Roberto "Cucurucho" Valdés, uno de los mejores pianistas cubanos Foto © Sergio Jesús Martínez

Cucurucho: La música cubana contaminó de buena onda los ritmos tristes de Estados Unidos

Roberto Carlos Rodríguez Valdés (Cucurucho Valdés). La Habana, 1977. De casta le viene al galgo podría pensarse del nieto de Bebo Valdés y sobrino de Mayra Caridad y Chucho. Músicos cubanos legendarios; pero Cucurucho es hijo de Miriam Valdés, una mujer que ha hecho de la música una exquisitez del alma y que exige a sus alumnos, empezando por su propio hijo, una entrega total al piano.

Miriam llenó la cabeza a Cucurucho con Bach, Lizst, Cervantes, Saumell y otros. Luego ya el voló solo y se sentó al piano de Mireya Escalante, la Charanga Habanera, Isaac Delgado y Paulito FG; hasta que Juan Formell lo llamó para que sustituyera a César "Pupy" Pedroso, y allí se quedó catorce años, pese a que, en el primer ensayo, se turbó con la guerra buena que armaron Los Van Van.

Conversar con Cucurucho implica hablar en tiempo de tumbao, de jazz y hasta de danzón porque sabe de música más que los ratones coloraos, aunque no lo parece, porque habla como toca, con elegancia, discreción y una sonrisa para esquivar el elogio, como el que le hizo Iramis Torres para gestionar esta entrevista.

En 2021 quiere venir a España para agradecer el cariño dispensado a su abuelo Bebo, que es una referencia perenne en él, desde que su madre leía las cartas y ponía sus discos en aquellas tardes habaneras de extravío y lágrimas, pero luego se recomponía y volvía a ser la maestra exigente y tierna que supo -desde que Cucurucho era un fiñe- que Dios había tocado la cabeza de su niño para que sus dedos acariciaran el piano como solo saben hacerlo los virtuosos, aún cuando descargan.

Cucurucho es tan Valdés como Mayra Caridad, Chucho y Bebo; pero ese capricho sonoro de improvisar mezclando a Thelonious con Lilí Martínez y a Peterson con Arsenio Rodríguez son cosas de Miriam, esa mulata cubana con oído absoluto y novia eterna de Federico Chopín.

¿Qué es el tumbao cubano?

El tumbao cubano es uno de los diseños más bonito porque es un contracanto que va acompañando al estribillo, al montuno, al son y la guaracha. El tumbao va contrapunteando y adornando -rítmica y melódicamente- a géneros que son compatibles, los ya citados y también el chachachá, el nengón, el changüí. Creo que en el nengón está el origen del tumbao cubano.

Pero hay que tener en cuenta que el nengón es hijo de ritmos franco-haitianos, que llegaron al oriente de Cuba desde la isla vecina y luego el tumbao fue evolucionando hasta llegar al piano, gracias a maestros como Antonio María Romeu, luego viene Arsenio Rodríguez con Rubén González, que fue su primer pianista; pero el que le puso la tapa al pomo fue el pianista guantanamero Lilí Martínez porque tenía una formación clásica, como mostró en su dominio de las obras de Ignacio Cervantes y Manuel Saumell.

Cervantes y Saumell inauguran el nacionalismo musical cubano, pero cuando los escuchamos, vemos que ambos incluían su pequeño tumbao en sus danzas y contradanzas, respectivamente.

La música cubana y el tumbao van unidos, pero el tumbao nos identifica como músicos de Cuba. No solo a los pianistas, sino a a los treseros y laudistas, porque les permite jugar con nuestros ritmos.

¿Tú provienes de una saga legendaria, una rama de los Valdés, donde hay dos ceibas frondosas, tu abuelo Bebo y tu tío Chucho. Pero quiero que cuentes de tu mamá, Miriam, que es una de los mejores maestras de piano de Cuba, aunque con menor proyección pública.

Miriam Valdés, madre de Cucurucho y una de las mejores profesoras de piano de Cuba / Foto: Cortesía

Miriam Valdés es mi luz, mis manos y mi alma porque ha sido mi mejor guía espiritual y musical... soy el resultado de mi madre y no lo digo solo musicalmente, sino también como hombre, hijo, padre y nieto.

Curiosamente, en la escuela musical mi primera maestra no fue ella, sino Norka Fajardo, en el nivel Elemental; pero mami me preparaba en casa. Fíjate si Miriam Valdés es grande que me he encontrado con saxofonistas cubanos en Europa que se ganan la vida tocando el piano, gracias a las clases complementarias que recibieron de mami, y todos ellos ponderan su maestría.

