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El encargado de Negocios de Estados Unidos en La Habana, Mike Hammer, lanzó uno de sus mensajes más directos sobre la situación política en Cuba al afirmar que el régimen funciona como una dictadura y al insistir en la necesidad de liberar a todos los presos políticos.
Al mismo tiempo, el diplomático estadounidense aseguró percibir un cambio en el ánimo de la población cubana, marcada por el desgaste económico y la pérdida del miedo.
En una entrevista concedida recientemente al diario español ABC, el funcionario del Departamento de Estado fue tajante cuando se le preguntó por quienes evitan calificar al sistema cubano como dictadura.
“Si en un país uno no se puede expresar libremente y te encarcelan por sacar un letrerito, que me digan que no es dictadura”, afirmó. Y añadió un desafío: que quienes tengan dudas visiten la isla, recorran sus calles y hablen con la gente común, no solo con voceros oficialistas.
El diplomático subrayó que la represión no es un fenómeno retórico, sino una realidad cotidiana. Mencionó casos de jóvenes encarcelados y la situación de periodistas independientes que enfrentan vigilancia constante.
Además, cuestionó las prioridades del gobierno en medio de la crisis energética: mientras la población soporta apagones prolongados y escasez de combustible, las fuerzas de seguridad disponen de recursos para operar.
“Las patrullas sí tienen gasolina para moverse y seguirme a mí, o para ir a detener o encarcelar a cualquier persona que diga algo que no le guste al régimen”, afirmó. La frase resume una de las críticas centrales de Washington: que el aparato represivo se mantiene operativo aun cuando los servicios básicos colapsan.
En paralelo, Hammer insistió en que Estados Unidos mantiene como prioridad la liberación de todos los presos políticos. El señalamiento se produce en un contexto de creciente presión de la administración del presidente Donald Trump sobre La Habana, con sanciones energéticas y advertencias a países que suministren petróleo a la isla.
Sin embargo, más allá de la denuncia, el diplomático introdujo un elemento que apunta a una transformación en el clima social. Según relató, cuando llegó a Cuba en noviembre de 2024 no se hablaba abiertamente de cambios políticos. Hoy, asegura, la percepción es distinta. “La gente no pregunta si va a pasar, sino cuándo”, señaló.
Esa apreciación, aunque subjetiva, coincide con una realidad marcada por la crisis económica estructural. Apagones de ocho y hasta diez horas diarias en varias provincias, escasez de alimentos y combustible, deterioro hospitalario y una emigración masiva que ha vaciado barrios enteros. Más de un millón de cubanos han abandonado el país en la última década, en una nación con menos de 11 millones de habitantes.
Hammer afirmó que percibe que “a los cubanos se les está quitando el miedo”. Para el diplomático, la combinación de presión internacional, agotamiento económico y creciente acceso a información ha modificado la actitud de sectores de la población que durante décadas evitaron expresar críticas abiertamente.
No obstante, la maquinaria represiva continúa mostrando capacidad de control. La vigilancia a opositores, periodistas y activistas sigue siendo constante, y cualquier señal de interlocución con actores extranjeros puede acarrear represalias.
El contraste entre una sociedad agotada y un régimen totalitario cerrado define el momento actual. Mientras Washington incrementa la presión y habla abiertamente de posibles cambios, La Habana rechaza lo que considera injerencias externas y defiende su modelo.
Las declaraciones de Hammer colocan nuevamente el foco en la cuestión de los derechos humanos como eje del debate sobre el futuro de Cuba.
Más allá de los escenarios geopolíticos, el diplomático insistió en que el centro debe ser el ciudadano común: su derecho a expresarse sin temor, a elegir a sus gobernantes y a vivir sin represión.
Si el cambio político se concreta o no en el corto plazo dependerá de múltiples factores internos y externos.
Pero el señalamiento directo sobre la naturaleza del régimen y la percepción de un cambio en el ánimo social refuerzan la idea de que la isla atraviesa un momento de tensión acumulada, donde la presión política y el desgaste económico se cruzan con una ciudadanía cada vez más consciente de su realidad.
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