Las conversaciones discretas entre la administración de Donald Trump y representantes del poder real en Cuba avanzan en medio de una posibilidad que hasta hace poco parecía impensable: la salida de Miguel Díaz-Canel como figura principal del régimen comunista.
Según reveló el Miami Herald, el gobierno estadounidense considera que el gobernante cubano podría convertirse en un obstáculo para los cambios económicos y políticos que Washington busca impulsar como parte de una negociación más amplia con La Habana.
De acuerdo con una fuente citada por el diario, esa valoración ya habría sido transmitida a la parte cubana en los contactos que se desarrollan por canales no oficiales.
Díaz-Canel, designado por Raúl Castro primero como presidente en 2018 y luego como primer secretario del Partido Comunista en 2021, ha quedado al margen de las conversaciones sostenidas entre asesores del secretario de Estado Marco Rubio y Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto y estrecho colaborador de Raúl Castro, conocido como El Cangrejo.
El encuentro más reciente tuvo lugar la semana pasada en Saint Kitts, al margen de la cumbre anual de CARICOM.
Rodríguez Castro no es un actor menor. Además de formar parte del círculo íntimo del general retirado, está vinculado a la gestión de GAESA, el conglomerado militar que controla alrededor del 70 % de la economía dolarizada cubana, incluyendo puertos estratégicos como el Mariel, cadenas hoteleras y estaciones de combustible.
Su protagonismo en estos contactos refuerza la percepción de que el verdadero poder en Cuba sigue concentrado en la familia Castro y en las Fuerzas Armadas.
La administración Trump ha incrementado la presión sobre el régimen. Tras la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro en una operación militar estadounidense a inicios de enero, Washington cortó suministros petroleros clave hacia la Isla.
El presidente Trump ha calificado en varias ocasiones a Cuba como una “nación fallida” y ha insistido en la necesidad de un acuerdo que evite un colapso total.
Por su parte, Rubio ha señalado que Estados Unidos no espera transformaciones inmediatas, pero sí “cambios dramáticos” en el modelo económico centralizado.
Fuentes citadas por el Herald indicaron que se ha discutido la posibilidad de un alivio gradual de sanciones a cambio de reformas estructurales.
En ese contexto, Díaz-Canel sería visto como demasiado ideológico y, al mismo tiempo, carente del poder real necesario para garantizar el cumplimiento de cualquier acuerdo.
Su eventual destitución pondría a prueba hasta qué punto la élite gobernante está dispuesta a ceder para evitar escenarios más drásticos, incluyendo una mayor presión internacional o incluso acciones militares.
No obstante, el movimiento no sería sencillo. Díaz-Canel no solo ocupa la presidencia, sino también la jefatura del Partido Comunista, el pilar simbólico del sistema. Analistas consultados por el Herald advierten que removerlo implicaría un cambio profundo que requeriría garantías mutuas en una negociación integral.
Para muchos cubanos, sin embargo, su salida no generaría sorpresa. El gobernante arrastra una fuerte impopularidad, especialmente desde las protestas del 11 de julio de 2021, cuando llamó públicamente a los partidarios del régimen a enfrentar a los manifestantes “por todos los medios necesarios”.
Cientos de los detenidos ese día continúan en prisión y forman parte del millar de presos políticos que se estima existen en el país.
Durante su mandato, Cuba ha vivido el mayor éxodo de su historia, con casi tres millones de personas que han abandonado la Isla desde 2020. La crisis económica, el desabastecimiento crónico y los apagones prolongados han erosionado aún más la credibilidad del gobierno de la llamada “continuidad”.
Aunque Díaz-Canel ha reiterado en múltiples ocasiones la necesidad de “transformaciones urgentes” del modelo económico, economistas independientes consideran insuficientes las medidas anunciadas, como mayor autonomía para empresas estatales o gobiernos locales.
Expertos señalan que sacrificar a Díaz-Canel podría servir como gesto político hacia Washington, pero no alteraría necesariamente las bases reales del poder, que permanecen en manos de la cúpula militar y del entorno de Raúl Castro.
Aun así, en sistemas autoritarios los símbolos importan, y un relevo en la cúpula enviaría una señal potente tanto a la comunidad internacional como a la población cubana.
Mientras crecen las expectativas de un cambio de régimen, también existe la posibilidad de que Díaz-Canel logre sobrevivir una vez más a las tensiones internas y externas.
Su permanencia o caída dependerá, en última instancia, de los cálculos del núcleo duro que controla el país y de hasta dónde esté dispuesto a negociar el futuro de Cuba en un escenario de transición cada vez más plausible.
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