Ella me dice siempre que el piano es el piano, nada complementario y que tenía que aprender a tocar bien el piano porque ella sabía que mi destino era ser pianista cubano. Mami es la única de la familia con oído absoluto, ni tío Chucho ni tía Mayra, que en paz descanse, mi mamá, que transcribía para mí el piano de Chucho con un casete de Irakere que mi tío le daba y así me preparaba para concursos.

Si no tocas un buen Chopin, un buen Liszt no puedes ser un buen pianista, pero mami es el génesis de la capacidad musical y de tocar que tengo porque ella siempre defiende lo clásico como base de la música excelsa. 

Mi mamá tuvo que interrumpir sus estudios musicales por su embarazo, así que cuando los retomó, yo tendría dos o tres años y ahí empecé a oírla tocar Preludio y fuga, sonatas, Chopin; en casa siempre se ha oído mucho Chopin porque mi mamá admira al genio romántico. Y en mi música, claro, hay cosas de mi mamá y de Chopin también.

Recuerdo que mami me inculcó también la música de mi abuelo Bebo poniendo, por las tardes, los discos "Sabor de Cuba" y de Everardo Ordaz, otro gran pianista cubano. Cuando mi abuelo se va de Cuba, mi mamá tenía cuatro o cinco años y yo recuerdo que ella leía sus cartas, ponía su música y le corrían las lágrimas.

Ya luego, cuando Irakere, también escuchábamos a Chucho; pero a Bebo siempre. Siempre fue Bebo y eso -creo- ha hecho que mi pianística se acercara a la de mi abuelo.Y esa influencia la agradezco a mi madre que me ponía su música, recuerdo un casete llamado "Cumbanchero", que ella me hacía escuchar porque es música cubana pura.

Hay gente que toca "Cumbanchero" y se va por lo americano, pero aquel casete era cubano puro, sin intromisión extranjera; y fíjate que mi abuelo tenía en cuenta la armonía norteamericana en sus composiciones, pero era tan cubano que el equilibrio era precioso. Un oído no experto no detectaría esa influencia americana.

Si tú revisas las orquestaciones de mi abuelo para Nat King Cole oirás elementos del jazz, del gospel, del bing band, y cuando oyes a Bebo ves que ya traía la influencia de Thelonious Monk y Oscar Peterson y que su obra la engrandecía tocando a lo cubano, pero con esas huellas, que enriquecen al oyente.

¿Qué te aportó a tu carrera musical tu paso por los Van Van?

Los Van Van es la banda a la que cualquier muchacho que estudia música quiere llegar. Y yo empecé de jovencito, con 16 años y he tocado y grabado con las principales orquestas de Cuba, pero nunca pensé dar ese salto tan importante que es ser pianista de Los Van Van.

El primer reto fue sustituir a un pianista como César Pedroso que es un genio de la música cubana y un genio tocando el piano por su manera de ser virtuoso es singular; como su padre, "El Nene", llenando sus tumbaos de estilo polifónicos y de nengón.

Imagínate lo que fue para mí aquello. Me cayó arriba un 20 de mayo cuando tuve que asumir el reto de suplir a Pupy y choqué con esa banda, la primera vez que ensayé con ellos me senté al piano y lo que sentí detrás de mí fue una guerra con todos los hierros, que bien sonaban.

También está la obra de Juanito (Formell) que tiene obras maestras y tuve que chocar con el songo, con el estilo trovadoresco de Van Van y eso me obligó a quitarme el chip que traía y ponerme el chip de la banda para que el piano convergiera con todo eso.

Los Van Van son otro universo, pero es una experiencia humana imborrable. Sentí la ayuda de sus cantantes, de Formell, de Boris Luna, entrañable amigo y dupla en el teclado, los trombones. Y ver a Pupy a mi lado, ayudándome y que me decía: Mira, Cucurucho, yo pienso que aquí va esto...

Otro valor de esa gran orquesta es la amistad, que viví y sentí desde el primer momento, y eso que yo estaba preocupado por si no daba la talla, pero yo venía formándome de pequeño y ellos sabían que podía darles lo mejor de mí; pero les agradezco su confianza y la seguridad musical que gané en los años en que fui su pianista, en los que, además de tocar, estudié la obra de Pupy, incluidas piezas inéditas y a estudiar el songo; que me permitieron mejorar el diálogo del piano con el bajo.

