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Nicolás Maduro ha reforzado su seguridad personal con nuevos agentes cubanos en su equipo y con más oficiales de contrainteligencia infiltrados en el ejército venezolano, en medio del temor de que sus propios aliados de La Habana puedan eliminarlo si cede el poder, según informes de inteligencia de Estados Unidos y un reportaje reciente de The New York Times.
Altos funcionarios estadounidenses citados por el portal Axios aseguran que el líder chavista teme ser asesinado por sus asesores cubanos si abandona el cargo, debido a la información sensible que maneja sobre operaciones conjuntas entre Caracas y La Habana.
Maduro, afirman esas fuentes, “sabe demasiado” sobre los acuerdos secretos que durante años han sostenido la alianza entre ambos regímenes, incluyendo operaciones de narcotráfico, transacciones financieras irregulares y maniobras de inteligencia en América Latina.
El informe añade que el gobernante venezolano ha tomado medidas extremas para protegerse: cambia de cama y de teléfono móvil con frecuencia, se mueve entre distintas residencias en Caracas y ha reforzado su escolta con agentes cubanos especializados en contraespionaje.
Según The New York Times, Maduro desconfía incluso de su entorno militar y ha ordenado la incorporación de más oficiales del G2 cubano —el servicio de inteligencia de la isla— en la seguridad presidencial y en la estructura del ejército. El objetivo es detectar posibles traiciones internas, pero también garantizar la presencia directa de La Habana en el aparato de poder venezolano.
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Esa influencia no es nueva. Desde la muerte de Hugo Chávez en 2013, Cuba ha controlado los principales organismos de inteligencia y seguridad de Venezuela. Miles de asesores cubanos operan en los servicios del SEBIN y la DGCIM, supervisando tanto las operaciones políticas como la vigilancia de los propios militares.
A cambio, La Habana recibe petróleo, divisas y respaldo diplomático, lo que ha permitido al régimen cubano sostener su economía en medio de la crisis energética.
Washington considera que esa alianza es una amenaza directa para la estabilidad regional. Las agencias estadounidenses señalan que la red cubano-venezolana facilita el flujo de drogas y dinero en el Caribe, además de servir como plataforma de operaciones para Rusia, China e Irán.
Aunque el presidente Donald Trump mantiene abierta la posibilidad de una salida negociada, el aumento de la presión militar estadounidense en el Caribe refleja un mensaje claro: el fin de la impunidad del eje Caracas-La Habana.
La operación naval Southern Spear (Lanza del Sur), oficialmente dirigida contra el narcotráfico, ha destruido más de 20 embarcaciones vinculadas a redes venezolanas, dejando al menos 80 muertos, según datos de inteligencia filtrados.
“Tenemos operaciones encubiertas, pero no están diseñadas para matar a Maduro”, dijo un alto funcionario de la Casa Blanca citado por Axios. “Sin embargo, su permanencia depende de la protección cubana, y también del miedo que les tiene”.
A pesar de ese escenario, Maduro intenta proyectar una imagen de calma. Aparece en actos públicos sin previo aviso, baila, graba videos para TikTok y repite consignas de “paz y soberanía”, mientras se esconde cada noche en lugares distintos. Su retórica desafiante contrasta con su creciente paranoia.
La paradoja es que Maduro no teme a Washington, sino a quienes lo sostienen. Cuba se ha convertido en su guardián y su carcelero: controla la seguridad que lo protege, pero también la que podría eliminarlo.
El destino del chavismo, según analistas, ya no se define en Caracas, sino en La Habana. Y el miedo de Maduro a sus propios aliados marca el ocaso de una revolución que, al entregar su soberanía a Cuba, terminó presa de su propia dependencia.
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