Luis Manuel Otero Alcántara, símbolo de Cuba y vergüenza de sus carceleros

El Cardenal de La Habana, Juan de la Caridad García Rodríguez, está tardando en visitar a Otero Alcántara y explicitar con su gesto, que además de gestiones discretas, la Iglesia Católica cubana con los pobres de la tierra quiere su suerte echar; igual actitud deben asumir otros dirigentes religiosos, incluidas las cabezas de santeros y paleros y organizaciones fraternales como la masonería, que desempeñó un importante papel en la Guerra de Independencia contra España y en el ataque el Cuartel Moncada.

Luis Manuel Otero Alcántara, activista cubano Foto © Facebook / Otero Alcántara

Muy mal anda el tardocastrismo cuando tiene que impedir por la fuerza que un grupo de amigos visite a Luis Manuel Otero Alcántara, en huelga de hambre por el cerco represivo que padece, la incautación y destrucción de parte de su obra plástica, y la grabación ilegal de sus conversaciones telefónicas para intentar desacreditarlo, presentándolo como una marioneta de Estados Unidos.

El Cardenal de La Habana, Juan de la Caridad García Rodríguez, está tardando en visitar a Otero Alcántara y explicitar con su gesto, que además de gestiones discretas, la Iglesia Católica cubana con los pobres de la tierra quiere su suerte echar; igual actitud deben asumir otros dirigentes religiosos, incluidas las cabezas de santeros y paleros y organizaciones fraternales como la masonería, que desempeñó un importante papel en la Guerra de Independencia contra España y en el ataque el Cuartel Moncada.

Diplomáticos de Estados Unidos, Europa y América Latina deben convertirse en garantes de la vida de Otero Alcántara y la cancillería cubana tendrá que tragarse su rabia porque no podrá expulsarlos a todo.

El propio Otero Alcántara ha reiterado públicamente que el Movimiento San Isidro carece de pretensiones políticas y si tan mal parece a la casta verde oliva el asesoramiento y ayuda que pueda recibir desde el extranjero, con sacar sus sucias manos de Venezuela, y desarticular la supuesta red de agentes de influencia en España bastaría, al menos, para fingir coherencia.

El revuelo represivo y mediático contra un hombre acostado, que lleva una semana sin ingerir agua ni alimentos, solo refleja el pánico de la mayimbada a que el ejemplo de Otero Alcántara siga encendiendo el barrio de San Isidro y adyacentes y que, La Habana destruida, acabe siendo la tumba del castrismo residual.

La ofensiva gubernamental contra Otero Alcántara abarca tres puntos de control y varias calles a la redonda y -en paralelo- la vigilancia, retenciones domiciliarias ilegales,  detenciones con tánganas e interrogatorios policiales contra sus compañeros y amigos; pretender matar pitirres a cañonazos, revela la debilidad del tardocastrismo, un grupito amoral que ya necesita emplear toda su artillería para contener la ira de los cubanos.

¿Algún miembro del Buró Político y de la cúpula militar se ha cuestionado qué hacen mal para que jóvenes cubanos empobrecidos y pensantes que -mayoritariamente- solo han conocido las supuestas bondades revolucionarias, se rebelen y haya que gastar cuantiosos recursos económicos y humanos en acosarlos y reprimirlos?

Todo ese papagayeo de que la oposición anticastrista son lacayos a sueldo de Estados Unidos ya no se lo cree ni el presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez; grupitos de cubanos protagonizaron la revolución, financiada por la racista sacarocracia, una vez que Washington dio luz verde para sacar a Fulgencio Batista Zaldívar del poder y The New York Times asumió el liderazgo de la manipulación mediática a favor de los Mau Mau, con la complicidad de Bohemia y otros medios.

En 1953, Cuba tenía 5.829.029 habitantes, de los que 135 asaltaron los cuarteles Moncada (Santiago de Cuba) y Carlos Manuel de Céspedes (Bayamo) e intentaron tomar el hospital Saturnino Lora y el Palacio de Justicia, en la capital santiaguera.

En 1956, la población cubana era de 6.652.074 habitantes, de los que 82 fueron expedicionarios del Granma, que navegó sobrecargado y llegó con retraso a Las Coloradas, tras el desastre de Alegría de Pío, la expedición quedó diezmada y, en 1978, Raúl Castro Ruz contó al cineasta Santiago Álvarez Román, que pensó su hermano Fidel se había vuelto loco cuando -en el reencuentro de Cinco Palmas- exclamó "ahora si ganamos la guerra", tras constatar que entre ambos juntaron siete fusiles.

En 1957, Cuba tenía 6.764.546 pobladores, de los que 257 mil -según datos de la prensa de la época- asistieron a un acto de desagravio a Batista, celebrado en la Avenida de Las Misiones; por tanto la cantidad de simpatizantes, neutrales y adversarios de movimientos políticos no legitima opción alguna, por mucho que se empeñen los medios de comunicación financiados por el partido comunista en pintar un escenario de apoyo masivo al tardocastrismo, en medio de sendas crisis económica, sanitaria y social.

La dictadura batistiana provocó 1.558 muertos; de ellos, 644 muertos en combate, 864 ejecutados extrajudicialmente y 32 desaparecidos; muy lejos de los 20 mil muertos de la portada de Bohemia, y según cifras de Archivo Cuba, que también ha documentado la muerte de 7.437 cubanos bajo el castrismo; sin haber podido contabilizar todos  los muertos en intervenciones militares en el extranjero y los ahogados en el Estrecho de La Florida, intentando llegar a Estados Unidos.

Pero si la cifras no valieran al tardocastrismo y sus papagayos siguieran insistiendo -baldíamente- en que Luis Manuel Otero Alcántara y el Movimiento San Isidro son un grupito de mercenarios; ¿no habíamos aceptado el apotegma martiano de que un principio justo, desde el fondo de una cueva, puede más que un ejército?

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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