Mariela Castro y Fidel Castro Foto © Collage CiberCuba

Un error histórico de Mariela Castro y otros disparates reciclados sobre el Moncada

Al filo de otro aniversario del nacimiento de ese fenómeno histórico denominado revolución cubana, retornó al ruedo de las redes sociales una bola de trapo podrido sobre la participación de Fidel Castro en el ataque al Cuartel Moncada, mientras su sobrina Mariela Castro atizaba el alboroto con un tuit por su cumpleaños.

“Hoy es mi cumpleaños y sigo leyendo sobre el #Moncada. Un día como hoy mi padre escuchaba, impotente y desvalido, los disparos que asesinaron a sus compañeros”, escribió la directora del CENESEX en Twitter.

Mariela nació el 27 de julio de 1962, pero el 27 de julio de 1953 Raúl Castro no pudo escuchar los disparos de las ejecuciones dentro del cuartel. Al amanecer andaba ya por Dos Caminos, a unos 30 kilómetros de Santiago de Cuba, después de pasar la noche del 26 en un cañaveral. 

Ese mismo día, Raúl fue apresado por una patrulla y conducido al puesto de la Guardia Rural en San Luis, a 7 kilómetros de Dos Caminos. Ni siquiera pudo escuchar los disparos que asesinaron a sus compañeros el 26 de julio, porque al comenzar la matanza de prisioneros en el cuartel Moncada ya estaba bien lejos caminando rumbo norte siguiendo la línea del ferrocarril.

Acción del Palacio de Justicia

Fidel Castro planificó el ataque al Moncada con un grupo principal bajo su mando, que atacaría por la Posta 3 del cuartel, y dos grupos de apoyo comandados por Abel Santamaría y Léster Rodríguez. Este último se reducía a seis hombres y su misión era ocupar el Palacio de Justicia y abrir fuego desde allí por el flanco de las barracas de la instalación militar que daba al Club de Oficiales. El grupo de Abel se apostaría en el Hospital Civil y como tenía mejor posición frente a las barracas contaba con el triple de efectivos.

El grupo de Léster llegó al Palacio de Justicia en un Chevrolet 1948 que conducía Mario Dalmau. Los demás eran Raúl, Ángel Sánchez, José Ramón Martínez y Abelardo García. Léster había explorado previamente el edificio, pero no revisó a la azotea, que era precisamente el lugar desde donde abrirían fuego contra el cuartel. Al llegar a ella se toparon con que el muro era tan alto que impedía disparar sin subirse a él.

Alguien bajó, hizo fuego desde una ventana y provocó que los militares emplazaran una ametralladora Browning M2 calibre 50 en el techo del Club de Oficiales, que dio respuesta demoledora. Además de percatarse por esto de que tenían que irse, todos se dieron cuenta de que el grupo de Fidel se estaba retirando y siguieron la rima. Léster marchó a casa de sus padres en Santiago de Cuba y los demás salieron espantados en el auto de Dalmau excepto Raúl, quien se había dejado la ropa de civil debajo del uniforme militar y luego de quitárselo enrumbó por la línea del ferrocarril. Sólo él sería capturado.

Guataquería historiográfica

Un pasaje de La Historia me absolverá (1954) reza que “Raúl Castro, con 10 hombres, ocupó el Palacio de Justicia”. Así camufló Fidel los hechos para no delatar al santiaguero Léster Rodríguez, quien había escapado a la persecución sin haber sido identificado como asaltante. 

Por idéntica razón, Fidel Castro declaró también en la primera sesión del juicio del Moncada que Renato Guitart, caído en combate, era el único santiaguero que pertenecía a su movimiento antibatistiano aún sin nombre. Sin embargo, muchos historiadores reconocidos, entre ellos el doctor Eusebio Leal, repican acríticamente que Raúl era el jefe del grupo que ocupó el Palacio de Justicia.

El Historiador de La Habana llegaría al colmo de la genuflexión aseverando que “el único que alcanzó su objetivo en el Moncada fue Raúl. Esa es la verdad. Fue el único que pudo cumplir la misión: desarmar, aprisionar, apoderarse del lugar donde debía estar”. 

Esa no era la misión, que consistía en abrir fuego desde allí para apoyar al grupo de Fidel. Solo Abel cumplió su misión, ya que sus hombres mantuvieron el fuego al extremo de no poder retirarse. Todos serían asesinados excepto Ramón Pez Ferro, a quien el paciente Tomás Sánchez, viejo militar retirado, salvó la vida declarando a las autoridades que era su nieto y estaba allí de visita.

En el puesto de la Guardia Rural de San Luis, el teniente Vicente Camps Ruiz interrogó a Raúl, quien se presentó como Ramón González, hermano del líder del partido batistiano en Marcané, cerca de Birán, pero se tornó muy sospechoso porque no portaba ninguna identificación y dijo que venía de los carnavales de Santiago. No cupo en la cabeza del teniente que regresara a pie.

