
El cantautor y diputado oficialista Raúl Torres publicó este sábado en su perfil de Facebook un poema sobre la diáspora cubana en el que describe a sus compatriotas como «corazones destrozados» y «corazones arrancados», desperdigados por varias ciudades y países: Panamá, Nueva York, México, París, República Dominicana...
El texto recorre los géneros musicales de la isla —son, chachachá, mambo, danzón, guaracha, changüí, guaguancó y timba— como metáforas de un pueblo herido y disperso. Hasta ahí, todo muy conmovedor.
El problema, claro, es que Torres es diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular desde hace años, el mismo parlamento de partido único que lleva décadas aprobando por unanimidad las políticas que produjeron exactamente esa dispersión. Pero el trovador tiene solución para esa incomodidad: «Hoy no quiero hablar de culpas», escribe, con la elegancia de quien firma el cheque y luego lamenta que el banco esté en quiebra.
El poema cierra con el verso «Con patria pero sin amo», una frase que, en boca de cualquier otro cubano, sonaría a grito de libertad. En boca de quien ha dedicado canciones a Fidel Castro («Cabalgando con Fidel»), a Raúl Castro («El último mambí») y a Hugo Chávez («El regreso del amigo»), suena más bien a oxímoron con guitarra.
La frase «Hoy no quiero hablar de culpas» no es generosidad poética: es una toma de posición política. Significa, traducido del lirismo al castellano llano, que el sistema que produjo el éxodo no merece ser nombrado. Y el sistema agradece el favor. Mientras Torres versifica, según la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI), 317.320 personas emigraron de Cuba en 2025, mientras que se registraron 72.056 inmigraciones, lo que dejó un saldo migratorio negativo de 245.264 habitantes.
La magnitud del éxodo es todavía mayor cuando se considera el período acumulado: un estudio del Council on Foreign Relations, publicado en septiembre de 2026, estima que entre 1,6 y 2,75 millones de cubanos abandonaron la isla desde 2020, según cálculos basados en datos oficiales y estimaciones independientes del demógrafo Juan Carlos Albizu-Campos.
Esos son los «latidos cubanos» que, según el poema, «tienen que encontrar el rumbo / que engrandece al ser humano». El rumbo, al parecer, pasa por no preguntar por qué tuvieron que irse. El hambre, los apagones, la falta de libertades y la crisis económica interminable podrían cifrar la respuesta.
No es la primera vez que Torres practica este género literario que podría llamarse «la elegía sin culpable». En agosto admitió que el pueblo estaba «echando su último fuelle» y propuso criar jicoteas, búfalos de agua y jutías para resolver la crisis alimentaria. En septiembre defendió el socialismo cubano como un sistema «en el desierto, mordiendo el polvo», pero sistema al fin. Y hace apenas unos días responsabilizó a los «odiadores» de la crisis, describiendo a Cuba como «anciana, débil, depauperada». El patrón es siempre el mismo: reconocer el desastre con metáforas, evitar nombrar al responsable y cerrar con una consigna o una llamada a la unidad.
«Nosotros entretenidos / en nuestros pechos cavando / pa arrancarnos corazones.... / dejarlos desparramados», escribe Torres al final de una de sus estrofas. Una descripción involuntariamente precisa de lo que lleva décadas haciendo el régimen al que pertenece, con la diferencia de que el régimen no lo pone en verso.
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