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El tardocastrismo -como todo sistema en fase terminal- conserva la capacidad de producir Torquemadas en ambas orillas; prestos a expedir Hago constar de buen comportamiento al resto de los cubanos, según su totalitario afán de ver y entender la vida y la crisis política de Cuba.
No hay peor Torquemada que un recién converso y la culpa que anida en muchos por su participación y/o silencio en las tareas de la revolución castrista, los lleva a posiciones maximalistas que pretenden descalificar al resto de cubanos con ideas diferentes sobre el pasado, el presente angustioso y el futuro de la nación.
Los Torquemadas verde oliva y sus homólogos emigrados comparten radicalidad, emoción y pasión gedosiana, de signo político contrario, pero igual de empequeñecedoras porque no persiguen el bien de Cuba, sino la persecución del diferente, al que consideran descarriado, débil y nunca suficientemente patriota y vertical frente al enemigo.
Vivir como un fanático es cómodo porque en esas vidas no cabe la duda, la generosidad; ni siquiera la comprensión de que respetar una opinión o postura ajenas no implica compartirlas, corriendo el riesgo de morir sin probar el goce de la diferencia, la sanidad de la discrepancia y el resto de aprender a pensar a Cuba más allá de sus narices.
Afortunadamente son minorías frente a la generosidad de la mayoría de cubanos de ambas orillas, pero son tan ruidosos y con poses tan exageradas que semejan olas, cuando solo son sendos grupitos persuadidos de la infalibilidad de sus consignas y condenas; ajenos al sentido de fraternidad que se impone entre la mayoría, salvando las diferencias políticas que tanto agradan al poder cobarde y mentiroso.
Cuando un compatriota agrede a otro por causas políticas, hay fiesta en el Palacio de la Revolución, el más común y reiterado divisor de cubanos, sus víctimas de una manera u otra, pues aún lejos de La Habana y con buen nivel de vida, la mayoría de los emigrados tiene uno o más rehenes que quedaron atrapados en la maldición del agua por todas partes.
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Cada cubano es libre de manifestarse sobre la tragedia patria de la manera que mejor estime, pero sin machacar al otro, sin agredir al que piensa diferente y sin insultar al oponente; como viene ocurriendo desde hace casi 63 años, cuando el monólogo totalitario dividió a los seres humanos entre bitonguitos y combatientes, gusanos y compañeros y escoria y patriotas.
La decencia es eficaz adversaria del tardocastrismo decadente y flaco favor hacen a Cuba quienes, erigiéndose como guardianes de las esencias, pretenden prolongar la agonía, por un lado; y establecer su dominio dictatorial por otro, como errónea premisa de la nación que proclaman anhelar.
Desgraciada nación, cuyo gobierno y oponentes pretenden sustentar sus acciones en la lapidación del adversario, en la aniquilación del diferente y en la certeza totalitaria de dividir a los cubanos entre buenos y malos, en función de vehemencia a favor o en contra de si mismos.
La intransigencia y el estruendo son atributos de la dictadura, pero que aspirantes a demócratas afloren su inconsciente comunista en sus pronunciamientos anticomunistas, revela su incultura política y su escasa generosidad, pretendiendo la uniformidad de pensamiento y acción que tantas desgracias provoca en Cuba.
Un cubano no es mejor que otro por su grado de fervor político e incondicionalidad a la causa que defiende; sino por su capacidad de apostar por una nación que anteponga el pluralismo al maniqueo discurso de buenos y malos con que el castrismo secuestró a Cuba.
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