Camps Ruiz ordenó entonces que se desvistiera para ver si tenía alguna herida o marcas de culata de fusil en los hombros. Notó que no era hombre de campo, porque usaba calzoncillos atléticos. Al comprobarse por teléfono que no era el tal González, Raúl cedió y el testimonio excepcional de Camps Ruiz pone en entredicho al historiador Leal: “El apellido me sonó y le pregunté si era familia de Fidel Castro, y me dijo: ‘Sí, yo soy su hermano’. Entonces, ¿tú eres uno de los que atacó el cuartel Moncada? Me confesó su participación [en el] Palacio de Justicia”.

¿Y Fidel dónde estaba?

Sin la menor verificación histórica, resurge ahora la versión de que Fidel Castro no llegó al Moncada, lo cual contradice los testimonios de participantes en la acción que luego serían conocidos opositores y víctimas  del régimen cubano.

Pues Fidel Castro salió de la Granjita Siboney rumbo al Moncada en el quinto vehículo —un Buick— de la caravana de dieciséis. Los dos primeros —un Oldsmobile y un Chevrolet— transportaban al grupo de Abel hacia el Hospital Civil, el tercero era el Chevrolet de Dalmau y el cuarto, el Mercury de Renato Guitart, que manejaba Pedro Marrero y llevaba al comando de vanguardia que debía tomar la Posta 3.

Detrás del Buick que conducía el propio Castro venía el Dodge de Fernando Chenard. Resulta que con Castro iba Gustavo Arcos y con Chenard, Mario Chanes de Armas. Ambos terminaron revirándose contra Castro, pero siempre atestiguaron que Castro no solo llegó al cuartel, sino que se desmontó a combatir. 

Otros moncadistas que acabaron exiliándose, como Eduardo Montano y Gerardo Granados, dieron igual testimonio y vieron a Castro en medio de la calle con una pistola Luger en la mano. Y otro exiliado más, Moisés “El Moro” Mafut, vino de retirada en el mismo Studebaker que abordó Fidel al dar la orden.

Nadie se perdió en la ruta

Castro expuso en La Historia me absolverá que "la mitad del grueso de nuestras fuerzas y la mejor armada, por un error lamentable, se extravió a la entrada de la ciudad y nos faltó en el momento decisivo (…) Tomó por una calle equivocada y se desvió por completo dentro de una ciudad que no conocían”. 

Así se diluyó una deserción embarazosa. Ernesto Tizol, cuadro dirigente del Comité Militar del movimiento de Castro, conducía el séptimo vehículo de la caravana y dobló por Avenida Las Américas en vez de continuar por Avenida Victoriano Garzón hacia el Moncada. Casi todos los autos que venían detrás siguieron la rima. 

La ruta al Moncada era intuitiva y el lugarteniente de Castro para el ataque al cuartel de Bayamo, Raúl Martínez-Ararás, cuñado de Tizol, aclaró que no cabía equivocación. Tizol había negociado el arriendo de la Granjita Siboney —punto de partida de la caravana de 16 autos de los asaltantes— con el propietario José Vázquez-Rojas. Con ese propósito fue dos o tres veces a una gasolinera en la Avenida Garzón que Vázquez Rojas también poseía. 

Por eso Tizol sabía bien que, para ir al cuartel Moncada desde la Granjita Siboney, tenía que pasar por frente a esa gasolinera, ubicada más allá de la intersección de Avenida Garzón con Avenida de las Américas.

Tizol y los extraviados andaban por Alturas de Quintero cuando escucharon el tiroteo. Boris Luis Santa Coloma, Oscar Alcalde y otros regresaron, pero Oscar Quintela y otros optaron por no correr al combate. Tizol se deshizo del uniforme y del arma para tomar un ómnibus rumbo a Holguín, donde vivían sus padres.

El equívoco proviene de una pifia de Fulgencio Batista en su libro Cuba Betrayed (Nueva York: Vantage Press, 1962), donde afirmaba sin fundamento que Fidel Castro no estuvo “en la trágica escena del combate”.

Pero tanto el dislate de Mariela Castro como la tergiversación repetida ahora sobre su tío en tiempos de redes sociales y memes son patas de la misma mesa de engaños históricos que los cubanos tenemos que quitarnos de encima de una vez. No hay que apelar a una sola falsedad para desmontar el nefasto legado de Fidel Castro. 

Con tantos palos que nos ha dado el castrismo es triste ver a estas alturas del juego a quienes tratan de mitigar la frustración nacional cambiando desvergonzadamente la Historia, de espaldas a los hechos verificables y al sentido común.  Porque resulta un consuelo estéril. 

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Arnaldo M. Fernández

Abogado y periodista cubano. Miembro del grupo Cuba Demanda en Miami.

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