Mejor regrese a España

Se lo dijeron a Carolina Barrero, a Tania Bruguera, y se lo dicen a todo el que les toca las narices porque odian lo que estas cubanas han llegado a conocer afuera y comprender de adentro

Carolina Barrero y dibujo de José Martí Foto © Facebook / Carolina Barrero

Se lo dijeron a Carolina Barrero y se lo dicen a todo el que les toca las narices. Se lo dijeron a Tania Bruguera y se lo dicen a todo el que desafía su ilegítimo poder y el proyecto totalitario con que pretenden conservarlo. Lo dicen los que se creen dueños de Cuba a todo el que no consideran cubano, al que rehízo su vida en el exilio.

El diccionario define exilio como: Separación de una persona de la tierra en que vive. Expatriación, generalmente por motivos políticos. Efecto de estar exiliada una persona. Lugar en que vive el exiliado. Conjunto de personas exiliadas.

El exilio, según la definición de la Real Academia Española, es una pesadilla para el régimen cubano. La separación de los cubanos de su tierra fue y sigue siendo en muchos casos dolorosa. Ya sea huyendo o buscando: construir una vida fuera de tu entorno suele costar lo suyo, en tiempo y aprendizaje. No hablemos de perder los derechos (que habló el mudo lo que pudo), sino de perder el contacto con la familia, los amigos, con “la patria sonora de los frutos”, que diría el poeta exiliado Gastón Baquero.

Opositor o deportista, disidente o emigrante, artista o traficante: los motivos particulares confluyen todos hacia el cauce político que desemboca en el exilio, en la expatriación forzosa por la vía de los hechos. Al que huyó de la represión de la dictadura que denunció y al que huyó de la vigilancia del equipo de pelota, los iguala la búsqueda común de libertad. Sea cívica o económica, es política, si de libertad estamos hablando. Entonces, el exilio de la mayoría de los cubanos tiene motivos políticos, aunque le llamen emigración, diáspora o gusanera.

Y tiene efectos. Dejar atrás amigos y familia tiene efectos. Buenos y malos, separarte de tu ciudad tiene efectos. Puedes vivir en la nostalgia de la fratría o descubrir la ganancia de la polis, pero el exilio cubano mayoritario ha experimentado el poder de una residencia legal o una ciudadanía extranjera. En mayor o menor medida, los cubanos exiliados han adquirido la conciencia de los derechos, han vivido en democracias más o menos imperfectas, han asimilado otros valores, han conocido el pluralismo de ideas y han trasegado con las libertades.

El rencor, la nostalgia y otros sentimientos mueven mucho el ajiaco nacional. Pero la conciencia de “ser ciudadano” –esa lucidez política común en cubanos de dentro y fuera de la isla– se construye, en el caso de los exiliados, mediante sus vivencias en una realidad tangible, mediante el ejercicio de unos derechos que los amparan como ciudadanos en tierras extranjeras.

Muchos cubanos pueden forjarse la idea de unos derechos inherentes a una ciudadanía mediante una búsqueda intelectual o una poderosa intuición del civismo y el imperio de la ley; pero es el exilio cubano el que ha tenido la oportunidad de interactuar en una realidad política diferente, con otras reglas de juego, mayoritariamente abiertas y participativas. El exiliado cubano conoce, pero también ha instrumentalizado el poder de ser ciudadano, el verdadero poder. Ese ingrediente, ese efecto del exilio dará fundamento al futuro pacto de convivencia.

El exilio como “el sitio en que tan bien se está”, que diría el insiliado poeta Eliseo Diego. El lugar en que vive el exiliado es “el sitio donde gustamos las costumbres, las distracciones y demoras de la suerte,…  si alguien pregunta díganle aquí no pasa nada, no es más que la vida…”.

Una vida en la cual la mayoría de los exiliados cubanos han gustado otras costumbres, como tener derechos, vivir en libertad y con responsabilidad, elegir sus gobernantes o conocer el valor del dinero. Ya sea Miami, Cape Town o Madrid el lugar donde vive el exiliado, este conoce “las heces, los enlodados fondos y las márgenes, las volutas del humo, su demorada filtración giro por giro hasta llenar el aire…”. Sí, aquí no pasa nada, no es más que la vida; pero una vida que –ya sea plena, exitosa, enajenada o deprimente– deja espacio al individuo, a su diversidad.

¿Y qué decir de la acepción de exilio como “conjunto de personas exiliadas”? La emigración, la diáspora, la gusanera, todas las personas que no tienen vínculos con el régimen, incluso los “gusañeros” que salpican las embajadas con su abigarrada simulación; todos los que se fueron, se quedaron, traicionaron, no volvieron, escaparon, cruzaron el charco o bebieron la cocacola del olvido, todos conforman lo que viene a llamarse el “exilio cubano”.

Esa acepción de exilio como conjunto de individuos que conocen otra realidad, que llevan dentro el dolor de la separación o la injusticia de la expatriación; ese exilio es una pesadilla para el régimen cubano. Ese conjunto de cubanos ausentes, poseedores del conocimiento de las causas y los efectos de su destierro, y que llevan la patria en sus pulmones aunque respiren en Montevideo o Berlín; ese exilio es una pesadilla que se enreda cada día más, delante y detrás de los párpados de un régimen que ha maltratado y despojado a millones de cubanos.

Porque el exilio cubano cobra cada día mayor relieve en el territorio nacional; o dicho de otra forma: los exiliados cubanos determinan cada vez más en los acontecimientos que definen la realidad y el camino de Cuba. Porque aportan más de un tercio de los ingresos de la economía del país, porque interactúan de manera creciente con sus compatriotas, porque las redes aglutinan voluntades de dentro y fuera, porque conocen la democracia, la libertad, los derechos; por todo ello, el régimen cubano les teme.

Por eso la Seguridad del Estado le dice a Tania Bruguera que mejor se vaya a dar clases por el mundo. Por eso el capitán Gustavo le dice a Carolina Barrero que “mejor regrese a España”, no sea que la regulen y le prohíban luego salir. Por eso, porque le temen a los exiliados, porque odian lo que estos han llegado a conocer afuera y comprender de adentro, porque necesitan su riqueza (la que ellos no han sabido crear) pero detestan su libertad, que no dependan de ellos, no poderlos controlar.

Por eso, porque entran en pánico de pensar qué puede llegar a hacer el exilio cubano. Porque saben el poder de transformación que tienen estos actores, y porque es más que evidente que ellos no pueden hacer el cambio que demanda la sociedad cubana. Por eso no quieren a los exiliados ni a repatriados díscolos. No sea que se empiecen a comportar y a exigir que se les trate como a ciudadanos libres. 

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Ivan Leon

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y Relaciones Internacionales por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en Relaciones Internacionales E Integración Europea por la UAB.

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