Sexo, objetivación de la mujer y el fantasma del machismo

Más allá de que me importe un comino lo que pueda querer un hombre de mí en la cama, me preocupa que aun en estos tiempos haya quienes no vean el daño que la cosificación de la mujer ha causado en el mundo.

Femme Machine. Óleo sobre lienzo de Jimmy Verdecia Foto © Jimmy Verdecia

No puedo precisar exactamente cuándo mi madre dejó de recordarme que le dedicara tiempo a mi marido, que lo cuidara o que lo valorara porque “es bueno”. Supongo que finalmente entendió mis respuestas automáticas o se cansó de mis rafagazos gentiles: “el no es mi hijo”, “sabe cuidarse solo” y “yo también soy buena” eran algunas de mis reacciones.  

Mi madre nació en los 50 y vive en Cuba, un país patriarcal donde el Estado mismo encarna el machismo y la violencia de género; un Estado que nos ha hecho creer que todo debe girar a su alrededor. Por eso, cuando veo artículos como 7 cosas que los hombres cubanos adoran de su mujer en la cama, sinceramente, me vale madre.

Pero más allá de que me importe un comino lo que pueda querer un hombre de mí en la cama, porque francamente ese es su problema y yo no soy objeto sexual de nadie (aunque en determinadas posiciones lo parezca), me preocupa que aun en estos tiempos haya quienes no vean el daño que la cosificación de la mujer ha causado en el mundo.

Aclaro que no soy feminista, ni pretendo serlo, pero me opongo a los estereotipos machistas y sexistas que nos atrasan como sociedad a una era donde no complacer al hombre podía costarte unos buenos trompones o, incluso, la vida. Esta es la realidad para muchas mujeres hoy en todo el mundo y, por supuesto, también en Cuba.

Por eso, artículos infantiles y periodísticamente mediocres como 7 cosas…, pueden resultar peligrosos para la mujer, específicamente. Lo dice alguien que ha vivido la violencia machista en todas sus manifestaciones posibles.

Y es nocivo porque impone o, más bien, perpetúa ciertos códigos del ideal de un hombre que ve a la femme como un objeto, como algo que se puede moldear para su satisfacción personal. Una cosa que se posee, un sex toy de carne y hueso. Después de eso cualquier desenlace es no solo posible, sino probable. Es una forma de maltrato, de violencia de género, más “inocente”, si se quiere, pero lo es. Lo peor es que muchas mujeres y hombres ni siquiera se dan cuenta.

También desapercibidos pasan otros episodios de violencia, como cuando un día tu marido llega a casa, la cena no está lista y entras en pánico. Pides disculpas, te apuras en terminarla, pides más disculpas y le aseguras que no entiendes cómo pudo pasarte a ti. Todo porque te enseñaron, en la sociedad machista donde vives o donde creciste, que al hombre hay que servirle, y servirle en tiempo.

Solo comienzas a entender que algo no anda bien cuando quien debe quererte bien te quiere mal, y te ofende y hasta te empuja o tal vez te golpea, a veces “sin querer”, otras veces porque “te lo buscaste”.

Entonces, sucede que la frase “eres mía” deja de parecerte sexy y ardiente, y se torna en tu peor pesadilla. Y llega el día en que te enteras, finalmente, que nadie puede poseerte y no por eso eres frígida ni menos caliente en la cama, ni menos mujer. Y aprendes que eres dueña de ti misma, de tu cuerpo y de tu voluntad.

Y no se trata de renunciar a complacencias mutuas. Tampoco se trata de no hablar de sexo, sino de no objetivizar a la mujer, de no reducirla a lo que el hombre quiere que ella sea o que ella haga para satisfacer su apetito sexual o su ego.  

Todo es una cadena que comienza en lo que el hombre espera de una mujer, sin que la mujer cuente, salvo cuando “te está haciendo gozar de lo lindo” o cuando “inesperadamente”, el macho alfa la deja que ella “tome el control”. ¡Oh, privilegio!

Por todo lo anterior y mucho más no me alcanzaría el tiempo y las cuartillas para recordar que debemos ser muy cuidadosos con el lenguaje, especialmente en lo que respecta a la manera en que se proyecta el sexo y la mujer, en todo cuanto hacemos y decimos. Las mujeres, feministas o no, lo sabremos reconocer y agradecer, en nombre de todas las que hoy ya no pueden hacerlo.

Archivado en:

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.


¿Tienes algo que reportar?
Escribe a CiberCuba:

editores@cibercuba.com

 +1 786 3965 689

Necesitamos tu ayuda:

Como tú, miles de cubanos leen y apoyan el periodismo independiente de CiberCuba. Nuestra independencia editorial comienza por nuestra independencia económica: ninguna organización de ningún país financia CiberCuba. Nosotros hacemos nuestra propia agenda, publicamos nuestras opiniones y damos voz a todos los cubanos, sin influencias externas.

Nuestro diario se ha financiado hasta hoy solamente mediante publicidad y fondos propios, pero eso limita lo que podemos hacer. Por esto pedimos tu ayuda. Tu aporte económico nos permitirá hacer más acciones de periodismo investigativo y aumentar el número de colaboradores que reportan desde la isla, mientras conservamos nuestra independencia editorial. Cualquier contribución, grande o pequeña, será muy valiosa para nuestro futuro. Desde solo 5$ y con solo un minuto de tu tiempo puedes colaborar con CiberCuba. Gracias.

Contribuye ahora

Annarella Grimal

Annarella O'Mahony (o Grimal). Aprendiz de ciudadana, con un título de Máster otorgado por la Universidad de Limerick (Irlanda). Ya tuvo hijos, adoptó una mascota, plantó un árbol, y publicó un libro.

¿Qué opinas?

Cargar más
Cargar más

Playlist de videos en CiberCuba