Y luego tuve la oportunidad de tocar con Van Van en escenarios donde conocí a Whitney Houston, Marc Anthony, Lionel Richard, Tito Puente, Rubén Blades, Steve Wonder.

Tampoco olvidaré el concierto que hicimos en Estados Unidos, recién derribadas las Torres Gemelas, con aquel disco que fue grandioso: Permiso, que llegó Van Van. Ellos son también mi familia y lo saben porque les rindo tributo con mi tema "Pa Juan".

Tata Güines me dijo una vez que los cubanos, con sus metales, habían librado al jazz de la melancolía de los negros norteamericanos. ¿Compartes esa visión?

La música cubana contaminó de buena onda los ritmos tristes del sur de Estados Unidos. "Manteca", de Chano Pozo y Dizzie Gillespie dio alegría al jazz. Pero se trata de dos géneros tan genuinos que, cuando se encontraron, decidieron andar juntos.

Y si te fijas, los cubanos crearon "la descarga", quedándose a tocar después de acabar el show de Tropicana, ahí empezó la descarga, que luego Bebo Valdés y Ray Barretto hicieron disco y luego llegaron Frank Emilio y Emiliano Salvador, entre otros muchos.

Cucurucho con su abuelo Bebo Valdés / Foto: Cortesía

Pero en la música cubana no todo es alegría, también hay tristeza en las obras de María Teresa Vera, Manuel Corona y Sindo Garay, por ejemplo; y hay acordes del jazz que son preciosos. La cercanía geográfica facilitó aquel encuentro en los años 40 y 50 y recuerda el impacto de Arsenio Rodríguez en Estados Unidos, fue enorme.

El jazz y la música cubana siguen juntos desde entonces y seguirán dando que hacer.

Cucurucho Valdés / Foto: Cortesía

Supón que los lectores de CiberCuba quieren ir a un concierto o una descarga tuya, ¿qué se van a encontrar?

Variedad de música cubana buena, aunque también algún tema de compositores extranjeros. Depende un poco del público, pero tampoco es una regla estricta porque he visto reaccionar bien a los espectadores suizos con un danzón, en el mítico teatro La Alhambra, de Ginebra.

Toco el tema "Lamento cubano", de Eliseo Grenet, acompañado del bajo. Me gusta tocar los temas de forma transparente, desnudos. Pero tus lectores encontrarán, básicamente, música cubana en un tono contemporáneo y exquisito. Que nadie se lo tome como una inmodestia, es que así me lo puso mi mamá al oído.

Así que tus lectores van a encontrar el piano cubano con varias caras.

Una vez que se reabran fronteras y escenarios, ¿a dónde tenemos que ir para oírte y a dónde irás tú a tocar?

Para escuchar mi música solo hace falta cruzar la frontera en Ipod; pero en serio, en 2021 tengo una gira por Europa. que incluye Suiza y aún estamos cerrando otros escenarios; pero yo estoy pidiendo ir a España para dejarles mi sabor con piano, para agradecerles el cariño que dispensó a mi abuelo Bebo. Yo me siento en deuda con España por la manera en que acogió a mi abuelo, que se sintió allí como si fuera su segunda patria.

Y mientras converso contigo, me estoy preparando para irme a grabar un disco con el gran percusionista cubano Enrique Lazaga (El Rey del Güiro), en el Museo de Bellas Artes de La Habana, donde vamos a hacer algo curioso: Un disco que solo tiene cajón, güiro y piano; pero tu verás que bien sonará. Somos varios pianistas cubanos los que participamos en ese proyecto.

¿Por qué Cucurucho? 

Así me bautizó el público en el teatro Mella, en mi concierto debut con La Charanga Habanera, la primera orquesta profesional en la que toqué. Necesitaba aprenderme bien los temas, de modo que me puse a ensayar con el maestro Sergio David Calzado, y me salté el horario de almuerzo.

La presentación era a las cuatro de la tarde en el Teatro Mella, y solo me dio tiempo para buscar unos maníes. Me los puse en el bolsillo de atrás del pantalón y lo olvidé. Pero La Charanga es una orquesta espectáculo, que prepara su show, en el cual todos deben salir a bailar, y el pianista no se escapa. Llegado el momento, me puse frente al público y cuando me viré, allí estaban los “compañeros”.

La gente rompió a reír y a señalarme. A partir de ahí dejé de llamarme Roberto Carlos Rodríguez Valdés para convertirme en Cucurucho Valdés.

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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