Inundaciones en Cuba: Otra manifestación del desamparo de los cubanos

Acuerdos y financiación internacional gestionados por el gobierno cubano para solucionar abastecimiento de agua y saneamiento rondan los 280 millones de dólares, pero las calles continúan inundándose.

Inundación en La Habana Foto © Facebook/Carlos Hechavarría

Un grupo de mujeres bloquearon este lunes la Calzada del Cerro con muebles y electrodomésticos dañados tras la penetración del agua en sus viviendas, a consecuencia de las lluvias en La Habana. Lo que en apariencia es una simple protesta encarna la vulnerabilidad de estos vecinos ignorados por las autoridades.  

En los últimos tiempos hemos sido testigos virtuales de inundaciones recurrentes a lo largo de la geografía nacional. De una punta a otra del país, aguas de todo tipo corren cual afluentes de un río, por las calles de zonas densamente pobladas arrastrando consigo la maleza, la basura y todo cuanto encuentran a su paso.

Colchones ensopados, refrigeradores dañados y otras pertenencias, se exhiben en las aceras y calles con la esperanza de que el sol, tras el diluvio, las salve o de que alguien escuche. Y no pasa nada.

Ciclones, huracanes o intensas lluvias cargan con lo que un día fueran las únicas posesiones de quienes luchan por sobrevivir en una isla olvidada.

Las protestas ante el desamparo que genera la desidia gubernamental también se han incrementado con los años, como testamento del cansancio acumulado por generaciones. Es un problema viejo.

En 2012 una investigación científica llevada a cabo por ingenieros cubanos sobre la gestión de acueducto y alcantarillado arrojó que las redes de abastecimiento, saneamiento y drenaje pluvial son insuficientes y que existe desconocimiento del sistema por parte de los operarios.

El estudio advirtió, además, sobre la falta de profesionalidad en la gestión, la insuficiente información sobre operaciones   de mantenimiento, así como la escasa preparación para enfrentar fenómenos naturales, como la sequía y huracanes.

Desde aquel año ya existía un ambicioso plan para solucionar los problemas en el manejo de las redes de abastecimiento de agua y de saneamiento y que ha resultado en acuerdos y financiación gestionados por el gobierno cubano por un valor que ronda los 280 millones de dólares.

El Programa de Eliminación de Pérdidas de Agua, el acuerdo de préstamo para el financiamiento del Proyecto Saneamiento y drenaje pluvial de municipios de la capital, y un aporte del Fondo OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) a las obras por el aniversario 500 de La Habana son algunos de ellos.

Nada indica que estos problemas se hayan solucionado. Al contrario, parecería que se agravan.

El sistema de acueducto y alcantarillado, al no dársele el mantenimiento que lleva, se bloquea y permite la acumulación de agua en las calles cuando llueve. Sin un sistema eficiente de drenaje, el desaprovechamiento y la contaminación de las aguas se convierte en un dilema a largo plazo, que trae implicaciones sanitarias, en especial en estos tiempos de pandemia.

Además del riesgo de contagio por coronavirus, está el peligro de enfermedades bacterianas, leptospirosis y otras ocasionadas por un pobre saneamiento e higiene en el país, así como el esporádico suministro de agua potable y tratada en zonas residenciales y en instituciones, incluidos centros de salud.

Todos hemos visto cómo el agua que corre por las calles, a consecuencia de múltiples inundaciones a través de los años, arrastran desechos sólidos y se mezclan con aguas residuales en razón del deterioro de estas redes de drenaje.  

¿Qué resultados para el pueblo cubano han traído la firma de acuerdos y financiación extranjera en esta área?

¿A quién le duele esta situación y por qué estas inundaciones se repiten sin que nadie decida solucionar un problema que se añeja más que el ron cubano?

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Annarella Grimal

Annarella O'Mahony (o Grimal). Aprendiz de ciudadana, con un título de Máster otorgado por la Universidad de Limerick (Irlanda). Ya tuvo hijos, adoptó una mascota, plantó un árbol, y publicó un libro.

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