Más de 40 mil pesos solo para comer: Lo que necesita una pareja cubana cada mes

Comida en Cuba (Imagen de referencia) © Raúl Navarro González
Comida en Cuba (Imagen de referencia) Foto © Raúl Navarro González

Este artículo es de hace 1 año

Acceder a una alimentación básica en Cuba se ha convertido en un desafío que sobrepasa las posibilidades de la mayoría de las familias, y comer con dignidad cuesta más de lo que muchos ganan en todo un mes.

Así lo revela un estudio del Food Monitor Program (FMP), que calculó el costo aproximado de una canasta básica alimentaria (CBA) para dos adultos cubanos: 41,735 pesos en La Habana y 39 595 pesos en Cienfuegos, lo que equivale a más de seis salarios promedio actuales en el país.

El informe parte de la premisa de que en Cuba no existen condiciones mínimas para construir una CBA como la que funciona en la mayoría de los países: una referencia técnica que permita establecer políticas salariales, líneas de pobreza y subsidios.

En cambio, el sistema cubano está marcado por una red alimentaria fragmentada, desigual y volátil, donde la desaparición paulatina del sistema de distribución racionado ha dejado a los hogares librados al mercado informal, las mipymes y las redes privadas dolarizadas.

Con una producción nacional en caída y un poder adquisitivo cada vez más reducido, las familias enfrentan una crisis estructural de acceso a la alimentación.

El estudio de FMP critica abiertamente la falta de transparencia y metodología del gobierno para calcular el costo real de la canasta básica.

Las cifras oficiales han quedado muy por debajo de la realidad: mientras en 2021 se hablaba de una CBA de 1,528 pesos, la estimación de FMP para 2025 indica que una pareja necesita hasta 24,351 pesos mensuales por persona para cubrir una dieta mínima saludable.

En su análisis, el informe también desmonta el mito de la libreta de abastecimiento como garantía alimentaria.

Lo que alguna vez fue la columna vertebral del modelo de distribución socialista, hoy solo ofrece productos insuficientes, de baja calidad y distribuidos de forma irregular.

De hecho, el 96,6% de los cubanos encuestados por FMP afirma que los productos de la libreta “no les sirven para comer lo que necesitan o les gusta”.

El estudio detalla que la dieta actual está determinada por la escasez, la inflación y la exclusión, no por la elección libre ni por requerimientos nutricionales.

La CBA calculada incluye alimentos básicos disponibles, privilegiando aquellos más accesibles en mercados estatales y privados.

Sin embargo, incluso con esta lógica restringida, el costo mensual sigue siendo inalcanzable para la mayoría, que debe sobrevivir con un salario promedio equivalente a unos 17 dólares en el mercado informal.

Las diferencias de precios entre provincias, la limitada variedad de productos en las bodegas estatales y la elevada dependencia de alimentos importados agravan la situación.

Productos esenciales como la leche, el huevo, el pollo o las frutas frescas se vuelven lujos, y la dieta promedio se sostiene con más arroz, pan y picadillo que con carnes o vegetales diversos.

Más allá de los números, el informe lanza una alerta ética: en un país donde comer bien implica un privilegio, la canasta básica alimentaria no puede seguir siendo una simulación estatal ni un instrumento propagandístico.

“Debe convertirse en un mínimo ético, visible, realista y digno”, propone el FMP, que pide repensar la seguridad alimentaria como un derecho sistemáticamente vulnerado y no como una variable económica o técnica.

Mientras tanto, millones de cubanos siguen enfrentando la misma pregunta cada mes: ¿cómo comer, si el salario no alcanza ni para empezar?

La crisis alimentaria en Cuba ha llegado a un punto en el que comer dignamente se ha convertido en un lujo. Más allá del elevado costo de la canasta básica alimentaria calculado por el Food Monitor Program, la misma organización ha emitido alarmas crecientes sobre el deterioro de los hábitos alimentarios, señalando que muchos cubanos apenas logran hacer una sola comida al día debido a la escasez y la inflación.

Más de nueve millones de personas cocinan en condiciones precarias, según informes que destacan la falta de acceso a combustibles y equipamiento básico.

Esta situación agrava aún más la inseguridad alimentaria, ya que limita no solo qué se puede comer, sino también cómo se prepara la comida en los hogares cubanos.

En paralelo, una de cada cuatro personas admite haberse acostado sin cenar, en una muestra cruda de cómo el hambre se ha normalizado en el país.

Las cifras no solo hablan de pobreza, sino de una precariedad alimentaria estructural que golpea a millones de familias cada día.

Todo esto ocurre en un contexto donde la situación económica es comparada con el Período Especial, pero con menos garantías estatales, mayor dependencia del mercado informal y un sistema de racionamiento prácticamente simbólico.

El problema alimentario ha dejado de ser coyuntural: se ha convertido en un signo permanente de exclusión y abandono.

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