Las imágenes compartidas recientemente en redes sociales por el usuario Santiago Miguel Díaz Herrera revelan el alarmante estado de abandono y destrucción que impera en varias terminales de guaguas en La Habana, como San Agustín y Arimao.
Lo que alguna vez fueron centros neurálgicos del transporte público en la capital cubana, hoy se asemejan más a cementerios industriales plagados de chatarra, estructuras oxidadas y autobuses desmantelados.

En las fotos se aprecian varios ómnibus articulados, aún con los colores institucionales de la Empresa Provincial de Transporte de La Habana, estacionados en medio del deterioro total.
Unas pocas unidades parecen completas, pero inoperativas; otras han sido reducidas a cascarones sin ruedas, ventanillas ni motores, en un entorno que refleja decadencia y abandono. La situación no es nueva, pero se agrava con el paso del tiempo.
En marzo, el gobierno cubano reconoció públicamente la profunda crisis que afecta al transporte público. El ministro Eduardo Rodríguez Dávila, mencionó entre las causas la escasez de piezas de repuesto, la falta de lubricantes y combustible, así como el deterioro acumulado de la infraestructura y la obsolescencia del parque automotor.
Este escenario ha tenido un impacto directo en la vida cotidiana de los cubanos. Las largas esperas en paradas, los viajes abarrotados y las rutas suspendidas son ya parte de la rutina diaria en ciudades como La Habana.
Lo que en otros países sería un problema de logística, en Cuba se ha convertido en una crisis estructural, que agrava la movilidad y complica aún más la ya difícil realidad económica de la población.
El caso de las terminales San Agustín y Arimao ilustra con crudeza el ocaso del sistema de transporte urbano gestionado por el Estado. Donde antes se almacenaban flotas activas, ahora hay ruinas y silencio. Como señaló el denunciante en su publicación: “Fue poco a poco muriendo, es el reflejo de lo que es el socialismo”.
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