Un ejército blanco y respondón

La reciente protesta de un grupo de médicos y enfermeros cubanos varados en Venezuela desde hace 20 meses confirma la debacle económica de ambos países.

Embajada de Cuba en Venezuela.
Médicos cubanos en Venezuela. Foto © Embajada de Cuba en Venezuela.

Este artículo es de hace 3 años

La reciente protesta de un grupo de médicos y enfermeros cubanos varados en Venezuela desde hace 20 meses confirma la debacle económica de ambos países, pone en peligro el trabajo humanitario, sacrificado y anónimo de cientos de miles de profesionales de la salud isleña que prestan y prestaron servicios fuera de su tierra para intentar mejorar sus vidas personales y posibilitar que Cuba haga caja con su trabajo.

La revolución cubana y Fidel Castro pasarán a la historia por el papel desempeñado en el Tercer Mundo y por la obra social que extendió. También porque cualificó los servicios médicos y de educación en todo el país hasta el derrumbe soviético.

Los cubanos atrapados en Venezuela repiten la excusa oficial de que no hay aviones disponibles para trasladarlos a Cuba, cuando lo que no hay es dinero porque rentar un avión es pan comido en trayectos rentables.

La responsabilidad de esos médicos y demás personal de la salud es de Cuba y no de Venezuela porque quien decidió enviarlos allí en una operación mercantil, disfrazada de solidaridad, fue el ejecutivo isleño. Venezuela paga con dinero o petróleo y si no pagase, hay que retirarle la ayuda multilateral con que La Habana sostiene al tardochavismo.

Si Cuba fuera capaz de poner todo su capital humano al servicio de la nación, no de un proyecto político, la economía cubana abandonaría esa “zona de tensiones”, que afectan cotidianamente a la mayoría de la población, incluidos profesionales, que cuando viajan, lo hacen como rehenes del tardocastrismo, pues les retienen parte de su salario en Cuba. Ese dinero luego irá a engrosar las anémicas arcas estatales con precios de dumping en la pacotilla, electrodomésticos y vehículos de uso.

Los primeros años de colaboración civil, el castrismo lo tuvo más fácil porque los médicos y demás colaboradores llevaban años viviendo sin expectativas materiales y creyendo que un ventilador era un exceso pequeño-burgués. Los cubanos están jodidos, están empobrecidos, pero no son tontos.

Brasil y Sudáfrica fueron puntos de inflexión en la suavización de aquella ecuación chantajista del 75%-25% (75 para el estado cubano, el resto para el internacionalista) porque sus gobiernos no podían hablar de justicia teniendo a médicos cualificados con salarios míseros y un Estado extranjero engulléndose la mejor porción del cake financiero que suman los ingresos por esta vía.

El gobierno norteamericano alentó la deserción de cubanos médicos y otros profesionales de la salud, creando un programa migratorio específico, que luego en la práctica ha tenido desiguales resultados y no pocas decepciones porque para ejercer en USA hay que someterse a un difícil y complicado proceso de convalidación.

De hecho, hay cubanos que ganan dinero en USA preparando a sus paisanos para las pruebas de convalidación que, muy pocos, consiguen aprobar y luego –en muchos casos- al conseguirlo, optan por especialidades menores dentro de la Medicina, pero que son rentables económicamente.

El castrismo, que padece la tentación totalitaria de considerar al personal de la salud como soldados, castiga a los médicos y enfermeros desertores con una prohibición de 8 años para visitar a sus familiares, en una reiteración de castigar a los que se quedan, pues los mayores dolientes no son los que no pueden entrar, sino padres, abuelos, hermanos, parejas e hijos que, al menos, se alivian viviendo un poco mejor con los dólares que manda el otro castigado.

Otra ventaja que ha tenido la participación masiva de personal sanitario en misiones internacionales es que sus mentes se han ensanchado, conociendo lo bueno y malo de sociedades diferentes a la cubana, incluso en Venezuela, donde los bolivarianos fracasaron en sus intentos cubanizadores, incluido el ejército de policías pacotilleros que vigila a los colaboradores.

Los duros –en todo su derecho- pensarán que estos médicos se prostituyen por cuatro pesetas. El conflicto empieza cuando tú salvas vidas, curas enfermos y no tienes cómo darle de comer a tus hijos. Un chiste cubano retrata certeramente esta perversión:

Suena el teléfono de madrugada en una casa de La Habana.

-Compañera, buenas noches, es de aquí de la Policía.

-¡Ay!

-No, pero no se asuste, que no ha pasado nada grave. Su marido…

-¿Ha vuelto a beber?

-Bueno… sí… está un poco perjudicado.

-Gracias, compañero. Ahora salgo para allá a buscarlo. Y no le haga caso. El es cirujano cardiovascular, pero cuando se emborracha le entran delirios de grandeza y se pone a decirle a la gente que es maletero en el Cohíba.

El problema no son los médicos y enfermeras, sino la incapacidad de Cuba para ofrecer salarios dignos a toda su población y la elevada proporción de médicos y personal de la salud para una población de 11 millones de personas. Una vez alcanzada cifras que garantizaran una cobertura sanitaria completa y eficaz, que ahora mismo no existe en la Isla, debieron reducirse las promociones de médicos, entre otras razones por el coste que implican y por el estancamiento y envejecimiento demográfico cubanos.

Un mal crónico del castrismo es la suplantación de realidades con entusiasmo y la ausencia de rigor económico, subordinando la eficiencia y racionalidad económicas a la consigna política pasajera y cortoplacista.

Si esos médicos ahora atrapados en Venezuela cobraran sus salarios, podrían hasta asumir el coste de sus viajes de ida y vuelta a Cuba; pero eso implicaría emanciparlos de la condición de súbditos vigilados y dependientes a la de ciudadanos.

Los médicos, como la mayoría de los cubanos, son víctimas y no culpables de la apuesta por la pobreza del castrismo y sus perennes recelos ante ciudadanos libres y prósperos y sus flagrantes contradicciones en su discurso coyuntural, que cambia de palo para rumba.

Si el comandante en jefe creía que la solución no era que cada familia cubana tuviera un automóvil, que parece sensato, su obligación era establecer y cuidar un sistema de transporte colectivo por tierra, mar y aire que prestara servicios de calidad y redujera la contaminación ambiental que tanto le preocupaba. Pero ni una cosa ni la otra.

Ya sabemos que las monjitas católicas que cuidaban enfermos emocionaban al comandante porque se les parecían a los comunistas. El pequeño detalle es que el cristianismo surgió antes, mucho antes, que el comunismo, y con mejores resultados porque empezó en un pesebre y ahora es un Estado influyente y una gran multinacional que superó hasta una escisión de la cúpula.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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