
Un reportaje publicado este viernes por The National, el principal diario de Abu Dabi, pone el foco en un rincón poco conocido de La Habana Vieja: la Casa de los Árabes, museo que documenta la inmigración árabe a Cuba, y la huella que esa comunidad dejó en la identidad cubana desde el siglo XIX.
El reportaje, firmado por Sara Ruthven desde La Habana, recoge el testimonio de Jackeline Díaz Fuentes, directora del museo, y llega en un momento en que La Habana Vieja acumula derrumbes y apagones —la ciudad pierde cerca de 1,000 edificaciones al año— mientras este espacio cultural permanece en funcionamiento en la calle Oficios, dentro de un edificio colonial del siglo XVII.
Los primeros inmigrantes árabes llegaron a Cuba en la segunda mitad del siglo XIX, procedentes principalmente del Levante otomano: los actuales Líbano, Siria y Palestina.
Las razones del éxodo eran múltiples: depresión económica, impuestos elevados, reclutamiento militar forzoso bajo el Imperio otomano, el colapso del comercio de la seda y la escasez de tierras cultivables.
Cuba era para muchos un punto de tránsito hacia Estados Unidos, pero una parte significativa de esa oleada migratoria echó raíces en la isla.
«Primero llegaban hombres jóvenes solos y se dedicaban a la venta ambulante, hasta establecer negocios de importación estables», explicó Díaz Fuentes a The National.
Con el tiempo, los inmigrantes dejaron de traer esposas desde sus países de origen y comenzaron a mezclarse con la población local.
La integración fue tan profunda que árabes cubanos tomaron las armas durante la guerra de independencia de 1895.
«Hay ejemplos memorables de árabes que se incorporaron, que se identificaron con el pueblo cubano y con su lucha por mejorar sus condiciones de vida», señaló la directora del museo.
Los descendientes de aquellos inmigrantes fundaron la Unión Árabe de Cuba en 1979, reunificando las sociedades libanesa, palestina y árabe que habían operado por separado desde los años veinte del siglo pasado.
El museo exhibe tres salas diferenciadas: una con armamento árabe tradicional —espadas y rifles, algunos entregados como obsequio a Fidel Castro por dignatarios extranjeros—, otra que recrea una jaima beduina al estilo del desierto kuwaití, y una tercera con fotografías de familias inmigrantes, cartas y objetos personales.
Frente al museo se levanta la mezquita Abdallah, inaugurada en 2015 con financiación atribuida a Arabia Saudí y con capacidad para unas 500 personas, que sustituyó a la pequeña sala de oración que existía dentro de la propia Casa de los Árabes.
La influencia árabe en Cuba, sin embargo, es anterior a la llegada de esos inmigrantes levantinos.
Díaz Fuentes recuerda que el dominio musulmán en España durante más de 700 años dejó una impronta profunda en el idioma y la arquitectura que los colonizadores españoles trasladaron después a la isla.
El ejemplo más citado es la palabra «ojalá», que proviene del árabe andalusí law šāʾ Allāh —«si Dios quisiera»— y que la Real Academia Española reconoce como derivada del árabe.
«Hay muchas palabras árabes que pasaron al español; incluso nuestra expresión 'ojalá' viene de la frase árabe 'inshallah'», explicó la directora.
El reportaje de The National también atribuye, según la versión que maneja el museo, el rediseño y la popularización de la guayabera a un comerciante textil libanés, aunque sin identificar su nombre ni la fecha exacta.
Esa versión no cuenta con corroboración documental independiente: la historia más extendida sobre el origen de la guayabera la sitúa en Sancti Spíritus en el siglo XVIII, y el Ayuntamiento de esa ciudad autorizó su uso en actos oficiales en 1880.
Entre los cubanos de ascendencia árabe más conocidos figuran el poeta y pintor Fayad Jamís (1930–1988), hijo de padre libanés, y el productor musical Emilio Estefan, nacido en Santiago de Cuba con ascendencia libanesa por línea paterna.
«Hay un vínculo inextricable entre cubanos y árabes», resumió Díaz Fuentes. «Dejaron una huella imborrable en la historia nacional de Cuba».
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