Tahimí Alvariño Foto © Instagram de la artista - Mónica Moltó

Tahimí Alvariño: “Uno no puede ir por la vida haciendo daño y serruchando piso”

Tahimí Alvariño se crió yendo de un estudio de radio y televisión a otro. No había quién la cuidara en la casa. Tenía que desandar con mamá, abuela o abuelo ese mundo que se movía en torno a las cámaras y los micrófonos. Allí terminó haciéndose estrella, por más que pensara en ser cirujana.  

Yo no llegaba a los diez años cuando la vi en la pequeña pantalla por primera vez y jamás se me olvidó la intensidad con que sus ojos azules adornaban la escena. Parecía que taladraban. Hoy me confiesa que la fama nunca le ha hecho creerse mejor que nadie, “sino agradecer con humildad infinita todas las muestras de cariño que recibes cuando eres conocido”.

Al rozar los 52 abriles, Tahimí se define como una mujer alegre, agradecida y familiar. En ese “familiar”, afirma la popular actriz, se incluye lo de “amiguera” porque para ser feliz no le pueden faltar su familia, la Luna y esos amigos a los que convida a reunirse cada vez que puede. “Esas son de las cosas que más me llenan de vida. Hacer almuerzos, bebidas para brindar, conversar. Soy una relacionista pública por excelencia, lo mío es meter ‘muela’ como decimos en buen cubano. Claro, donde me sienta bien”.

Tras permanecer una década en Colombia, la hija de Coralita Veloz ha estado de todo menos desocupada en la isla, tanto, que ahora mismo está “esperando estrenos”. Según comenta en exclusiva esta artista que practica yoga y hace meditación trascendental porque cree en la Cábala, en marzo “si es que el coronavirus nos deja” debe salir el corto Las polacas, “en el que mi madre y yo hacemos de madre e hija y que escribió Carlos Barba, un grandísimo amigo de la familia”.

Del mismo modo, acaba de rodar un corto con Eduardo del Llano, que interpreta junto a Luis Alberto García y está en proceso de edición, y un cuento para la televisión. En breve, además, se estrenarán las series Promesas y Rompiendo el silencio, grabada hace alrededor de un año y dirigida por Rolando Chiong. “Ambas cuentan historias monotemáticas”.

Foto: Mónica Moltó
Estilista: Rachel Dalmau

-Una vez que decidiste que querías ser actriz, ¿pensaste que el camino sería más sencillo?

Cuando empecé nunca pensé en el camino. No pensé en nada. Mi primer trabajo de actuación fue en Frontera del deber y lo hice porque se apareció el actor Manuel Porto en la puerta de mi casa cuando yo estudiaba en el pre con los libretos en la mano diciendo que quería que yo hiciera de su hija en la serie. En esa época yo no esperaba ser actriz. Aquel papel me entusiasmó como una experiencia y lo hice sin mucha conciencia. Pero ya casi al finalizar el pre sabía que lo que quería era actuación. Hice las pruebas para entrar al Instituto Superior de Arte y no me aprobaron. Ahí vino el primer No en esta carrera en la que hay muchos Sí, pero también muchos No. Fue mi primera frustración. Luego me presenté al casting de una serie en la que mi mamá era la madre de la protagonista, cuyo papel me dieron a mí. Llegué entusiasmada a mi casa, pero todos se aterraron porque yo no había hecho nunca nada así y entrar con un rol tan grande era un reto. Se asustaron, pero le puse todas mis ganas. A la vez que eso salió al aire, el camino se fue abriendo y me fueron llamando para otros trabajos. Ahora, con más de 35 años de carrera artística, tampoco pienso en el camino, sino en los personajes.

- ¿Ha sido más una responsabilidad o una facilidad el ser descendiente de una familia ilustre de la cultura cubana?

Siempre digo que mi familia es una bendición. Vivo orgullosa de venir de dónde vengo, pero nosotros tenemos algo orgánico, que no es impuesto: nos ayudamos mutuamente, pero no movemos ninguna ficha para que le suceda algo al otro. No entra en nuestros parámetros eso de usar a nadie en la familia para que te den un personaje. Ahora, si ya te lo dieron, pedimos ayuda si hace falta para construirlo. En mi familia todos hemos amado el trabajo que hacemos, el arte. Más que una responsabilidad con la familia la tenemos con cada uno de nosotros para a cada cosa que hagamos entregarle el corazón, horas de trabajo, de estudio.

