Un cubano de Luyanó: "Recorrí 12 países y atravesé la selva porque quería llegar a un país donde nadie me pone límites"


América Latina, Cuba,
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Publicado el Miércoles, 30 Agosto, 2017 - 14:17 (GMT-4)


Ésta es la historia de Roberto Rodríguez, pero podría ser la de cientos de cubanos que han recorrido las selvas de América Latina para intentar llegar a los Estados Unidos. Él lo consiguió. Viajó a pie, en guagua o en lancha desde Guyana hasta la frontera de Reinosa. Atravesó Brasil, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Nicaragua, Costa Rica, Honduras, Guatemala y México. Doce países en poco más de seis meses. Ahora vive en Virginia, pero no olvida los huesos que vio tirados por el camino, junto a los ríos. De esos compatriotas no hay mucho que contar. Murieron y la tierra les dio sepultura.

Roberto vendió lo único que tenía en Cuba: un cuartico en un solar en el barrio de Luyanó, en Diez de Octubre (La Habana). Con los 4.000 dólares que le dieron legalizó la vivienda (2.000 CUC) y sacó un billete de avión para Guyana (900 dólares). Un amigo que estaba en Brasil le contó que allí no pedían visado a los cubanos. Sus planes eran irse a Rusia o a Ecuador, pero esa última vía ya estaba cerrada. En teoría él iba de vacaciones, como turista, con un pasaje de ida y vuelta a los seis días. En el bolsillo llevaba 1.000 dólares y en la cabeza una idea fija: llegar a los Estados Unidos.

"Cuando iba a la playa miraba hacia el mar y pensaba: tan cerca, pero tan lejos. Veía los aviones pasar y me preguntaba cuándo llegaría mi día. Creo que si existe la reencarnación, los cubanos fuimos muy malos en otra vida y por eso nos tocó esa prisión llamada Cuba. Allí pasé 38 años hasta que por fin logré salir".

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La salida. 15 de junio de 2016

Roberto no quiere que su familia lo despida en el aeropuerto. Va solo con su padre por temor a que sospechen que no piensa regresar. Tiene miedo.

"Cuando empiezan a verificarte los papeles piensas que no te van a dejar salir. Crees que nunca te vas a montar en el avión. Uno se pone nervioso, pero no puede demostrarlo para no llamar la atención. Cuando el avión despega, la sensación es indescriptible. Lo único que empaña esa felicidad es saber que aún no has vencido, que te pueden virar desde Guyana. Y tú sabes que no puedes regresar por ningún motivo. Lo vendiste todo y en cualquier país vas a estar mejor que en Cuba".

El avión hace escala en Panamá, pero a Roberto ni se le pasa por la cabeza quedarse y pedir asilo. Sabe que hay muchas conexiones aéreas con Cuba y que te suben a una avión de vuelta a la Isla en un abrir y cerrar de ojos. Su vuelo iba con retraso y el aeropuerto panameño es inmenso. Tiene que correr para que no se le escape el vuelo a Guyana. Nunca ha cogido un avión. Nunca para un cubano no admite tibieza: es nunca.

Roberto se acerca a un grupo de cubanos. Todos hablan de lo mismo, que van a Guyana a comprar ropa y que luego van a regresar a Cuba para venderla en el mercado negro. Mentira. El avión regresa vacío. Roberto se los encuentra esperando a los mafiosos que los trasladan a Brasil por 250 dólares. Los ve en medio de la selva, ya rumbo a Estados Unidos. "Yo los miraba y les decía: 'Oye, tú no venías a comprar ropa'?"

Al llegar a Guyana llueve a cántaros. El aeropuerto es "bien feo". Los pasajeros tienen que ir caminando hasta la Aduana. Allí les dan un papel que tienen que rellenar. Está en inglés. Roberto chapurrea un poco. Eso le basta para no dejar ninguna línea en blanco. "Lo llené a mi manera".

