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En la Sala Sert del Congreso —esa estancia rojiza donde Josep Maria Sert pintó España en clave épica, trágica y casi goyesca— varios diputados de la izquierda española escenificaron su último acto de solidaridad internacional: una iniciativa parlamentaria “de apoyo a Cuba frente a la agresión de Estados Unidos”.
La escena no pudo ser más teatral. Bajo los enormes lienzos en sanguina con barrancos abruptos, caravanas extenuadas y figuras humanas atrapadas en simas y picos imposibles, representantes de Podemos, IU, ERC y EH Bildu, entre otros, transmitieron su apoyo al embajador cubano en España, Marcelino Medina González.
Todo muy solemne. Muy institucional. Muy rojo. Muy al gusto de D. Enrique Santiago Romero, líder del Partido Comunista de España, quien ocupó un asiento a la siniestra del embajador del régimen cubano, invitado de honor al micro evento.
La paradoja histórica flotó este martes en el aire espeso de la sala, en la que 13 diputados peninsulares y el embajador de la ínsula intercambiaron sus respectivos y similares discursos panfletarios, sus decálogos de consignas y jipíos antimperialistas.
Esos mismos grupos políticos que construyeron buena parte de su identidad sobre la memoria antifranquista —sobre la denuncia permanente de la dictadura, la represión y la ausencia de libertades— hoy se fotografían sonrientes junto al representante diplomático de una dictadura de 67 años.
Una dictadura que encarcela opositores, reprime manifestaciones y que ha empujado a millones de ciudadanos al exilio. Pero, claro, esa “rara dictadura” es ideológicamente afín. Y ya se sabe que la sangre ideológica no mancha igual.
La Sala Sert, conocida popularmente como la “sala roja”, pareció adquirir un tono aún más literal. La técnica de la sanguina, con su monocromía terrosa y su dramatismo barroco, dotó al espacio de un aire casi macabro.
Nadie entre los presentes reparó en esos paisajes escarpados del bueno de Josep Maria, una metáfora involuntaria de la Cuba actual: un pueblo lidiando con desfiladeros, rocas y abismos, en una especie de travesía infernal, plagada de obstáculos, mientras figuras robustas observan ese calvario desde lejos, en lo alto de castillos, plazas y peñascos.
En uno de los murales, los hombres forcejean al borde del precipicio; en otro, caravanas se desplazan por terrenos hostiles, con movimientos agónicos y desesperados. Sert no buscaba el realismo fotográfico, sino la alegoría monumental.
Pero la alegoría esta vez resultó demasiado obvia: mientras en la pared se representaba el esfuerzo humano contra la adversidad y la opresión, en la mesa ovalada se discutía cómo blindar diplomáticamente a quienes han convertido esas calamidades en sistema durante una eternidad que dura 67 años.
El embajador Medina González agradeció la “solidaridad” y denunció la “escalada agresiva y cruel” de Estados Unidos. Y, como en toda buena sobremesa ideológica, reaparecieron los clásicos: el imperio, la injerencia, el bloqueo.
Mientras tanto, en X, un usuario recordó a los presentes que “el apoyo directo o respaldo simpatizante es complicidad con la Dictadura”. Que los cubanos quieren derechos, democracia y reconstruir un país devastado por un experimento totalitario.
El contraste resultó difícil de ignorar. En la sala que fue decorada para exaltar al pueblo y el espíritu español, tan cercanos al cubano que se sienten como hermanos, se representó la víspera otro paisaje, fratricida y casi suicida: el de un “entendimiento político” con un régimen que no tolera elecciones libres ni prensa independiente.
En el trampantojo de Sert —esas telas fingidas que convierten la sala en escenario teatral— la política adquiere dimensión escenográfica. Pero esta vez el decorado lució demasiado coherente con la función: cortinajes pintados enmarcando una coreografía diplomática donde todo estaba dicho antes de empezar.
La historia tiene un sentido del humor ácido. Los herederos políticos de quienes denunciaron la falta de libertades en España durante el franquismo ahora firman iniciativas de apoyo a un sistema que prohíbe partidos opositores y criminaliza la disidencia. Antes “dictadura” era una palabra no negociable. Hoy depende del color del uniforme.
Quizá por eso la Sala Sert fue el escenario perfecto, con en esos murales, de inspiración casi goyesca, donde lo heroico y lo grotesco conviven sin pudor, todo impregnado de rojo, de sangre de inocentes y cólera de malvados.
Porque, al final, la política también es escenografía. Y pocas escenografías tan apropiadas como una sala donde la tragedia está pintada en las paredes mientras, alrededor de la mesa, se firma un sainete de solidaridad selectiva.
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