El AKM de Silvio Rodríguez: Cuando el “enemigo externo” justifica una soberanía sin ciudadanos

Imagen de referencia creada con Inteligencia Artificial © CiberCuba / ChatGPT
Imagen de referencia creada con Inteligencia Artificial Foto © CiberCuba / ChatGPT

Vídeos relacionados:

La frase no deja mucho espacio para la ambigüedad: “Exijo mi AKM, si se lanzan. Y conste que lo digo muy en serio”.  

A sus 79 años, Silvio Rodríguez volvió a colocarse —al menos en el plano simbólico— en la trinchera de la defensa armada de Cuba ante una eventual intervención de Estados Unidos.  

No fue una salida de tono aislada. Fue, en realidad, una síntesis bastante fiel de una posición que ha sostenido durante décadas: crítica interna, sí; ruptura con el poder, no

Pero esa declaración, leída a la luz de sus propias palabras en los últimos años, expone una contradicción difícil de ignorar. ¿Qué significa exactamente defender la “soberanía” de un país donde el ciudadano no tiene derechos políticos efectivos? ¿A quién se está defendiendo realmente? 

En teoría, la soberanía reside en el pueblo. No en el Estado, no en el gobierno, no en una élite política ni en un proceso histórico congelado en el tiempo. Sin embargo, en el discurso oficial cubano —y Silvio no escapa a él— la soberanía se ha desplazado: ya no es el poder de los ciudadanos, sino la preservación del sistema que los gobierna.  

Así, defender la soberanía termina siendo, en la práctica, defender al poder. Ahí está el núcleo del problema

Silvio ha reconocido, con mayor o menor claridad, que en Cuba hay errores graves: condenas desproporcionadas, cerrazón política, miedo, emigración masiva, deterioro material, un sistema que se ha convertido en “lastre”.  

Ha dicho incluso que el pueblo podría acabar enfrentándose al gobierno. No son frases menores. Pero cuando llega el momento de posicionarse en términos absolutos, su brújula apunta siempre en la misma dirección: cerrar filas frente al “enemigo externo”

Y es ahí donde la contradicción se vuelve más evidente. 

Porque no se le ha escuchado exigir con la misma contundencia —ni simbólica ni real— los derechos fundamentales de los cubanos. No hay un “exijo la libertad de los presos políticos”, o un “exijo elecciones libres”. En cambio, sí aparece un “exijo mi AKM”. 

El contraste es incómodo. 

¿Por qué esa disposición a la confrontación cuando el conflicto es externo, y esa cautela cuando el problema es interno? La respuesta no es solo personal; es estructural.  

Durante décadas, el discurso revolucionario ha construido una equivalencia casi automática: patria, Estado, gobierno y “revolución” son lo mismo. Bajo esa lógica, cuestionar al poder no es un acto de ciudadanía, sino una amenaza a la nación. 

Y así, el orden moral se invierte. 

La defensa de la soberanía —entendida como resistencia frente a Estados Unidos— se coloca por encima de la defensa de los derechos fundamentales. Primero la “patria”, después el ciudadano. Primero la “épica”, después la libertad. El problema es que ese “después” nunca llega. 

El derecho internacional contemporáneo es bastante claro en este punto: la soberanía no es un cheque en blanco. Es una responsabilidad.  

Un Estado que no garantiza libertades básicas, que limita la participación política, que reprime la disidencia o que condena a su población a condiciones de vida precarias, no puede escudarse indefinidamente en la soberanía para justificar su actuación.  

La soberanía sin ciudadanos libres es, en el mejor de los casos, una ficción jurídica; en el peor, una herramienta de control

Desde esa perspectiva, la pregunta no es si Cuba debe defenderse de una agresión externa —cualquier país tiene ese derecho—, sino qué se está defendiendo exactamente.  

Porque si el “soberano” —el pueblo— no puede expresarse, organizarse ni elegir, la defensa de la soberanía se convierte en la defensa de un poder que actúa sin ese pueblo. 

La figura de Silvio Rodríguez encarna esa tensión como pocas. Es alguien que ve las grietas, que las nombra a medias, que las susurra.  

Pero también es alguien que, llegado el momento decisivo, no cruza la línea. Su lealtad a la llamada “revolución” —más emocional que política a estas alturas— sigue pesando más que su crítica. 

Por eso su “AKM” es, sobre todo, un símbolo. 

No de una guerra real, sino de una fidelidad necia: a una idea de país donde la soberanía se defiende hacia afuera, pero rara vez se ejerce hacia adentro. Donde el enemigo está siempre fuera, aunque la represión y la frustración crezcan dentro. Donde se invoca al pueblo, pero se le concede poco espacio para ser verdaderamente soberano. 

La paradoja es evidente: se está dispuesto a luchar por la soberanía del Estado dictatorial, pero no a confrontar con la misma firmeza la falta de soberanía del pueblo cubano. 

Y esa, más que cualquier declaración, es la contradicción que define no solo a Silvio Rodríguez, sino a toda una narrativa política que, durante décadas, ha confundido poder con patria y lealtad con silencio. 

COMENTAR

Archivado en:

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Iván León

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y RR.II. por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en RR.II. e Integración Europea por la UAB.






¿Tienes algo que reportar?
Escribe a CiberCuba:

editores@cibercuba.com

+1 786 3965 689


Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.




Siguiente artículo:

No hay más noticias que mostrar, visitar Portada