- ¿Qué por ciento del éxito crees que se deba al talento y cuál a la constancia?

Creo que el éxito radica primero en el talento. La constancia es parte de la responsabilidad y la disciplina en horarios, estudios, entrega... Eso sí, puedes tener mucho talento, pero si no eres responsable y disciplinado, no llegas lejos. Insisto en que es una carrera con muchas barreras, en la que quieres hacer cosas que no se dan y tienes que saber lidiar con eso. Sería muy fácil tirar la toalla ante los inconvenientes. Pero hay que creer en uno y confiar en que hoy se cierra una puerta, pero mañana se abren miles.

- ¿Qué papel del cine, la televisión o el teatro te hubiera gustado interpretar, siendo otra actriz en otra época?

Los mismos que interpretaría ahora. No tengo un personaje definido para hacer. Me gustan los personajes que me reten, que salgan de lo que soy yo, que estén muy lejos de mi vida y que por eso me lleven horas de preparación. Le dedico mucho tiempo a construir el personaje y las ideas llegan en el momento más inesperado. A veces hasta en una fiesta o cocinando se me ocurre algo y tengo que salir corriendo a anotarlo para que no se me olvide. Voy anotando, anotando, anotando hasta que lo completo. Eso es lo que me gusta y me gustará hacer porque creo que en la otra vida también vendré de actriz.

-Después de tantos años de experiencia, ¿todavía te desvelas enriqueciendo un personaje?

Yo me desvelo siempre. Te lo digo y me erizo. Me entrego completamente. Estoy constantemente, despierta y dormida, trabajando en el personaje. En ocasiones me despierto porque llegan ideas de madrugada y otras me despierto de preocupación por cómo saldrá. Me desvela el susto de hacerlo, que es lo rico, ¿no? Esa adrenalina que corre por darle vida al personaje. Creo que es parte del proceso del actor, las ganas de hacer. Ya cuando llega el momento uno le va con todo ese desvelo acumulado.

-Si te dieran a escoger ahora mismo tu próximo papel, ¿qué preferirías encarnar: una villana vengativa o una dulce doncella?

Doncella no, ya hice las que me tocaron. Casi siempre mis personajes han sido temperamentales, han tenido vida, circunstancias que me han permitido no estar encasillada llorando. La malvadísima es la que prefiero. En Colombia en la telenovela La luz de mis ojos tuve la oportunidad de hacer una que fue la peor de todas, un personaje que se llamaba Delfina. Era extremadamente mala y yo la disfruté cantidad. Yo decía que así exorcizaba mis demonios, les daba rienda suelta.

Foto: Mónica Moltó
Estilista: Rachel Dalmau

- ¿Cuán distinto fue actuar en Colombia de hacerlo en Cuba?

Colombia es una década muy importante de mi vida. Fui a trabajar por tres meses y estuve diez años viviendo allí. Allá nació mi hijo Diego y tengo grandes amigos. Tengo una relación emocional, afectiva, con esa tierra. Tenía un nombre en Cuba, pero allí nadie me conocía. Le debo muchas cosas porque tuve que empezar de cero y eso es algo bueno. Comenzar donde nadie te conoce es ponerte a prueba. Fue un gran entrenamiento para mi carrera y para mí en lo personal. Allí hice grandes personajes, trabajos que me gustaron mucho: hice cine con Sergio Cabrera, hice de villana en algunas novelas, etc. En Colombia hay muy buenos profesionales: el equipo técnico y los actores son maravillosos. Se trabaja con mucho rigor y uno se extenúa porque son muchas horas diarias, pero es una gran escuela de profesionalismo, de entrega, para batirte y darte cuenta de que puedes explorar otros horizontes. Yo regresé a Cuba, pero siempre con la puerta de Colombia abierta. De hecho, he vuelto allá a grabar y regreso. Es mi segunda casa.  

