Marxismo: el poder de los pobres, la promesa de los privilegiados

Fidel Castro, con una foto de Carlos Marx. © Cubadebate
Fidel Castro, con una foto de Carlos Marx. Foto © Cubadebate

Hay ideas que nacen prometiendo liberar al hombre y terminan justificando nuevas formas de sometimiento. El marxismo merece ser examinado precisamente desde esa contradicción: la distancia entre la sociedad justa que promete y la realidad de los regímenes que han intentado construirla.

Tres obras ayudan a comprender sus fundamentos: El manifiesto comunista (1848), de Karl Marx y Friedrich Engels; El capital, cuyo primer volumen apareció en 1867, escrito por Marx; y La sagrada familia (1845), también de Marx y Engels. No son los únicos textos fundamentales de esta corriente, pero permiten examinar sus raíces políticas, económicas y filosóficas.

El manifiesto comunista: la lucha como motor de la historia

Marx y Engels interpretaron la historia a través de la lucha de clases. Su propuesta consistía en superar el orden capitalista mediante la revolución proletaria y la transformación de las relaciones de propiedad. El problema surge cuando la lucha contra una clase dominante se convierte en justificación para conquistar el poder sin establecer límites efectivos a quienes lo ejercen.

Cuando un partido se proclama representante exclusivo de los trabajadores, ¿quién puede cuestionarlo sin ser acusado de servir a los enemigos del pueblo? La experiencia de numerosos regímenes comunistas demuestra el peligro de esa lógica: la concentración del poder, la persecución de la disidencia y la subordinación de los derechos individuales a los supuestos intereses colectivos.

La emancipación prometida termina entonces en una paradoja: el ciudadano deja de depender de determinados propietarios privados, pero puede quedar sometido a un Estado que controla el empleo, la producción y buena parte de su vida cotidiana.

El capital: la crítica no basta para construir prosperidad

En 'El capital', Marx realizó un análisis profundo del funcionamiento del capitalismo, la explotación del trabajo y la acumulación de riqueza. Su obra conserva importancia en la historia del pensamiento económico. Criticarla seriamente exige reconocer sus aportaciones, sin aceptar automáticamente todas sus conclusiones.

El problema aparece cuando se pretende sustituir la coordinación económica mediante mercados, precios y decisiones descentralizadas por una planificación central que concentra decisiones en manos de funcionarios.

La experiencia histórica de diversas economías de planificación centralizada ha mostrado dificultades recurrentes: escasez, baja productividad, incentivos insuficientes y asignaciones ineficientes de recursos. Estos resultados no se explican por una única causa, ni todos los países socialistas fueron iguales. Sin embargo, revelan un problema fundamental: el Estado puede ordenar la producción sobre el papel, pero no garantiza con ello que los bienes necesarios lleguen oportunamente a la población.

La economía no se alimenta de consignas. Necesita información, iniciativa, responsabilidad, inversión y mecanismos que permitan corregir los errores. Cuando las decisiones económicas quedan subordinadas a la obediencia política, reconocer un fracaso puede convertirse en una amenaza para quienes gobiernan. Y el error, en lugar de corregirse, se prolonga.

La sagrada familia: de la crítica filosófica a la política

Publicada en 1845, 'La sagrada familia' fue una crítica dirigida principalmente contra los jóvenes hegelianos y sus posiciones filosóficas. No es, por sí sola, un manual de gobierno comunista. Su importancia en este análisis reside en el desarrollo temprano del pensamiento de Marx y Engels y en su crítica de las ideas dominantes de su época.

Pero ninguna filosofía queda exenta de examen por sus intenciones. Cuando una doctrina política se presenta como explicación definitiva de la sociedad, corre el riesgo de convertir sus postulados en verdades incuestionables. Si además controla las instituciones, la educación, la prensa y la justicia, la discrepancia deja de ser una contribución al conocimiento y pasa a considerarse una amenaza.

Ese es uno de los mayores peligros del marxismo convertido en sistema de poder: que la ideología pretenda sustituir a la realidad y que el fracaso de sus políticas se atribuya siempre a enemigos externos, sabotajes o insuficiente compromiso revolucionario.

¿Quién paga la factura?

Aquí aparece la contradicción moral. Los dirigentes que hablan en nombre de los pobres no necesariamente comparten sus privaciones. En los sistemas autoritarios, la ausencia de controles democráticos y de una prensa libre facilita la aparición de élites privilegiadas, mientras la ciudadanía carece de instrumentos eficaces para exigir responsabilidades.

Cuba ofrece un caso especialmente ilustrativo: más de seis décadas de gobierno comunista no han producido la prosperidad, la autonomía ciudadana ni el bienestar prometidos. La escasez persistente, el deterioro de los servicios y la emigración masiva obligan a examinar las decisiones internas, el sistema de planificación, la represión política y también el impacto de las sanciones estadounidenses, sin convertir ningún factor aislado en explicación absoluta.

La tragedia consiste en que el ciudadano común soporta las consecuencias de las decisiones, mientras quienes las toman pueden permanecer en el poder sin someterse a una rendición de cuentas auténtica.

¿Y por qué se insiste en ese camino? Porque una doctrina puede sobrevivir a sus fracasos cuando se convierte en identidad, instrumento de control y fuente de privilegios. Para algunos, abandonar la ideología significa renunciar a una convicción; para quienes se benefician de ella, puede significar perder el poder.

La verdad antes que la doctrina

No sostengo que toda crítica al capitalismo sea equivocada ni que todos los marxistas persigan los mismos fines. Sostengo algo más concreto: ninguna promesa de igualdad justifica sacrificar la libertad, y ninguna teoría merece inmunidad frente a los resultados de su aplicación.

Una sociedad necesita justicia social, oportunidades y protección para los más vulnerables. Pero también necesita propiedad y autonomía personales, instituciones independientes, pluralismo político, libertad de expresión y límites al poder estatal.

La historia no debe juzgar una doctrina únicamente por lo que anuncia, sino también por lo que sucede cuando sus partidarios disponen del poder para aplicarla.

Cuando una ideología promete liberar al pueblo, pero exige que el pueblo renuncie a su libertad para conseguirlo, la pregunta no es cuánto falta para alcanzar la utopía. La pregunta es quién se beneficia de que esa promesa nunca termine de cumplirse.

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