¿Guerra civil en Cuba? Que cada palo aguante su vela

Echar a pelear a unos cubanos contra otros que piensan diferente es el signo más visible de la falta de legitimidad política.

Trabajadores de la empresa ferroviaria cardenense "José Valdés Reyes" Foto © Twitter/CubaSecuestrada

Primero fueron las advertencias anónimas. "Yunior, compórtate, no cruces el límite". Después, el Consejo de las Artes Escénicas dejó claro que le quitaría empleo y sueldo al promotor de Archipiélago, cuya carrera profesional en la isla ha terminado por "meterse en política". Siguieron numerosas amenazas en redes sociales y descalificaciones en la TV. Luego de la burda negativa oficial a autorizar la Marcha Cívica por el Cambio, se pronunciaron los fiscales para advertir que salir el 15N se iba a considerar delito punible: una demostración, si es que hacía falta alguna, de que en Cuba los jueces son los saltimbanquis del MININT.

Por el camino, los agentes de la Seguridad del Estado acumulaban su rosario de coacciones: expulsiones de la universidad, chantajes a las atribuladas madres, mítines de repudio en algunos CDR... Trataron de desprestigiar a Yunior y hasta cogerlo en falta con una entrevista relámpago, pero los burladores salieron burlados: sus "periodistas"-acosadores son unos impresentables. Hasta brujería han usado: la vivienda del activista amaneció el viernes pasado con unas pobres aves crucificadas en la reja de acceso, y una mezcla de plumas, tierra y sangre.

Luego del estrepitoso fracaso de todas y cada una de esas amenazas, acosos y operaciones de descrédito, ya es el propio Díaz-Canel, más conocido como el homeless ("el que no tiene gao") quien se ocupa de amenazar públicamente a la plataforma ciudadana en un Pleno del PCC. "Somos suficientes", dice, donde antes se hablaba de "mayoría" contra "grupúsculos".

Se siente miedo en el ambiente. Si sale sólo la mitad de los firmantes de las convocatorias entregadas, la Seguridad del Estado va a tener su día más ajetreado desde el 11J.

En las altas esferas se está apostando por la disuasión y neutralización previas, el corte de datos móviles y el "pueblo enardecido" (coordinado por policías de civil). La lista de los posibles manifestantes es pública, lo que aporta transparencia pero facilita los operativos de vigilancia. Sin embargo, nadie puede prever el factor sorpresa: el mismo que provocó el estupor oficialista los días 11 y 12 de julio. La ola sorda y espontánea de los barrios deprimidos, la inconformidad acumulada, la marginalidad, la gente sin nada que perder... lo que no sale en las encuestas. De ahí las giras presidenciales por los barrios más humildes y este tenebroso ensayo de represión colectiva en Matanzas: armar con porras a los núcleos del PCC para que metan miedo en redes sociales y que nadie salga a la calle el mes que viene.

Se trata, sin embargo, de un cálculo arriesgado. En plena reapertura del turismo internacional, al gobierno tampoco le convienen las imágenes de cubanos golpeando a otros cubanos en las calles. Ya nadie se cree el cuento de los "mercenarios", a pesar de que los medios oficiales repiten día y noche el mismo guion apelando a lo que queda de nacionalismo en un país donde sin MLC no comes. Apelan, también, a ese lado burdo y cainita del cubano, a esa suerte de carnaval despótico con pan, circo y porra, que lleva a unas empleadas de una empresa ferroviaria a ataviarse con pulóveres que dicen "Ordene" y enseñar los toletes con que, supuestamente, le "ponen corazón" a Cuba.

Semejante pornografía política no es un hecho aislado. Nunca faltará el llamado gubernamental a la violencia. Y siempre habrá quien se preste para bajezas semejantes. Desde hace mucho existen en Cuba brigadas de respuesta rápida dedicadas a reprimir, viejos chivatones, militares sin escrúpulos. Varios de ellos salieron a las calles el 11 de julio pasado; no se esperaban, eso sí, una respuesta. Dos o tres recibieron cucharadas de su misma sopa y salieron luego, quejosos, en la prensa oficial con las cabezas rotas. Del otro lado, hubo un muerto, tiroteado por la espalda. Si hay una lección de ese día, una que el gobierno de Díaz-Canel insiste en desconocer, es que este tipo de enfrentamiento cuerpo a cuerpo en las calles es el primer anuncio de una absoluta falta de legitimidad.

Contra un centenar de manifestantes pacíficos, ganarán los de siempre: el partido de los palos. Pero cuidado, porque si con ese nuevo acto de represión se desborda la olla Cuba podría entrar en una fase mucho más complicada de su ya larga decadencia. Que cada palo aguante su vela, entonces.

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Ernesto Hernández Busto

Periodista y ensayista cubano. Fundador del sitio Penúltimos Días.

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