
El reencuentro entre dos glorias del deporte cubano, la judoca Driulis González y el voleibolista Ihosvany Hernández, ocurrió el miércoles en Miami, lejos de la tierra donde alcanzaron sus mayores glorias pero también donde, han encontrado una nueva vida.
Fue el propio Hernández quien compartió en Facebook la imagen del momento, tomada en un dealer de Chevrolet donde trabaja como vendedor, junto a un mensaje cargado de afecto y nostalgia.
"Los años pasan pero el respeto, la admiración y la amistad nunca se pierde. El judo y el voleibol juntos una vez más en El Mejor Dealer del Mundo en ventas de Chevrolet. ¡Los Grandes con los Grandes! Driulis González, se te quiere mucho y que Dios te siga dando salud para que nunca se te borre esa sonrisa que contagia a todos los que te conocen con tu alegría", dijo.
En la publicación, decenas de seguidores felicitaron a ambos atletas y recordaron sus hazañas deportivas.
González, por su parte, respondió con sencillez: "Bendiciones, campeón, gracias por tu atención. Dios te cuide, saludos".
Historias cruzadas y un final común
Ihosvany Hernández, gigante de 2,06 metros, fue uno de los grandes pilares del voleibol cubano en la década de los 90.
Tres veces olímpico -Barcelona 1992, Atlanta 1996 y Sídney 2000-, acumuló medallas en Copas del Mundo, Mundiales, Ligas y Juegos Panamericanos.
Sin embargo, en 2001 tomó una de las decisiones más duras de su vida: desertar del equipo nacional junto a otros cinco compañeros durante un torneo en Bélgica.
Jugó como profesional en Italia, Turquía, Argentina, Polonia y Rumanía hasta su retiro en 2013. Pero su huida le costó caro: 13 años sin poder entrar a Cuba, diez sin ver a dos de sus hijos y siete sin reencontrarse con sus padres. Aun así, define su decisión de irse como "la mejor de mi vida".
Hoy, prospera como vendedor en un concesionario de Chevrolet en Miami, ayudando a otras familias a cumplir sueños que en la isla resultan inalcanzables.
Por su parte, Driulis González -considerada la mejor judoca cubana de todos los tiempos- también encontró en Miami un nuevo comienzo.
Tras brillar en cinco citas olímpicas, con un oro, una plata y dos bronces, y sumar tres títulos mundiales en diferentes divisiones, la guantanamera se dedica ahora a entrenar niños y adolescentes, transmitiendo una experiencia que el gobierno cubano ya no puede aprovechar.
El contraste con la Cuba que dejaron atrás
Ambos campeones simbolizan el contraste entre la gloria alcanzada en nombre de la bandera cubana y el olvido posterior del propio Estado. Mientras la propaganda oficial exhibe sus medallas como trofeos del sistema, ni Hernández ni González encontraron dentro del país el espacio para crecer ni la estabilidad necesaria para su futuro.
El reencuentro en Miami, celebrado con calidez y admiración, es también un recordatorio de cómo el gobierno cubano ha desperdiciado el talento de deportistas de élite, forzados a emigrar o desertar para buscar un porvenir digno para ellos y sus familiares.
Mientras Cuba sigue sumida en crisis, sin recursos ni proyección clara para su deporte, figuras como Ihosvany y Driulis construyen, en libertad, una vida lejos del control comunista.
Y su abrazo en Miami no es solo el de dos viejos amigos: es también el símbolo de una diáspora que el régimen nunca pudo silenciar.
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