
Investigadores federales encontraron a más de seis kilómetros del lugar del accidente parte de la cola del avión privado que se estrelló el domingo en el condado de Palm Beach, Florida, y causó la muerte de sus nueve ocupantes, un hallazgo confirma que la aeronave comenzó a perder componentes antes de impactar contra el suelo.
Según informó este martes la agencia Associated Press (AP), Tom Chapman, miembro de la Junta Nacional de Seguridad en el Transporte (NTSB), explicó que gran parte del elevador izquierdo del Learjet 60 fue recuperada en tres fragmentos, localizados a distancias de entre 2 y 6,1 kilómetros del punto donde cayó el avión, en Greenacres, cerca de West Palm Beach.
El elevador es una superficie móvil situada en la parte posterior de la aeronave que permite controlar su inclinación hacia arriba o hacia abajo. Su pérdida puede impedir que un piloto recupere el control durante un descenso pronunciado.
Chapman explicó que, sin esa pieza intacta, la tripulación no habría podido sacar al avión de la caída en picada.
Sin embargo, advirtió que, debido a la velocidad que había alcanzado, tampoco está claro si el mecanismo habría sido eficaz aunque permaneciera unido a la aeronave.
«No sabemos todavía qué significa exactamente en cuanto a lo que causó la pérdida de control del avión, ni si la separación de esta pieza fue consecuencia de las fuerzas que actuaban sobre la aeronave», señaló el investigador.
El funcionario calificó el hallazgo como una prueba «muy importante» porque permitirá orientar las próximas diligencias hacia los factores que pudieron provocar la pérdida de control.
El especialista en seguridad aérea Jeff Guzzetti, consultado por AP, considera probable que los fragmentos se desprendieran como consecuencia de la violenta caída y no que fueran la causa inicial del accidente.
Guzzetti explicó que, si las piezas se hubieran separado del avión cuando todavía volaba a gran altitud, probablemente habrían aparecido a distancias mucho mayores.
Su localización relativamente cercana al punto del impacto sugiere que se desprendieron cuando la aeronave ya había descendido considerablemente.
El descubrimiento aporta información concreta a una hipótesis que la NTSB había planteado el lunes, cuando informó de indicios de que el avión comenzó a fragmentarse antes de estrellarse.
En esa comparecencia, Chapman adelantó que los investigadores podrían encontrar componentes lejos del lugar del siniestro.
El Learjet 60 había despegado de Austin, Texas, con destino a Bahamas cuando perdió el control y cayó alrededor de las 12:50 p. m. del domingo 1 de noviembre, cerca de la intersección de Military Trail y 10th Avenue North, en Greenacres.
El impacto abrió un enorme cráter en el pavimento y provocó una explosión seguida de un incendio. Las nueve personas que viajaban a bordo murieron.
Según la información más reciente de AP, aproximadamente 600 residentes de los alrededores seguían desplazados y una persona resultó herida en tierra.
Entre las víctimas se encontraban el empresario tecnológico Adam Robinson, su esposa Helen Sharp y sus dos hijas pequeños, así como la niñera colombiana Ana María Ramírez Cetina. También fallecieron los integrantes de la tripulación, incluido el capitán Jeff Gregory, de 55 años.
Las identidades de los nueve fallecidos fueron dadas a conocer posteriormente, mientras familiares y allegados comenzaron a compartir detalles sobre sus vidas.
Las condiciones meteorológicas siguen siendo una de las principales líneas de investigación. La copiloto Nathalia Gadelha Filgueiras había informado por radio de la acumulación de hielo en el avión y de fuertes turbulencias poco antes de la tragedia.
De acuerdo con AP, el padrastro de la copiloto, Thiago Corteleti, declaró al New York Post que la joven envió un mensaje a su pareja unos diez minutos antes del accidente en el que mencionaba las turbulencias y la formación de hielo.
Las últimas comunicaciones de la tripulación con los controladores aéreos reflejaron la rapidez con que se agravó la emergencia. Filgueiras llegó a advertir que se estrellarían contra el suelo mientras el avión descendía a más de 20,000 pies por minuto, equivalentes a unos 6,100 metros por minuto.
«¡Se nos acaba el tiempo!», exclamó la copiloto antes de que se interrumpiera la comunicación.
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