El uso de leña como fuente de energía doméstica se ha disparado en Cuba debido a la prolongada crisis energética que afecta al país desde hace años.
Según la organización independiente Food Monitor Program (FPM), cada vez es más frecuente ver a cubanos cargando carretas con ramas secas o recorriendo riberas de ríos y zonas boscosas para recolectar madera.
Esta práctica, que podría parecer una escena del siglo XIX, es hoy una realidad cotidiana en zonas rurales y urbanas del país, donde los apagones pueden durar entre 12 y hasta más de 30 horas consecutivas.
La leña ha sustituido al gas y la electricidad en miles de hogares que improvisan fogones en patios y portales para cocinar, subrayó FPM.
Sin acceso a fuentes modernas de energía, muchos ciudadanos recurren también a quemar carbón, cartón, plásticos e incluso piezas de muebles en desuso para poder preparar alimentos.
La organización advirtió además que este fenómeno está teniendo un impacto ambiental alarmante.
La tala descontrolada de árboles y el saqueo de áreas verdes urbanas ha comenzado a reducir la cobertura boscosa en varias regiones del país, lo cual agrava la vulnerabilidad ante fenómenos meteorológicos como huracanes, sequías e inundaciones.
“La deforestación acelerada por el uso doméstico de la leña puede llevar a Cuba por el mismo camino que Haití, donde la pérdida forestal extrema provocó erosión, desastres naturales y pobreza ambiental”, alertó FPM.
Además del impacto ecológico, la crisis energética refleja una profunda desigualdad territorial.
Mientras La Habana experimenta apagones más breves, en provincias del oriente del país las familias dependen casi exclusivamente de la leña, agravado por retrasos en la distribución del gas licuado.
La organización concluye que el problema no es solo energético, sino también social, sanitario y ambiental, y responsabiliza al gobierno cubano por no haber modernizado la infraestructura eléctrica ni diversificado su matriz energética con fuentes renovables como la solar o la eólica.
La escasez de combustibles en Cuba ha llevado a millones de personas a cocinar en condiciones precarias, dependiendo casi exclusivamente de métodos rudimentarios como el uso de leña, carbón o cartón.
Según alertas recientes, más de nueve millones de cubanos cocinan sin acceso estable a gas o electricidad, exponiéndose diariamente a riesgos sanitarios y medioambientales.
Esta situación ha impactado especialmente a instituciones educativas, donde círculos infantiles han tenido que reducir horarios y cocinar con leña, improvisando fogones en condiciones insalubres.
A nivel familiar, las estrategias de supervivencia incluyen no solo la quema de materiales no aptos, sino también cocinar en plena vía pública, sin electricidad ni gas, como única opción para alimentar a los hijos.
La inseguridad alimentaria se agudiza cuando estos factores convergen con la crisis económica. FPM ha advertido que cada vez más cubanos solo pueden hacer una comida al día, fenómeno vinculado directamente a la imposibilidad de cocinar de forma sostenida y segura. Esta emergencia social, energética y ambiental no muestra signos de mejora a corto plazo.
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