Está a un paso de ser libre. Sólo tiene que atravesar la Aduana. Pero en su fila empieza a haber problemas con un cubano. "Le contaron hasta el último dólar". Inmediatamente todos los cubanos se pasan a la otra fila, pero Roberto no se mueve. "Me quedé porque pensé que con todos no se podían demorar tanto. Así mismo fue. Casi ni me hicieron preguntas". Después Roberto se entera de que en Guyana hacen negocio con los cubanos. "Les dicen que los van a virar para que les den dinero".

Sale del aeropuerto y por primera vez en 38 años se siente libre. Primera victoria.

Con el mafioso

A la salida del aeropuerto, Roberto pregunta por la persona que le estaba esperando para pasarle a Brasil. Otros cubanos que venían en su vuelo, al oírle pronunciar ese nombre, le llaman para que suba a su taxi. Entre todos cuesta menos. "Llegué a la casa de hombre y nada más verlo me di cuenta de que es un mafioso. Pero el tipo estaba bien organizado. Pagué los 250 dólares y emprendí camino hacia Brasil ese mismo día".

Dieciséis horas de viaje por terraplenes llenos de hueco y fango. Roberto sabe que si se rompe el carro está perdido. "Esas guagüitas Mitsubishi son unas campeonas. Tuvimos que cruzar un río en una 'patana' y luego en una lancha a motor. Ya estábamos en Brasil".

El grupo tiene que esperar varias horas hasta que se van los policías de la frontera de Brasil. "Esperamos en una finca hasta que varios carros nos llevaron a Boa Vista y nos soltaron en un hotelito. Hasta ahí alcanzaron los 250 dólares".

Roberto llama enseguida al amigo que le contó que en Guyana no pedían visado a los cubanos. "Me dijo que no fuera para donde él estaba porque no había trabajo y los alquileres eran caros. Me sentí solo y sin saber para dónde coger".

No le da más vueltas. Se une a un grupo de cubanos, que estaban a la espera de ver si ponían un puente aéreo. Decide marchar a Turbo (Antioquía, Colombia), en la antesala de la selva. De Boa Vista, Roberto sale hacia Manaos, pero el dinero no le da para coger un avión. Se queda en Brasil. Llegan rumores de que está todo muy revuelto con los cubanos en los lugares que hay que atravesar hasta Turbo. Se habla de deportación. "Fue suficiente para decidir no movernos".

En Manaos Roberto consigue papeles para empezar a trabajar. Es su primera oportunidad de estar legal en algún sitio. El tiempo pasa. Tres meses después de su llegada, lo contratan 60 días en un hotel en medio de la selva, a orillas del Amazonas. Está en Ariau. Desde esa zona perdida en el mapa sigue las elecciones en los Estados Unidos. Llega la hora de cobrar. El hotel está en quiebra. "Fue una candela que nos pagaran 200 dólares, al cambio".

Roberto (d), en el hotel de Ariau, a orillas del Amazonas, donde trabajó en Brasil.

De frontera en frontera. 15 de noviembre de 2016.

Un grupo de 18 cubanos, entre los que viaja Roberto, coge un barco rumbo a Tabatinga, un ciudad brasileña en la que hay una triple frontera de Brasil con Perú y Colombia. Pronto se divide el grupo. Por un lado seis que tenían dinero y por otro, doce que estaban 'escachaos'. Roberto va con los últimos.

El trayecto de Brasil a Perú y de ahí a Ecuador es un paseo. "No tuvimos problemas. Sólo era difícil cruzar las fronteras. Había que tener mucho cuidado al elegir quién te cruzaba. Se tenía que notar que no llevabas dinero. Les decíamos que al llegar al otro país nos mandarían algo. Sólo así conseguimos que no nos pidieran mucho por cruzar de un país a otro".

En Colombia los paran dos veces. En ambas sale a flote la palabra mágica. "Colaborénme".  Todos pagan. Unos más que otros. Eso no se sabe a ciencia cierta en un grupo de doce personas. Roberto pone 10 dólares."Nos insultaban y nos asustaban con la deportación.Les dábamos el dinero y nos dejaban ir. Sabían que detrás de nosotros vendrían más cubanos. Eso es Colombia".

