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La reciente puesta en escena del régimen cubano en torno al fusil AKM entregado al cantautor Silvio Rodríguez ha vuelto a evidenciar una de las constantes del poder en la isla: la prioridad de la propaganda política incluso en medio de una crisis económica severa que golpea a la población.
Todo comenzó con una frase. “Exijo mi AKM, si se lanzan”, escribió Silvio en su blog, en referencia a una hipotética intervención militar de Estados Unidos.
Lo que pudo quedar en retórica escaló rápidamente: días después, el artista recibió un fusil en un acto oficial, posteriormente justificado por voceros del régimen en nombre de la “defensa de la soberanía”.
Pero más allá del gesto simbólico, la realidad económica impone otra lectura.
Un fusil tipo AKM —o su variante plegable AKMS— puede alcanzar en el mercado civil entre 700 y 1.200 euros, lo que equivale aproximadamente a 406.000 – 696.000 CUP al cambio informal (580 CUP por euro). Es decir, entre 62 y 107 salarios medios mensuales en Cuba, donde el ingreso ronda los 6.500 CUP.
El contraste es aún más elocuente cuando se baja a la vida cotidiana. En el mercado informal, un litro de aceite puede costar entre 1.500 y 2.500 CUP; un paquete de pollo supera fácilmente los 3.000 CUP; y productos básicos como arroz, huevos o pan han sufrido incrementos constantes en los últimos meses. Para muchas familias, el salario apenas alcanza para cubrir unos pocos días de alimentación.
En ese contexto, el problema no es solo el valor del arma, sino todo el aparato que la rodea: actos oficiales, movilización institucional, cobertura mediática y amplificación en redes. Recursos públicos destinados a reforzar una narrativa política mientras hospitales carecen de insumos, el transporte público colapsa y los apagones forman parte de la rutina diaria.
Hay además un elemento particularmente revelador. En Cuba, la tenencia de armas por civiles está estrictamente prohibida. El Estado mantiene un control absoluto sobre el armamento. Por eso, la entrega de un fusil a una figura pública no es un gesto inocente, sino una escenificación cuidadosamente diseñada: una mezcla de propaganda, alineación ideológica y demostración simbólica de poder.
Mientras tanto, la población enfrenta otra batalla, mucho más urgente y real: sobrevivir.
El episodio del AKM de Silvio no trata realmente sobre un arma. Trata sobre prioridades. Sobre un poder que invierte en símbolos de confrontación mientras millones de cubanos lidian con la escasez, la inflación y la incertidumbre. Sobre un discurso que invoca la soberanía, pero no logra garantizar algo mucho más básico: condiciones de vida dignas.
En un país donde el salario medio no alcanza para llenar la despensa, cada gesto propagandístico pesa más. Y cada fusil exhibido dice menos sobre la defensa de la nación que sobre el abandono de su gente.
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