Pescadores matanceros revelan nuevos detalles del misterioso impacto que hundió su bote

Alexander Fernández (I) y Jorge Luis Ceballos (D) Foto © Captura video Facebook / Periódico Girón

Lo que parecía una tarde prometedora de pesca en la bahía de Matanzas se convirtió, en cuestión de minutos, en una carrera desesperada por salvar la vida y rescatar el fruto de años de esfuerzo.

Alexander Fernández y Jorge Luis Ceballos, dos pescadores experimentados, narraron en un reportaje de Girón cómo un golpe inesperado en la popa de su embarcación terminó por hundirla, dejándolos a la deriva en pleno mar.

La jornada comenzó alrededor de las tres de la tarde. El plan era aprovechar el atardecer para capturar bonitos, y todo indicaba que sería un buen día.

“No se veía un pescado en toda la bahía hasta que, cerca de las seis, los bonitos comenzaron a ‘guajear’ afuera. Pegamos tres de forma seguida”, relató Ceballos.

Pero al subir el último, un golpe seco y potente sacudió la lancha. “Fue en la parte trasera, justo en la popa. Automáticamente empezó a entrar mucha agua”, recordó.

El instinto les dijo que debían dirigirse a aguas menos profundas para evitar perder la embarcación. Alexander trató de achicar con una cubeta, pero la entrada de agua era tan violenta que el motor no tardó en apagarse.

El auxilio llegó de otro pescador que navegaba cerca. Al ver sus señas de socorro, se aproximó y lanzó una soga para remolcarlos.

“Todo pasó en menos de tres minutos; estábamos en medio del mar flotando”, contó Ceballos.

Sin embargo, la cuerda se rompió durante el arrastre. Aun así, lograron alcanzar una zona de diez brazas de profundidad, desde donde vieron cómo la lancha terminaba por hundirse.

Mientras tanto, en tierra, la presidenta de la base pesquera, Teresa, actuó con rapidez.

Movilizó a varios compañeros y en poco tiempo tres barcos grandes, junto a dos pescadores submarinos, llegaron al lugar.

Amarraron la embarcación con cáñamos gruesos y la sacaron hasta la bahía, recuperando además todo el equipo: remos, nylon, avíos de pesca e incluso el motor.

La pregunta inevitable es qué los golpeó. “En un primer momento pensé que era un tiburón”, confesó Ceballos.

“Pero ese día había una banda enorme de toninas en la bahía, y aunque nunca vi una con ese comportamiento, creo que pudo ser una de ellas.”

Alexander asintió: “Fue muy rápido y triste verla (la lancha) irse al fondo. Es el sacrificio de toda una vida, perderlo en nada”.

El susto fue tal que, según cuenta Ceballos, su compañero pensó que sería su último día como pescador. Sin embargo, una semana después, con la lancha reparada y el motor en condiciones, volvieron al mar. 

“La primera vez nos mirábamos con miedo, pero rompimos y seguimos. Esta es nuestra profesión”, dijo. Hoy ambos regresan a zonas profundas con más precaución, pero sin dejar de hacer lo que aman.

Y aunque no tienen certeza absoluta de qué criatura marina provocó el siniestro, coinciden en que aquella tarde cambió para siempre su manera de entender cuán frágiles pueden ser un hombre y su bote en las aguas abiertas.

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