
Hay voces que no solo cantan, sino que esculpen el tiempo y restauran la belleza del mundo. Escuchar a Yaima Sáez es realizar un viaje sensorial y emotivo que conecta la Cuba del siglo pasado con la del siglo XXI.
Nacida en la llanura de Camagüey, su garganta es un puente invisible donde cohabitan la nostalgia del bolero, la picardía de la guaracha, la melancolía del blues y la profundidad de la trova. Como una tejedora de emociones, Yaima ha sabido transformar la herencia de grandes referentes en un lenguaje contemporáneo y universal.
En lo personal, descubrirla fue un antes y un después: bastó escuchar su estremecedora versión de "Cavando una tumba", tema que inmortalizó la mítica Leonora Rega, para quedar completamente fascinada y comprender, de golpe, la descomunal e ilimitada capacidad vocal que posee.
¿Qué hace Yaima Sáez en la actualidad?
Actualmente estoy trabajando en Mérida, Yucatán, y a propósito agradezco al empresario Carlos Sánchez por ser un gran defensor de la música cubana. Además, me preparo para un momento muy importante en mi carrera: volver a coincidir en escena con el gran Meme Solís, en el Ateneo de Madrid el 19 de diciembre de este año, que también me brindará la oportunidad de conocer y compartir escenario con una de las voces líricas más representativas de la música cubana, la soprano Alina Sánchez.
Camagüey es una ciudad de adoquines, tinajones y silencios poéticos. ¿La arquitectura y el misterio de tu ciudad natal moldearon tu primera noción de lo que es la belleza?
Pues sí, los que hemos nacido en Camagüey siempre hablamos con orgullo sobre nuestra "camagüeyanidad". Pienso que ser parte de esas calles adoquinadas, los tinajones, las historias entre Amalia e Ignacio, la lírica de La Avellaneda, Emilio Ballagas o Nicolás Guillén, son legados que definitivamente condicionan una formación.
Luego, tuve las figuras de mi abuela paterna María Esther, a quien le gustaba mucho cantar, y de mi mamá, que ha sido el bastión y siempre el ejemplo a seguir.
Tus inicios se inclinaron hacia el deporte, ¿pero cuándo se despierta en ti el amor por cantar?
Bueno, realmente el motivo de empezar en el deporte fue la salud, porque de niña era asmática. Ya después, con el fin de mejorar mi timidez, pues llegó a mí el baloncesto y luego el balonmano, que fue un deporte que me aportó mucho sentido del compañerismo, independencia, voluntad, tenacidad. Era pivot.
Con este deporte tuve la oportunidad de viajar Cuba entera, hasta llegar a la primera categoría. Luego, decidí imbricarme mejor en el deporte desde la Psicología, hasta que llegó la música a mi vida, a través de la instructora Irma Sariol, en el ISCF “Manuel Fajardo” de Camagüey.
Más tarde, el concurso “En busca de talento” me llevó al Festival Internacional de Boleros en La Habana en 2005. Y, allí, conocer al Acuarelista de la Poesía Antillana, Luis Carbonell, representó el momento decisivo por escoger el camino de la música.
Quiero expresar que mi formación es totalmente empírica, o sea, no ENA, no ISA. He labrado mi camino con amigos músicos y directores como el profesor Hugo Oslé.
Precisamente, sobre la Yaima cantante. Recuerdo aquel “En mi viejo San Juan” que le cantabas a Víctor y Evelyn, dos boricuas representantes del atletismo continental, en las galas del deporte rey cubano. Para mí y para muchos, una de las mejores versiones que se han hecho de ese emblemático tema. No olvido tus actuaciones en el Roday Café, en el Gato Tuerto y en tantos otros escenarios. Sencillamente, ¿qué es para ti cantar?
Para mí cantar es una forma de vida, es mi pasión es algo que disfruto y vivo. Reconozco que la decisión de comenzar el camino en la música fue de gran envergadura y marcó un hito en mi vida.
Agradezco siempre la escuela que fue para mí el Café Concert Gato Tuerto, con todas las grandes figuras que por ahí pasaron; agradezco al maestro Hugo Oslé por confiar en mí y darme espacio en ese emblemático lugar de la vida nocturna de La Habana.
Si tuvieras que elegir una canción de tu repertorio para arrullar o definir el amor...