En Turbo sí hay que pagar para cruzar la selva. Sólo los nativos de la zona conocen el camino. "Yo vi pagar hasta 500 dólares y otros que sólo dieron 20. Había muchos engaños. A los que más pagaban les decían que los llevarían por un camino más corto, que llegarían en horas. Era mentira. Era el mismo camino para todos".

Ya todo está listo para adentrarse en la selva. Botas de agua, machete y mochila con comida. El negocio de ese pueblo son los migrantes (cubanos, chinos y hasta italianos) que necesitan avituallamiento y guías para cruzar la selva. Incluso hay quien te sube la mochila si pagas entre 10 y 20 dólares.

Roberto, en la selva colombiana

El primer día Roberto y su grupo suben una montaña y acampan en una finca al bajar. Todo parece ir bien. El segundo día toca "la Loma de la Muerte" que hace honor a su nombre. "Pensé que no podía. Soy fumador. El corazón se me quería salir. Sólo unos días antes un cubano al llegar a la cima se tomó un Red Bull y le dio un infarto. Nos enseñaron dónde estaba enterrado".

Por todo el camino hay tumbas. Los guías las enseñan. Gente que resbala y cae al barranco y ahí se queda. Todos los guías se reúnen en un mismo lugar. Un punto en el que convergen con los migrantes. Falta un grupo de chinos. Los guías les han asaltado. "Uno de los chinos pagó para que le subieran la mochila y enseñó un fajo de billetes. Out por regla".

En medio de la selva los cubanos del grupo de Roberto se enteran de que ha muerto Fidel. "Los que venían detrás traían la información. Estaba tan acostumbrado a las noticias falsas de la muerte de Fidel que no sabía si creerlo o no. Preguntaría cuando llegara a la civilización".

Llegas a la cima y los guías te dicen que estás en Panamá. Hasta ahí llegan ellos. Tienes que bajar bordeando el río. A los pocos minutos, el primer retén panameño. Los dejan dos noches. Los sueltan. A los 45 minutos, otro retén. Otras dos noches. Los sueltan. Otro retén. Seis noches. "Lo malo de esos retenes es que gastábamos la poca comida que nos quedaba porque sólo nos daban arroz, aceite y sal para comer".

Faltan 75 kilómetros para llegar a un pueblo en el que hay otro retén. Todavía no han salido de la selva. En esa parada, Roberto conoce a una cubana, embarazada a punto de parir, y a una pareja de cubanos que viajan con sus dos hijos: un niño de unos cuatro años y una niña de diez con Síndrome de Down.

Ahora el grupo es más grande, de unas cien personas. No todos son cubanos. Hay gente de todas partes. No todos llegaron a su destino. "A algunos no volvimos a verlos más. Se caían, se daban golpes en las rodillas, se viraban el tobillo y ahí se quedaban. En ese momento sólo piensas en sobrevivir. Sabes que si te pica una serpiente o cualquier otro animal venenoso estás muerto. Aunque tengas amigos a tu lado ellos no pueden ayudarte porque están llevando su cuerpo al límite".

El grupo de cubanos con el que viajaba Roberto, en la selva.

Toca dormir. Deciden hacerlo al margen de un río al que le precede su mala fama. Aunque no esté lloviendo, si llueve en otro sitio, crece de un momento para otro y arrasa lo que encuentra a su paso. Hay que elegir entre morir ahogado o por la picadura de una serpiente.

Tienen suerte. Despiertan vivos. En esa zona hay huesos de personas por doquier. Al fin llegan a una aldea. El saludo de los guardias se limita a enumerar los precios de los botes y de los alquileres. Aún están en la selva.

Suben a una lancha con motor. Ocho horas de viaje. Llegan a un retén en Panamá. Ahí separan a los cubanos del resto de nacionalidades. "Nos alegró la suerte de ser cubanos. Pudimos continuar camino ese mismo día. Pero nos daba sentimiento ver que otras personas que habían hecho el mismo trayecto que nosotros se quedaban atrás. Podían estar ahí cerca de un mes".

