Una teta entre Maradona y Castro

Cuando Maradona volvió a Cuba a curarse de su drogadicción, fue internado en un sanatorio especializado que tiene o tenía el Ministerio del Interior en la provincia de Ciego de Ávila, en reconocimiento a su defensa de la revolución cubana y de Fidel Castro, desde aquella remota noche de 1987 en La Habana.

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Maradona con Fidel en una visita a Cuba Foto © Cubadebate

Este artículo es de hace 3 años

Una parte del exilio e inxilio cubanos aborrece al astro Diego Armando Maradona por su amistad con Fidel Castro y Hugo Chávez, con esa pasión tan Caribe con que se vive después de veinte desengaños y qué importa uno más; como acaba de ocurrir a Argentina cuando Mesi falló un penalti contra Islandia en el Mundial de Rusia.

El “Pelusa” nunca ha olvidado sus orígenes humildes y tras sus tropiezos varios con el sistema y las drogas, encontró en Cuba lo que necesitaba en un momento complicado de su vida, pero antes –mucho antes- se sintió seducido por el carisma del Comandante en Jefe que –tras algunas reticencias- aprobó la visita del futbolista.

Los méritos de aquella visita recaen en Elmer Rodríguez, combatiente de la clandestinidad contra Fulgencio Batista, corresponsal de Prensa Latina en Buenos Aires y jefe de Deportes de la agencia cubana de noticias que hace unos días cumplió 59 años.

El programa de la visita privilegiaba conocer instalaciones deportivas y casa en Varadero sobre cualquier otra consideración y –como era habitual en el manejo de la expectación en torno al Comandante en Jefe– una posible entrevista estaba abierta pero no confirmada, en ese eterno juego del poder donde lo aparencial forma parte del guión.

Fidel Castro no sentía predilección por el fútbol y albergaba dudas razonables sobre la conveniencia de conceder relieve a una visita simbólica, que podía salir muy bien o muy mal, según la reacción de Maradona ante la Cuba de 1987, ya preavisada por los soviéticos que se había acabado el pan de piquitos, implicada en la campaña de la deuda eterna y en otra cruzada cíclica, esta vez de idealismo, rectificando “errores y tendencias negativas”.

Elmer Rodríguez ideó concederle uno de los premios anuales deportivos de Prensa Latina a Maradona y se valió de sus contactos en la prensa argentina para contactar con el futbolista y persuadirlo de que viajara una semana a la isla para recibir el premio y conocer la “realidad” cubana.

Maradona aceptó y se fue a La Habana con su mujer y su hija muy pequeña, que ya lo ha hecho abuelo. Tras asistir a la ceremonia y recibir su premio, se marcharon a Varadero, donde estuvieron acompañados de Elmer Rodríguez y otros funcionarios cubanos que –discretamente- estaban pendientes del teléfono por si llamaban de la oficina de Fidel.

Sobre las cinco de la tarde, mientras Maradona y Elmer pateaban suavemente un balón sobre la arena de Villa Cuba, sonó el teléfono y uno de los edecanes dijo que debían marchar hacia La Habana para “una reunión de primer nivel”. Elmer, que tenía la costumbre de usar mocasines sin medias, corrió a su cuarto, se cambió de ropa y se puso medias.

La entrevista transcurría por los cauces habituales entre dos figuras que apenas se conocían hasta que al filo de las once de la noche, la bebé de Maradona comenzó a llorar y Claudia se sacó una de sus tetas y la amamantó con toda naturalidad.

-Tendrá hambre, dijo Fidel.

-Es que no hemos cenado, Presidente…

Castro acusó el golpe y se quedó callado unos instantes, pero reaccionó de inmediato. Se disculpó con Maradona, explicó que los cocineros de Palacio ya habían marchado a sus casas, pero se levantó y dijo:

-Vámonos a la cocina, que algo quedará por ahí y comeremos, aunque sea frío.

Fidel se puso a preparar sándwiches para todos y sacó jugos y yogures de los refrigeradores. Pidió a Chomy (José Miyar Barrueco) que buscara alguna lata de conservas y su ayudante trajo atún y aceitunas, que alguien había llevado desde España en un viaje reciente, como regalo al presidente cubano.

Luego, Fidel cargó a la bebé para que Claudia cenara con tranquilidad y se puso a dormir a la bebé, que saciada con la teta materna, tardó poco en dormirse y ser acomodada en un sofá cercano, donde arrimaron unas sillas para que no fuera a caer.

La visita había dado un vuelco muy favorable a los intereses cubanos con un golpe de teta argentino, y la reacción relámpago de Fidel Castro, tras sentirse aturdido por el detalle de no haber pensado en la cena de sus huéspedes.

Elmer y los presentes temieron una reacción crítica posterior, pero el resto de la charla transcurrió tan a gusto del jefe cubano y de Maradona, que fueron tranquilizándose hasta que el amanecer los sorprendió con otra tanda de yogures, leche y café, más panes, empanadas y pasteles que ya había traído la Seguridad Personal, que desplazó a un efectivo hasta la panadería de Línea y 12 (El Vedado)

Desde aquella noche, Castro y Maradona forjaron una amistad a prueba de teta, como le gustaba contar al siempre guasón Elmer Rodríguez, que llegó a tener unos de los mejores bancos de películas en formato vídeo de toda La Habana, en su casa de Mayía Rodríguez (La Víbora).

Cuando Maradona volvió a Cuba a curarse de su drogadicción, fue internado en un sanatorio especializado que tiene o tenía el Ministerio del Interior en la provincia de Ciego de Ávila, en reconocimiento a su defensa de la revolución cubana y de Fidel Castro, desde aquella remota noche de 1987 en La Habana.

lmer Rodríguez ya había fallecido, nunca supo de los trastornos de salud del astro (o sí) al que habían llevado a Cuba para intentar conseguir que se convirtiera en un propagandista de la obra de la revolución a la que había contribuido desde sus ámbitos de responsabilidad.

Tienen exiliados e inxiliados todo el derecho de aborrecer a Maradona por su postura política, pero si no es mucho pedir, eviten el insulto fácil de llamarlo drogadicto y cocainómano, que es una enfermedad.

La pluralidad cubana exige deslindar la critica política desde el antagonismo político e ideológico de ataques despiadados por mucho dolor que padezcamos; salvo que los que atacan quieran imitar a Fidel Castro en aquel miserable lance contra José Saramago en 2003, cuando el Nobel portugués condenó los fusilamientos de tres jóvenes cubanos con una breve nota en El País (diario español) con el título “Hasta aquí he llegado”.

Entonces, Castro –amargado- soltó aquello de lo que pasa “cuando se tiene una mujer más joven que uno”. O peor aún, cuando unos cubanos fueron lapidados por otros durante la estampida de Mariel, azuzados por el gobierno.

Critiquen, aplaudan, quédense indiferentes. Pero corran, que se perdió el tete.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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