Difícil pregunta, pero si tuviera que elegir, serían dos temas: “Para vivir” y “Ámame como soy”, ambas de Pablo Milanés.
Tu versatilidad te permite viajar con naturalidad desde el son y la guaracha hasta el bolero, la balada y el blues. ¿Cómo logras encontrar el hilo estético común que une géneros aparentemente tan distintos?
Primero fue conocerme y lograr entender realmente la música como un fenómeno que debía y debe llegar al público con mucha verdad. A partir de ahí, lo otro que vino fue encontrar un estilo propio para poder defender cada género.
Tu obra rinde un homenaje implícito a la era dorada de figuras como Marta Estrada, Martha Valdés, Elena Burke, Pablo Milanés... ¿Qué secretos de la elegancia y el dramatismo de aquellos años del siglo XX defiendes con más fuerza en pleno siglo XXI?
Yo pienso que el mejor secreto de esas leyendas era su autenticidad y genialidad, además de ser humildes dentro de su grandeza. Por tanto, a los que seguimos nos queda defender esa autenticidad con humildad y así honrar esos legados.
La trova busca la poesía en la palabra; el bolero, el sentimiento en el desgarro. ¿En cuál de estos dos altares musicales se siente más expuesta y libre el alma de Yaima Sáez?
Me siento muy bien con los dos géneros, logro comprenderlos y creo que ellos a mí también, quizás por eso también me dan mucha libertad para fusionar.
Cantar blues en Cuba o cantar un son con tintes modernos es un acto de audacia. ¿Cómo se transforma la belleza cuando se cruzan las fronteras de los idiomas y las culturas en tu voz?
Sí, realmente es una audacia en Cuba dejar de defender los clásicos como se escucharon con anterioridad, para hacer arreglos musicales más transgresores, sobre todo para mí, una cancionera con voz de contralto, de la que el público cubano espera que defienda los clásicos como lo hacían Elena o Moraima.
Pero lo bueno es cuando te arriesgas y el público logra entender y apreciar. Puedo afirmarte que al ver la reacción del espectador; primero, sorpendido, y luego, admirado, me colma de satisfacción y me permite ir más allá. Es de los momentos más hermosos de mi vida profesional. Con los blues es similar, es la misma aceptación.
¿Qué canción o autor contemporáneo, en este siglo, crees que ha logrado capturar esa misma mística de la belleza eterna que tenían los clásicos de la cancionística cubana?
Para mí hay pocos compositores cubanos en este siglo que preserven esa belleza eterna de la cancionística cubana, pero quiero resaltar en este caso a X Alfonso, Kelvis Ochoa, Carlos Varela y Descemer Bueno.
Tienes una de las voces más potentes de Cuba, pero a veces el canto se vuelve un susurro íntimo. ¿Cómo se aprende a domar la fuerza para entregar pura dulzura?
Precisamente tener un voz potente a veces te lleva a sentirte con mucho poder, pero lo interesante es cuando aprendemos a cantar a media voz, a decir la canción, a interpretar.
Agradezco mucho la lecciones del gran guitarrista cubano Juanito Martínez. Luego, formar parte de musicales o en función de personajes, o defender la obra de un compositor que realmente sabe el sentimiento que quiere exponer y te lleva a ese momento, te hacen conocer mejor el horizonte de tus posibilidades.
Por tanto, aquí es importantísima la presencia de Luis Carbonell, Tomás Morales, Santiago Alfonso, Lizt Alfonso, Pablo Milanés y Marta Valdés.
El fraseo en el bolero requiere retrasar o adelantar la palabra para jugar con la emoción (el rubato). ¿Cómo manejas técnicamente el tempo musical para que el canto se sienta como una conversación hablada y directa al corazón?
Mira, ese fraseo propio del bolero, el filin son de los fenómenos importantes para el buen cantar. Yo digo que es una manera cubana de cantar, esos fraseos solo los puedes escuchar en las intérpretes cubanas y es algo que debemos defender con fuerza.
Cuba atraviesa hoy una situación económica y cotidiana sumamente compleja y retadora. Desde tu sensibilidad, ¿cómo se encuentra la belleza en lo cotidiano cuando el día a día se vuelve tan difícil para la gente? ¿Es posible la belleza en esa realidad tan desesperada?
