Vergüenza

Estados Unidos se comportaba como el hermano mayor que obligaba a los políticos cubanos a respetar las reglas del juego y ver en la transferencia pacífica del poder uno de los pilares del sistema democrático; un sistema que sabemos es frágil.

Capitolio de Estados Unidos y de Cuba Foto © Ivan PC/ Flickr y CiberCuba

Últimamente a mí me ha dado por leer viejas revistas y otros materiales de los primeros años de la República de Cuba. Esas lecturas me han dado sentimientos contradictorios de orgullo y vergüenza.

He sentido orgullo por el progreso que mostraba una nueva nación que, tras salir de una horrible guerra, daba pasos gigantescos en el aumento del bienestar.

La vergüenza la he sentido por los manejos políticos. Y no tanto por la corrupción, de la que el régimen castrista siempre hablaba para caracterizar esa época, sino del poco respeto que muchas de aquellas figuras mostraban en muchas ocasiones por el proceso democrático. Hombres que habían dedicado su vida a luchar por una república, arriesgando su vida y su libertad para lograrla, la ponían constantemente en peligro una vez en el poder. Así teníamos políticos que intentaban salir reelegidos a toda costa y otros que, si perdían, acusaban al proceso de fraudulento lo que llevaba, una vez tras otra, a encuentros violentos o intentos de estos. La situación era realmente un asco.

Había, por suerte, una fuerza que impedía que llegara a mayores consecuencias: Estados Unidos. Aunque por una cuestión de orgullo nacional no me gustara el hecho de que pudieran meterse en Cuba o de que hubiese fuerzas que abogaran por la anexión y que esa amenaza estuviera sobrevolando la soberanía cubana por décadas, no es menos cierto que Estados Unidos se comportaba como el hermano mayor que obligaba a los políticos cubanos a respetar las reglas del juego y ver en la transferencia pacífica del poder uno de los pilares del sistema democrático; un sistema que sabemos es frágil.

Ahora desgraciadamente veo algo parecido pasar en los propios Estados Unidos, algo que nunca pensé que pasaría.

Ya hace cuatro años a mí me preocupó la llegada de Trump al poder, no por sus ideas políticas, que no me importan, sino por su actitud de irrespeto a las reglas del juego democrático y su forma de manipular a las masas con populismo clásico. Es el tipo de populismo que llevó a los alemanes a invadir a Europa, que llevó a los serbios a matar bosnios, o que llevaba a los cubanos a gritar “¡paredón, paredón!” durante los discursos de un líder.

Yo he detestado a Trump durante toda su presidencia pero fundamentalmente durante el último año de la campaña electoral, donde ha puesto en duda la legalidad del proceso electoral en todo momento. Esto se ha exacerbado tras su pérdida de las elecciones y ha resultado en los tristes eventos de hoy. Esos eventos yo espero que terminen rápidamente y que no se repitan.

Pero la herida al sistema democrático norteamericano ya está hecha. Millones de americanos han dejado de creer en el sistema que tenían y eso se va a sentir en el país en los años por venir y no sé qué tipos de consecuencias podrá tener.

Por lo pronto tendrá también consecuencias en otras partes del mundo, en tiempos en que el sistema de democracia occidental está siendo atacado por tantos lados. Y desgraciadamente yo creo que también tendrá efectos negativos en la llegada y permanencia de un sistema democrático en Cuba. Pues a una democracia, a una república no solo se llega, también hay que conservarla y respetarla.

Hacer otra cosa es una vergüenza.

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