Yadier es un adolescente de Camagüey que lanza un llamado que estremece: necesita trabajar para ayudar a su madre.
“Tengo una estabilidad económica muy mala, mi mamá trabaja, yo estudio y busco trabajo para ayudarla en lo que sea… Todo en Cuba tiene un precio muy alto”, cuenta el joven en un video divulgado por el Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH).
Su testimonio resume en pocos segundos lo que viven millones de cubanos atrapados en una crisis económica sin salida visible, donde el pan de cada día, literalmente, cuesta lo que no se tiene.
Pero el caso de Yadier no es único. En la Cuba de hoy, la pobreza infantil ya no es una estadística lejana, se ha convertido en el rostro cotidiano de quienes deberían estar jugando, aprendiendo o soñando.
Según datos del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), el 9% de los niños cubanos sufre pobreza alimentaria grave, y solo consume dos de los ocho alimentos esenciales para un desarrollo saludable. Carne, huevos o pescado son lujos que rara vez aparecen en sus platos.
Además, el trabajo infantil, antes negado por el discurso oficial, ha comenzado a normalizarse, alertan organizaciones independientes. Niños que venden pan o recogen desechos, menores que trabajan en horarios nocturnos en condiciones precarias, sin protección, sin garantías y, sobre todo, sin infancia.
La Cuba donde los niños “resuelven”
El caso de Yadier se da en un contexto devastador. El 89% de las familias cubanas vive en pobreza extrema, de acuerdo con el VII Informe del OCDH de 2024. Y 7 de cada 10 cubanos han dejado de desayunar, almorzar o comer por falta de dinero o alimentos. Entre los más afectados están los ancianos y los niños.
A esto se suma la falta de voluntad política. A pesar de haber admitido públicamente fenómenos como la mendicidad y el trabajo infantil, el gobernante Miguel Díaz-Canel ha preferido responsabilizar a las familias y minimizar el rol del Estado, sin anunciar medidas concretas ni asumir la magnitud del problema.
“Necesito buscar trabajo y alguien que me apoye para poder ayudar a mi mamá”, dice Yadier con una serenidad que hiere. Su pedido no es solo un reflejo de carencia, sino de madurez forzada por las circunstancias.
En un país donde el salario mínimo no alcanza los 20 dólares mensuales y donde los menores son empujados a sobrevivir, la historia de este joven pone rostro al colapso de un modelo que alguna vez prometió justicia social.
Su testimonio ha conmovido a muchos en redes sociales, pero también interpela: ¿Cuántos Yadier hay hoy en Cuba? ¿Cuántos niños más deberán cargar con responsabilidades de adultos, mientras sus sueños se disuelven entre apagones, hambre y resignación?
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