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EDITORIAL: Los desatinos cubanos de Bernie Sanders

Las piruetas verbales de Sanders para ensalzar a Fidel Castro resultan tan extemporáneas como intolerables para quienes han padecido en carne propia la perversidad y el descalabro del régimen cubano.

El senador Bernie Sanders lidera la intención de voto en las encuestas. © CiberCuba
El senador Bernie Sanders lidera la intención de voto en las encuestas. Foto © CiberCuba

Este artículo es de hace 4 años

Si algo provechoso pudiera sacarse de las trasnochadas declaraciones del senador Bernie Sanders sobre los supuestos beneficios sociales del régimen de Fidel Castro, es haber puesto a Cuba en el foco de los debates por la nominación demócrata a la presidencia de Estados Unidos, con un impacto indudable en la cobertura mediática y la opinión pública internacional sobre la erosionada realidad cubana.

Inmerso en una ola de críticas bipartidistas tras sus elogios al programa de alfabetización de Castro en los años 60 y a una Cuba donde "no todo está mal", el aspirante a la Casa Blanca volvió a la carga en los debates del pasado martes en Charleston, Carolina del Sur, para justificar su defensa de las supuestos progresos en educación y salud pública bajo el régimen totalitario de la isla. Solo que esta vez la santificación de la obra castrista trató de endilgársela a Barack Obama, como quien tratase de sacudirse el peso de una irresponsabilidad.

"Lo que Barack Obama dijo es que hicieron grandes progresos en la educación y el cuidado de la salud. Ese fue Barack Obama", dijo Sanders, ahora convertido en eco del exmandatario demócrata. El precandidato Joe Biden salió a la riposta con la aclaración de que Obama "no sugería de ninguna manera que hubiera algo positivo en el gobierno cubano".

En realidad, el senador de Vermont no necesitaba acudir a Obama, sino remontarse a sus propias declaraciones de hace más de tres décadas, cuando lanzaba alabanzas a la Unión Soviética y a los empeños mesiánicos de Fidel Castro.

No era la Cuba de la eclosión revolucionaria de 1959 la que por entonces se dedicaba a santificar el senador, sino un país abocado a una crisis económica en medio de la debacle del patrocinio de Moscú, y un gobierno despótico que cosechaba descalabros en todos los estratos de su gestión. Transcurría 1989 y Sanders tenía la ocurrencia de decir que más interesante que el hecho de proporcionar atención médica gratuita, educación gratuita, vivienda gratuita... era que se estaba creando en Cuba "un sistema de valores muy diferente al que conocemos".

De manera que las erráticas apreciaciones de Sanders por estos días tienen antecedentes muy alineados con una manera de entender el mundo -y este caso el traspatio cubano- desde el radicalismo liberal, una ideología que vive momentos de revitalización entre camaradas antiglobalistas, partidarios de la revolución anticapitalista, entusiastas militantes de la izquierda, recintos universitarios y sectores estudiantiles en Estados Unidos.

La visión de Sanders sobre Cuba es apenas la punta del iceberg de un pensamiento que subyace en una parte significativa de la sociedad y la intelectualidad estadounidenses. Aunque el senador asegura que se opone al autoritarismo en todo el mundo y admite que el régimen cubano es una dictadura, lo que prevalece en su percepción del proceso revolucionario encabezado por Fidel Castro no es la crítica a sus excesos de poder, los fusilamientos, el terror, la censura y la restricción de derechos humanos, sino las presuntas contribuciones en materia social. Ese es el pensamiento que sustentan los alabarderos del régimen cubano en Estados Unidos y en el mundo, achacándole al embargo la ausencia de libertades ciudadanas y los destrozos del desatino nacional.

Bajo esos parámetros falaces se ha moldeado una distorsionada concepción de la Cuba anterior a 1959 que minimiza o anula el aval de la etapa republicana, y exalta desenfrenadamente la contribución de la era castrista.

Y tal vez los tropiezos de Sanders ofrezcan el momento propicio para traer a Cuba a la palestra de los debates por la nominación presidencial y poner sobre la mesa unas cuantas verdades que sus partidarios desconocen -o prefieren desoír- sobre la isla vecina.

A la llegada de Fidel Castro al poder, Cuba era un país próspero que colocaba entre los primeros países de América Latina en varios indicadores económicos y sociales, como PIB por habitante, control de la inflación, estabilidad fiscal, inversión relativa al PIB, alfabetización, mortalidad infantil, esperanza de vida y cobertura de pensiones.

