
Una madre camagüeyana que todos los días a las seis de la mañana tiene que encender carbón con nylon y papeles para preparar el desayuno de su hijo, resume en un texto compartido en Facebook, la realidad de millones de cubanos.
El relato, firmado por la actriz y activista social Daily Fortún Sosa y difundido por el podcast «En la Voz de Ellas», es un retrato descarnado de la supervivencia cotidiana en la Isla.
«Aquí mi día comienza prendiendo el carbón con nylon, papeles de libreta y soplidos, muchos soplidos. A las seis de la mañana, inclinada sobre la brasa incipiente, con las manos negras, para hacerle el desayuno a mi hijo», escribe.
El carbón, que era un combustible de emergencia, se ha convertido en la norma para millones de hogares cubanos ante la escasez estructural de gas licuado. Un saco puede costar hasta la mitad de un salario: entre 3,200 y 5,000 pesos en junio de 2026, frente a los 900-1,400 pesos que costaba en diciembre de 2024.
Pero el carbón tampoco es accesible siempre. «Cuando llueve, ni carbón puedes comprar, porque quién va a comprar carbón mojado», apunta la autora, que acude a las pizzas como alternativa, aunque admite que es —«un lujo que no puedo permitirme todos los días».
El gas licuado, en cambio, es inalcanzable. «Es un privilegio. Una balita pequeña, de siete kilos, cuesta 109 dólares en provincia. Con el dólar a 800 pesos en la calle en octubre de 2026, son 87,200 pesos. Según la ONEI, el salario medio del país en 2025 fue de 6,930 pesos: menos de nueve dólares al mes. Una balita de gas, más de un año de sueldo», detalla Fortún Sosa.
El gobierno cubano fijó nuevos precios para el gas licuado en julio, pero en el mercado informal los cilindros llegaron a costar hasta 70,000 pesos en algunas provincias. En abril, más de 834,000 de los 1.7 millones de clientes registrados no pudieron comprar gas en las distribuciones estatales.
El testimonio también denuncia el colapso de la infraestructura eléctrica. «Es muy común ver postes de la corriente podridos y a punto de caerse. Hoy pasé cerca de uno inclinado de manera antinatural, rodeado de basura que no dejaba ver el quiebre en la base. Debajo jugaban unos niños», relata.
La actriz es tajante al asegurar que en Cuba «sobrevive quien tiene a alguien afuera, alguien que vive del otro lado del mar». Y explica que esa es la única manera de recibir un combo de comida, comprar una balita de gas o conseguir una medicina.
Por último, la activista hace referencia a la dimensión demográfica. Cuba tiene menos de 9.5 millones de habitantes según las cifras oficiales de la ONEI, aunque el demógrafo Juan Carlos Albizu-Campos estima que la población efectiva ronda los ocho millones, descontando a quienes emigraron pero permanecen en los registros.
«Muchos se van o sueñan con irse. Otros nos quedamos, y no por falta de razones para irnos: este es nuestro país, y no es el país lo que nos está matando. Aquí no hay quien viva. Sin embargo, mañana a las seis volveré a armar la hornilla de carbón, volveré a soplar la brasa para preparar el desayuno de mi hijo", concluyó.
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