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La administración de Donald J. Trump acaba de publicar la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 (NSS 2025), un documento que redefine las prioridades globales de Estados Unidos y que, por primera vez en décadas, coloca al Hemisferio Occidental como el centro de la política exterior y de defensa estadounidense.
El texto, presentado por la Casa Blanca a inicios de diciembre, marca un giro drástico respecto a los enfoques globalistas de los últimos años y abre un nuevo tablero de poder con implicaciones directas para América Latina — y especialmente para el régimen cubano.
“América Primero”, versión hemisférica
La nueva estrategia se fundamenta en una idea sencilla y contundente: Estados Unidos debe priorizar sus propios intereses nacionales y su seguridad interna antes que cualquier compromiso internacional.
En sus propias palabras: “Nuestro objetivo es la protección de los intereses nacionales fundamentales de Estados Unidos. Ese es el único foco de esta estrategia”.
La NSS 2025 describe este viraje como una “corrección bienvenida” tras décadas de “errores estratégicos” cometidos por las élites políticas estadounidenses, que —según el texto— se enfocaron en guerras lejanas y proyectos idealistas mientras descuidaban su propio hemisferio.
El documento revive, en términos prácticos, una versión actualizada de la Doctrina Monroe, con lo que algunos analistas han llamado el “Corolario Trump”: impedir que potencias extranjeras —léase China, Rusia o Irán— expandan su influencia en América Latina y el Caribe.
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Un regreso al “patio trasero”
El mensaje es inequívoco: Washington mira de nuevo hacia el sur. La NSS 2025 considera que la presencia de potencias extra-hemisféricas en Latinoamérica constituye una amenaza directa a la seguridad nacional de EE. UU., especialmente cuando esos actores mantienen vínculos con regímenes autoritarios o antiestadounidenses.
Esto tiene consecuencias obvias para Cuba, Venezuela y Nicaragua, los tres regímenes más estrechamente ligados a Moscú, Pekín y Teherán.
Para la Isla, que ha sobrevivido durante décadas gracias a sus alianzas estratégicas con Rusia y China, la nueva doctrina de seguridad estadounidense se perfila como una presión creciente que se manifiesta en varios frentes entrelazados.
En el ámbito diplomático y sancionador, Washington podría endurecer su postura hacia La Habana, reactivando mecanismos de aislamiento financiero, comercial y político que devuelvan al régimen a la soledad internacional de los noventa.
Esa presión no sería solo económica, sino también simbólica: una advertencia de que los tiempos de indulgencia y diálogo tibio han quedado atrás.
En el terreno informativo y de influencia, la estrategia introduce una novedad significativa al hablar de “contrarrestar las operaciones de propaganda extranjera y sus ecos en la región”.
Esa formulación abre la puerta a una ofensiva comunicacional y tecnológica en el Caribe, destinada a limitar la narrativa del castrismo y de sus aliados, y a neutralizar la maquinaria de desinformación que Moscú y Pekín han desplegado desde La Habana hacia América Latina.
Por último, el frente económico y logístico apunta directamente al corazón de las alianzas internacionales del régimen. La nueva estrategia prioriza impedir que potencias extranjeras controlen “activos estratégicos del hemisferio”, una categoría que abarca desde puertos e instalaciones energéticas hasta redes tecnológicas.
En ese contexto, la cooperación china en infraestructura portuaria, cables submarinos o proyectos biotecnológicos en Cuba podría quedar bajo revisión, o incluso ser objeto de sanciones. La advertencia es clara: Washington no permitirá que la Isla siga funcionando como una extensión de los intereses de Pekín y Moscú en el Caribe.
En términos simples: Estados Unidos quiere expulsar a los rivales globales del continente americano, y Cuba es una pieza central en ese tablero.
Rusia y China: Adversarios, no enemigos totales
A diferencia de las estrategias anteriores —como las de 2017 y 2022—, la NSS 2025 ya no presenta a Rusia ni a China como amenazas universales en todos los escenarios. El nuevo enfoque es más selectivo: Washington reconoce la competencia, pero busca evitar la confrontación permanente.
Sin embargo, esto no implica tolerancia. En el Indo-Pacífico, la disuasión frente a China sigue siendo prioritaria, mientras que en el ámbito europeo la Casa Blanca sugiere una redistribución de responsabilidades dentro de la OTAN, reduciendo la carga estadounidense.
Analistas del Center for Strategic and International Studies (CSIS) y de la Fundación para la Paz (FPRI) coinciden en que este “realineamiento hemisférico” podría abrir espacios de diálogo con Rusia —por ejemplo, en temas de control nuclear—, pero también reforzar la presión sobre los aliados latinoamericanos de Moscú.
Para el régimen de La Habana, esto significa un endurecimiento indirecto: si Washington reduce su atención a Europa y Oriente Medio, tendrá más margen político y operativo para centrarse en el Caribe y Centroamérica.