En 1958 el PIB per cápita del país era el tercero más alto de América Latina, solo superado por Venezuela y Uruguay, y la nación se encontraba en el camino del crecimiento económico sostenido. Como ha observado el laureado economista Carmelo Mesa Lago, el “Informe Truslow” del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (1951) ordenó a Cuba en segundo lugar en 1947, mientras otros reportes posteriores la ubicaban en cuarto lugar.

El 4.1% del total del PIB ($2,363 millones) se gastaba en educación, una proporción más elevada que la de muchos países europeos y al nivel de Estados Unidos. Para 1956 las Naciones Unidas señalaron a Cuba como el segundo país de Latinoamérica con el menor índice de analfabetismo (23.6%), lo que situaba el nivel de instrucción por encima de la media en la región.

En términos de salud general, la esperanza de vida al nacer en la Cuba republicana en 1958 era de 64 años, solo por debajo de Argentina (65) y Uruguay (68), y ostentaba la menor mortalidad infantil de la región, con 37.6 por mil nacidos vivos. Era también el país con mayor número de médicos per cápita (1 por cada 957 habitantes), mientras que su índice por enfermedades transmisibles era 31.75 por 100,000 habitantes.

Sin idealizar la realidad del país que heredó Fidel Castro, no se trataba de un páramo de analfabetos e insalubridad que transformó la voluntad revolucionaria, como la propaganda oficial se ha dedicado a predicar, sino una nación en plena emergencia y posibilidades de desarrollo.

Aunque la clarinada revolucionaria puso en marcha planes y recursos de indiscutible impacto social, no es menos cierto que el delirante voluntarismo de Fidel Castro, la manipulación política, la ausencia de una estrategia de desarrollo viable y el despilfarro económico terminaron torciendo el rumbo del país. Ningún beneficio social puede legitimarse a cambio de cercenar libertades individuales e instaurar por la fuerza un orden de obediencia ciudadana.

Acaso escape a Sanders que la campaña de alfabetización en Cuba constituyó un gran laboratorio de movilización política en la primera fase del adoctrinamiento revolucionario que terminaría imponiéndose en el sistema nacional de enseñanza.

Sesenta años después, los pilares de educación y salud pública que sostenían la vitrina del socialismo cubano son la imagen más contundente del deterioro nacional. El futuro prometido a los cubanos se ha convertido en una tortuosa pesadilla, un territorio de incertidumbre y depauperación infinitamente peor que el pasado que se pretendía reformar.

Por eso, las piruetas verbales de Sanders para ensalzar a Fidel Castro resultan tan extemporáneas como intolerables para quienes han padecido en carne propia la perversidad y el descalabro del régimen cubano.

El tema cubano había estado ausente de los debates de las contiendas primarias presidenciales y las convenciones partidistas de los últimos ocho años. El patinazo procastrista de Sanders ha reavivado de manera intensa la controversia sobre Cuba y su larga dictadura en los medios de comunicación y las redes sociales, removiendo el polvo de la desmemoria que suele permear las aproximaciones de los candidatos a los asuntos de política exterior, especialmente los que están a solo 90 millas de Estados Unidos.

La escalada de Sanders hasta la posición de liderazgo en las encuestas es sintomática de la polarización política que envuelve a Estados Unidos de cara a las elecciones de noviembre. Su festinado liberalismo ha atrincherado a sus contendientes del Partido Demócrata y lo colocaría en las antípodas del presidente Donald Trump en caso de que ganara la nominación.

Con sus declaraciones, Sanders se alejó no solo del voto cubanoamericano, sino que se agrió el apoyo de los líderes partidistas y fragmentó al electorado demócrata en la Florida, un estado que será clave nuevamente para ganar la Casa Blanca en 2020. Si la Convención Demócrata terminara nominándolo en Wisconsin, el próximo julio, la carrera final por la presidencia sería una batalla de extremos, con un altísimo costo para la racionalidad política, la confianza ciudadana y la democracia estadounidense.

Este sábado en las primarias de Carolina del Sur y luego en el Super Tuesday del 3 de marzo se despejarán muchas incógnitas en torno a la nominación por el Partido Demócrata. Los resultados van a ser determinantes para esclarecer el horizonte electoral que nos aguarda en noviembre.

De cualquier forma, la suerte de Sanders está echada con Cuba. En el extremo de la insensatez. La verdad es la verdad.

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