Los cubanos cogen una guagua hasta Ciudad de Panamá. Roberto se va directo a dormir en una iglesia de Cáritas. Tiene fiebre de 40. Sin más síntomas. "Pensé que había cogido alguna enfermedad en la selva".

Para entonces en el grupo sólo quedan tres cubanos. Los retenes los han ido separando. Se dirigen hacia Costa Rica. Próximo objetivo, llegar a la frontera de la Cruz, con Nicaragua. Ahí están todos los cubanos.

El trayecto por Nicaragua es difícil. Si optas por la carretera, la policía, cuando ve a un cubano, lo devuelve a Costa Rica. No les importa que esté pegado a Honduras. Si decides coger por la selva, te enfrentas a las bandas que viven de asaltar a los cubanos. "Violaban hasta a los hombres. Tenías que pagar y en un 70% era una estafa".

Roberto encuentar una vía cara pero segura. No tiene que pagar hasta llegar a Honduras. Es una garantía. Coge una lancha pirata por el Pacífico hasta la capital. Lo consigue. Siete horas después, una guagua, con carros delante que avisan si hay policías. Cuando hay retenes los meten en un camión cerrado y ahí no se enteran de nada hasta llegar a la frontera.

En Honduras

Honduras es puro peligro. Los guías que llevan a Roberto se enteran de que hay una banda en esa zona y de que acaban de asaltar a un grupo de cubanos. Tienen miedo. Quieren virar. Dar la vuelta significa perder mucho tiempo. El grupo ha crecido. Se han juntado ya 20 hombres y una mujer sola, con un niño. Deciden enfrentar a los pandilleros. Atraviesan un río a pie, armados con piedras. "Al que saliera, piedra sin preguntar, pero no pasó nada. Estoy seguro de que nos vieron".

En Honduras, tres días para sacar un salvoconducto con el que viajar a Guatemala. Ese camino se hace con alguien que desde fuera te manda dinero y te ayuda. Poco a poco, por si te asaltan, no perderlo todo. Este tramo del camino se hace sin problemas. De Guatemala, a México, hasta Tapachula. Otro salvoconducto.

La policía mexicana los para y les pide dinero. En Tapachula tienen que buscar un abogado para que gestione el salvoconducto sin necesidad de entrar en el Centro de Migración. Empezaron cobrando 100 dólares y al llegar Roberto ya pedían 1.000 o 1.500.

El grupo de Roberto llega en fin de año. Es festivo. Los abogados no trabajan. Deciden entregarse. Los cubanos salen en siete u ocho días. Es una decisión arriesgada. Si hay alguna revuelta dentro del Centro de Migración, los deportan a todos juntos a Cuba sin preguntar quién sí y quién no. "Después de tanto camino, perderlo todo al final... Es duro".

Que sea lo que Dios quiera. México celebra la Navidad. "El 24 de diciembre lo pasé ahí. Nadie puede imaginar la alegría, la euforia que sientes cuando escuchas tu nombre y te dicen que te vas. Ya nada te detiene".

A los seis días, Roberto, con su salvocondcuto, saca un billete de avión para Reinosa. Es 31 de diciembre. A las cuatro y media de la tarde entran en Emigración de los Estados Unidos. Atrás se queda uno de los cubanos que hizo todo el trayecto con él. Lo deportan a Cuba porque lo confunden con un delincuente.

Faltan doce días para que Obama ponga fin a la política de pies secos/pies mojados. Roberto tiene delante a un guardia de los Estados Unidos. Empieza a llorar. "Había logrado alcanzar mi sueño. Estaba en un país donde nadie te pone límites para crecer como persona. El límite te lo pones tú".

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Tania Costa

Tania Costa (La Habana, 1973) vive en España. Ha dirigido el periódico español El Faro de Melilla y FaroTV Melilla. Fue jefa de la edición murciana de 20 minutos y tertuliana en Televisión Murciana, Televisión7RM y la Cadena Ser Murcia.

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