Encontrar belleza en el caos a veces es hasta poético, pero lo que ocurre en Cuba es más que eso; son graves problemas de profundo daño a valores de sentido de pertenencia, del sentido de la cubanidad y la cubanía, unidad y en eso… ¡no hay belleza!, solo se puede sentir tristeza.
¿Qué es lo que nunca perderá su hermosura en Cuba, aquello que ni la circunstancia más difícil podrá apagar?
Lo que no debe perderse nunca es el sentir orgullo por quién eres, de dónde vienes; no debemos nunca dejar de sentir regocijo, orgullo por ser cubanos.
Si la Yaima Sáez de hoy pudiera sentarse a conversar con aquella niña que cantaba por primera vez en Camagüey, ¿qué le diría al oído sobre el destino, la música y la belleza de la vida?
Estoy segura que le diría a la niña: prepárate que vienen curvas… ¡jajaja!; te sorprenderás lo mucho que vas a lograr.
Con tu álbum Doce joyas, le pusiste voz a la obra del maestro Roberto Valera. En medio de tantos desafíos, ¿por qué cantar y defender estas "joyas" de la música cubana sigue siendo tu mayor acto de fe?
Defender este álbum significó un tremendo viaje de nuevas aventuras como la producción musical y luego conocer la musicalidad genial del maestro Roberto Valera, quien un buen día me llamó y me dijo que quería que yo cantara sus canciones.
Cuando nos vimos y escuché sus obras, no perdí más el tiempo y propuse la producción a BisMusic a través de José Manuel García, quien fue el productor ejecutivo.
Realmente la obra de Valera en canciones es muestra de que hay esperanza y fe en la defensa de esa cancionística cubana que tanto floreció en las décadas de los 40 y hasta los 60 del pasado siglo XX… ¡Y yo canto esos sueños!
Si el dolor y la realidad de la Cuba actual fueran una canción, hoy nos está tocando interpretar los acordes más desgarradores; cuando esta crisis por fin pase… ¡porque tiene que pasar!, ¿cuál es el acorde eterno que salvará a nuestra Isla y nos devolverá la luz?
La cultura es el sello de una nación y se encargan de construirlo los seres humanos que forman parte de esa nación. Cuando unos pocos no reaccionan al reclamo y dolor de muchos, sobreviene la decepción y la falta de orgullo y la falta de credibilidad en un proceso o en una idea.
Momento peligroso para los que defienden o creen en que un mundo mejor es posible. ¡Yo pienso que sí!
Si tuviera que escoger un canción para describir lo que hoy nos pasa a los cubanos sin dudas elegiría “Como los peces”, de Carlos Varela y la escojo por su narrativa, por su verdad. Pero, sobre todo, escojo esta canción porque, aunque casi todo es negro o blanco, siempre existe un color… ¡la FE!
En los últimos tiempos hemos visto cómo el talento y el pensamiento de valiosos intelectuales y artistas han terminado en el destierro. ¿Qué les pasa a la cultura y al corazón de una nación cuando sus mentes más lúcidas se ven obligadas a cantar o escribir desde la distancia? He ahí la respuesta, ¿qué puede devolvernos la luz?
Quizás la respuesta esté, precisamente, en la música, en la cultura en general. En esa capacidad obstinada del arte para sobrevivir al dolor, para guardar lo que el tiempo y la distancia intentan borrar y para tender puentes allí donde otros levantan muros. Cuba ha visto partir a muchas de sus voces más lúcidas, y cuando un creador se ve obligado a cantar desde lejos, no se marcha solamente una persona: se desplaza una parte de la memoria, de la identidad, del corazón de una nación. Pero una canción no conoce fronteras. Viaja. Permanece. Regresa.
Y quizá por eso, al final de esta conversación, vuelvo a aquella pregunta que Yaima deja flotando como un acorde suspendido: ¿qué puede devolvernos la luz? Tal vez sea la fe. Tal vez la cultura. Tal vez esa verdad que algunos artistas siguen defendiendo, aun cuando alrededor todo parezca desmoronarse. Tal vez sean las voces que, desde la Isla o desde cualquier lugar del mundo, se niegan a dejar morir la belleza.
Porque mientras haya quien cante, quien recuerde, quien cree, quien ame y quien se atreva a decir la verdad, Cuba seguirá teniendo una canción pendiente. Y acaso algún día, cuando pase la noche… ¡porque también las noches pasan!, encontremos juntos ese acorde eterno capaz de devolverle a la Isla su luz.
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