades o garantizar un futuro para sus hijos. Querer una vida distinta no significa siempre identificar la falta de libertad como una de las causas de aquello que se desea cambiar.
Comprender esa diferencia no implica juzgar a quienes permanecen en Cuba, ni medir su conciencia por su disposición o no a enfrentarse a los riesgos de exigir sus derechos. Tampoco significa ignorar a quienes sí los reclaman y han pagado un precio por hacerlo. Significa reconocer que las personas viven circunstancias distintas y que no todas pueden asumir los mismos costos.
Por eso, hablar de libertad exige ir más allá de conocer su definición. La libertad no consiste únicamente en que desaparezca una prohibición. También significa poder decidir sobre aspectos fundamentales de la propia vida, expresarse sin temor, asociarse, actuar y construir un proyecto personal dentro de una sociedad que reconozca y proteja esas posibilidades.
La libertad es conocimiento, pero también experiencia y práctica. Y es, además, una cultura que se construye y se defiende constantemente: en el respeto a las decisiones ajenas, en la posibilidad de expresar desacuerdos, en la aceptación de que no todos piensen igual y en el reconocimiento de los derechos de los demás.
A 158 años de la Demajagua, la aspiración de libertad continúa presente en Cuba, aunque no todos la expresen de la misma manera ni le atribuyan el mismo significado en sus vidas. La fecha también nos invita a pensar qué significa convertir esa aspiración en una realidad que pueda vivirse y transmitirse a las generaciones siguientes.
¿Qué ocurrirá el día en que a los cubanos se les diga que son libres? ¿Bastará con que desaparezcan las restricciones, o tendrá también esa sociedad que aprender a decidir qué hacer con la libertad, cómo ejercerla y cómo defenderla?
Entre conocer la libertad y vivir en libertad existe una distancia que ninguna palabra, por sí sola, puede acortar.
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