El comunismo cubano teme más a oposición provida que a huelgas de hambre

La estrategia de Mahatma Ghandi no habría sobrevivido al cabillazo de un mitin de repudio, a las torturas del presidio político o al implacable paredón físico y moral del castrismo.

Maykel Osorbo, tras ser liberado por vecinos de San Isidro Foto © Facebook / Maykel Osorbo 349

Nunca he simpatizado con las huelgas de hambre, comprendo que pueden ser un modo de lucha eficaz en determinado contexto, en Cuba también pueden ser fruto de la impotencia y el enojo ante un régimen criminal, en cualquier caso cuando se inicia una huelga de hambre se acepta la posibilidad del suicidio y sólo somos administradores de la vida que Dios nos ha confiado, nunca propietarios, no está en nuestras manos disponer de ella.

La huelga de hambre puede funcionar si tu oponente tiene algún escrúpulo, alguna fibra ética, ningún régimen comunista reúne esas condiciones mínimas; la estrategia de Mahatma Ghandi no habría sobrevivido al cabillazo de un mitin de repudio, a las torturas del presidio político o al implacable paredón físico y moral del castrismo.

Los militares que gobiernan en Cuba no creen en huelgas de hambre, te dejarán morir o te embutirán dos libras de picadillo de soya en vena, según les convenga, pero en cualquier caso la decisión obedecerá a un reclamo táctico porque a los comunistas cubanos la vida de cualquier persona, incluidos sus servidores, les importa un rábano.

La mayoría de los cubanos están a merced del régimen, pero una cosa es arriesgar la vida y otra es regalarla. Creo que a los oficiales de la contrainteligencia criminal le preocupa más un oposición dispuesta al rescate de los suyos que una oposición que deposita su confianza en una forma de suicidio.

No podemos derrotar al castrismo con sus propias armas, ellos son maestros de la muerte y el performance, 62 años de crimen y escenificación continua los acreditan. O acaso no recuerdan el performance de patriarca conmovido que interpretó Fidel Castro durante la visita de Juan Pablo II.

El tipo que no habría vacilado en completar la obra del terrorista Memet Ali Agca, a sueldo del Cominter, le hizo creer a muchos que sentía algún respeto por el Papa Wojtyla. Raúl Castro tampoco se queda atrás, las "lágrimas que cayeron por sus mejillas" no le impidieron completar el crimen del General Arnaldo Ochoa y aún le alcanzaron para un golpe de estado en familia cuyo símbolo redentor fue la imagen del todavía inalcanzable vaso de leche.

Si algo les preocupa a estos malhechores es el hecho, cada vez más frecuente, de unas personas que hartas del abuso policial rescatan a sus vecinos, injustamente arrestados, de los patrulleros. Estas imágenes deben perturbar profundamente a unos represores que están habituados a utilizar científicamente el miedo de sus víctimas pero que nunca han sido preparados para lidiar con su propio miedo, ese que se acrecienta cuando la terca realidad anuncia que la impunidad se les acaba.

No creo que se sientan cómodos con esta inclinación al rescate, con la multiplicación de aquellos que quizás no están listos para pelear por sus derechos pero que reaccionan ante el ancestral impulso de proteger a los suyos. Esos que impiden los arrestos o se sitúan ante una estación de policía, sean activistas, padres, intelectuales, religiosas o sacerdotes además de hacer visible su compromiso con la justicia toman partido por la esperanza y la vida, esa vida que siempre tira al monte de la libertad que tanto necesitamos.

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Eduardo Mesa Valdés

La Habana 1969. Narrador y poeta. Miembro de la directiva de Cuba Humanista. Fundador de la revista Espacios. Coordinó la revista Justicia y Paz, y el boletín Aquí la Iglesia.

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