- ¿Qué es lo más difícil en la vida de un actor?

En la actuación no hay nada fácil, aunque hay personajes que llevan mucho más trabajo que otros. Por ejemplo, yo en De amores y esperanzas hice una ciega y tuve que ponerme a trabajar fuertemente en la Asociación Nacional de Ciegos e Invidentes con una chica que era como un patrón y otra que me daba las clases de bastón para saber cómo usarlo. En la novela Al compás del son encarné a una alcohólica, drogadicta y víctima de su esposo, que la golpeaba, y hacerlo fue un reto. En Colombia tenía que hacer acentos costeños que son similares al cubano, pero tienen otra construcción gramatical, palabras y cantaditos. En el corto de Eduardo del Llano hago una guajira, que también tiene otra manera de hablar. Eso es lo que pone a uno a sudar, lo rico de la actuación: darle vida a una persona que nada tiene que ver contigo. Como dice el dicho, es lo que se sufre, pero se goza.  

- ¿En qué cree Tahimí Alvariño?

Ayayayayaya! Yo creo en muchas cosas. Creo en las energías y me guío mucho por la astrología; no en la que sale en las revistas del corazón sino en la ciencia, en el estudio de los planetas y de cómo sus comportamientos influyen en la Tierra. Creo fervientemente en la Luna y en la Cábala, sobre la que he devorado muchos libros, porque se identifica con mi forma de pensar. Dice una gran astróloga que yo sigo que todo lo que sucede arriba incide abajo y es indudable que así es. Tenemos un gran por ciento de agua en nuestro cuerpo y así como las lunas mueven las mareas y las placas tectónicas, sucede con nosotros, que somos un elemento en el medio de esta inmensidad que es el universo. Pero también creo a mi manera en la religión yoruba y en Dios. Tengo un abanico de creencias, aquellas que se ajustan a mí y me han servido para mi desarrollo espiritual e intelectual. Siempre estoy leyendo, informándome de esos temas porque me apasionan y me interesan mucho. Me han hecho evolucionar y crecer, y lo que es más importante, entender, porque sin entendimiento no puedes ni evolucionar ni crecer.

- ¿Cuál dirías que es el mayor legado que te ha dado tu mamá como ser humano y como actriz?

El mayor legado de mi madre, además de darme la vida y el desvelo en la crianza mía y de mi hermana, han sido las enseñanzas que me dio sin pensar que me estaba dando una escuela de disciplina, de rigor, de entrega, de verdad. Mi mamá es una mujer con mucha verdad en su vida y en la actuación. Yo vivo con ella ahora después de casi treinta años sin hacerlo e indudablemente eso es un regalo en todos los sentidos, una lección constante. Como yo, tiene muchos amigos, gente que la quiere mucho y la quiere bien y no ha sido por gusto. Es una excelente mujer, con una capacidad tremenda para amar y respetar y eso es lo que ha inculcado en nosotras como una práctica de vida.  Además, es una persona que tiene ese abrazo maternal que te saca del problema cuando estás ahogado en un vaso de agua, te lleva a la calma y te hace ver las cosas más objetivamente. Es una cualidad que me encanta. Tengo cualquier problema y voy a donde está ella porque tiene el don de minimizarlo, de poner delante de mí mil caminos para escoger.  

- ¿Cuál quisieras darle tú a tus hijos?

A mis hijos siempre les digo como diría mi abuelo Ramón Veloz: “Uno en la vida tiene que ser buena persona”. Uno no puede ir por la vida haciendo daño y serruchando piso, sino concentrado en lo suyo, siendo gentil, generoso; sin perder la oportunidad de ayudar al que lo necesita si es que puedes ayudarlo, al menos con una palabra o un abrazo, con una muestra de amor. Hay muchas maneras de ayudar y ser sincero y respetarse uno y respetar a los demás es una de ellas. Los valores del ser humano que me dieron a mí son los que les dejo a mis hijos. Creo que son las bases fundamentales para relacionarse y poder vivir.

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Katheryn Felipe

(La Habana, 1991) Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana en 2014. Ha trabajado en diversos medios impresos, digitales y televisivos.

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