Un mundo menos global, más regional
La NSS 2025 rompe con la tradición de “liderazgo mundial” que caracterizó la política exterior estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial. Trump lo deja claro: no se trata de reconstruir democracias ajenas, sino de proteger la república estadounidense frente a amenazas internas y regionales.
El documento insiste en “reducir compromisos militares en regiones de baja prioridad” y en fortalecer el poder industrial, energético y científico de EE. UU. para mantener su supremacía. Es decir, el país se repliega para fortalecerse desde dentro —y proyectar fuerza solo donde le conviene.
En Europa, esta retirada parcial ya ha generado alarma. La estrategia advierte sobre una supuesta “pérdida civilizacional” del continente y exige que los aliados europeos asuman mayor responsabilidad en su defensa. En otras palabras, la OTAN seguirá existiendo, pero sin la chequera ni el músculo militar de Washington como antes.
Reacciones y críticas
Las reacciones no se han hecho esperar. En Bruselas y Berlín, la estrategia se ha interpretado como un aviso de repliegue estadounidense y un desafío al orden atlántico.
En Pekín y Moscú, la lectura es distinta: ven en el texto una confirmación del declive de la hegemonía global de EE. UU., aunque reconocen que su influencia militar y económica en el continente americano sigue siendo innegable.
Por su parte, en Teherán, el gobierno iraní denunció que la NSS 2025 “refuerza el dominio de Israel en Asia Occidental” y tilda el documento de “instrumento de imperialismo regional”.
En el plano académico, expertos del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE) advierten que la nueva política puede “fragmentar el orden internacional y abrir un ciclo de competencia multipolar inestable”, al debilitar los mecanismos tradicionales de cooperación y sustituirlos por alianzas de conveniencia.
Por su parte, think tanks estadounidenses como el Atlantic Council alertan que el llamado “Corolario Trump” podría provocar tensiones y crisis políticas en América Latina, especialmente en aquellos países donde la influencia china o rusa se combina con gobiernos populistas o autoritarios.
En su lectura, la reactivación de la doctrina monroísta no sólo redefine la política exterior de Washington, sino que podría encender una nueva etapa de confrontaciones diplomáticas, sanciones cruzadas y realineamientos geopolíticos que afecten directamente a la estabilidad de la región.
¿Y Cuba? Tres posibles escenarios
En el horizonte que dibuja la nueva estrategia estadounidense, el futuro del régimen cubano se bifurca en tres caminos posibles que se entrelazan con el pulso de la geopolítica hemisférica.
El primero es el de la presión total, un escenario en el que Washington decide apretar todas las tuercas: amplía sanciones, moviliza apoyo diplomático en la región y busca alinear a gobiernos regionales en una estrategia común para aislar a La Habana.
En este contexto, el objetivo sería cortar los vínculos financieros, tecnológicos y militares que el castrismo mantiene con Pekín y Moscú, reduciendo su margen de maniobra hasta llevarlo a una asfixia política y económica.
El segundo camino es el del equilibrio tenso, una mezcla de coerción y pragmatismo. En este escenario, Estados Unidos combinaría las sanciones con incentivos económicos y políticos, tratando de forzar al régimen hacia una apertura controlada o incluso propiciar un relevo de liderazgo que le permita a Washington recuperar influencia sin provocar un colapso repentino.
Sería una estrategia de presión calculada, donde cada movimiento buscaría desatar transformaciones internas sin desencadenar una crisis humanitaria de gran escala.
Y, finalmente, queda la opción de la coexistencia tensa, en la que el régimen cubano logra mantener su red de apoyo con China y Rusia, aferrándose a la multipolaridad como salvavidas ideológico y financiero.
En este escenario, La Habana se convertiría en un punto de resistencia simbólica dentro del nuevo tablero hemisférico, mientras Estados Unidos reforzaría su presencia en el Caribe mediante bases, inversiones y alianzas con gobiernos afines.
Sería un equilibrio inestable, una partida prolongada donde ninguna de las partes cedería del todo, pero ambas aceptarían que la confrontación directa ya no sirve: Cuba seguiría resistiendo, y Washington seguiría esperando su desgaste natural.
Cualquiera de los tres escenarios supone una presión creciente sobre el castrismo, que enfrenta además una crisis económica sin precedentes, el desplome del turismo, el éxodo migratorio y la pérdida de legitimidad interna.
Conclusión
La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 no es sólo un documento burocrático: es la hoja de ruta de un cambio geopolítico profundo.
Marca el retorno de EE. UU. al “patio trasero” que durante años había dejado en manos de China, Rusia y sus socios locales.
Y si algo deja claro es que Cuba vuelve al centro de las prioridades estratégicas de Washington, no como amenaza militar, sino como símbolo de influencia extranjera en el continente americano.
En un mundo que se vuelve cada vez más regional y competitivo, el régimen de La Habana tendrá que moverse con cautela: ya no enfrenta a un adversario global distraído, sino a un vecino poderoso que ha decidido mirar, otra vez, hacia el sur.
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