
En la madrugada de este miércoles, pocas horas después de que los demócratas recuperaran el control de ambas cámaras del Congreso, Donald Trump publicó en Truth Social una imagen de una gorra roja con la palabra «VETO» bordada en letras blancas, sin añadir ningún texto. El mensaje era inequívoco: la icónica gorra de campaña que durante una década llevó el lema «Make America Great Again» tiene ahora una nueva inscripción.
El gesto no fue improvisado. El 1 de noviembre, en una entrevista con Fox News, Trump ya había anticipado su estrategia: «Supongo que me convertiré en el señor Veto», describiendo un plan de bloqueo sistemático de toda iniciativa legislativa demócrata.
«No sería la primera vez. Tienes un presidente que no cuenta con la Cámara de Representantes o el Senado, ellos envían propuestas, las vetas y, finalmente, después de un mes o dos de vetarlo todo, se acercan y cierras un acuerdo», explicó entonces.
La ola demócrata que cambió el equilibrio de poder fue contundente: Los demócratas alcanzarían aproximadamente 244 escaños en la Cámara de Representantes, muy por encima de los 218 necesarios para la mayoría, y recuperarían el Senado con una ganancia neta de al menos siete escaños, con victorias históricas en Texas, Kansas, Carolina del Sur, Ohio e Iowa.a.
Trump se convirtió así en el cuarto presidente desde 1950 en perder ambas cámaras en unas elecciones de medio mandato, un hecho que solo había ocurrido antes con Eisenhower en 1954, Clinton en 1994 y George W. Bush en 2006.
El veto presidencial es, en este nuevo escenario, la principal herramienta constitucional que le resta a Trump para frenar la agenda legislativa de la oposición.
Según el artículo I, sección 7 de la Constitución, el presidente puede rechazar cualquier proyecto aprobado por el Congreso y devolverlo con un mensaje explicativo. Para anular ese veto, la oposición necesitaría dos tercios en ambas cámaras: 290 votos en la Cámara y 67 en el Senado, un umbral que los demócratas difícilmente alcanzarían sin apoyo republicano.
Existe además el llamado «veto de bolsillo»: si el presidente no firma un proyecto en diez días hábiles y el Congreso entra en receso, el texto simplemente no se convierte en ley.
Durante su primer mandato, Trump recurrió al veto 10 veces, especialmente tras perder la Cámara en 2018. En el segundo mandato había emitido dos vetos antes de esta nueva confrontación, para un total histórico de 12.
Las reacciones de Trump tras la derrota fueron múltiples y contradictorias: culpó a Fox News de dar demasiado espacio a los demócratas, calificó al gobernador de Texas Greg Abbott de «RINO» —republicano solo de nombre— pese a haberlo respaldado, y aseguró que los republicanos habrían arrasado si él hubiera estado en la papeleta, contradiciendo su propia estrategia de campaña, en la que pidió repetidamente a sus seguidores que votaran «como si él estuviera en la papeleta».
Las consecuencias institucionales comenzarán a materializarse el 3 de enero de 2027, cuando se constituya el nuevo Congreso: la mayoría demócrata podrá condicionar confirmaciones de cargos federales y jueces, dirigir comités de investigación —el representante Robert García ya anunció su intención de investigar los negocios de la familia Trump y la gestión de los archivos de Jeffrey Epstein— y fijar la agenda legislativa, mientras Trump conserva sus facultades ejecutivas y el poder de veto como principal contrapeso.
Al sustituir «MAGA» por «VETO» en el mismo formato visual que lo acompañó desde 2016, Trump convierte un símbolo de campaña en una declaración de confrontación institucional: su identidad política para los dos años que le restan de mandato será, según él mismo, la del bloqueador-en-jefe.
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