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Anoche, cerca de las once, me comuniqué con una fuente en una unidad del Ministerio del Interior en el Occidente de Cuba. Lo que me contó es escandaloso, pero muy representativo de un régimen extremadamente hipócrita e inmoral.
Según esta fuente, jefes de su unidad comentaban que el terremoto en Venezuela les daba otro respiro, tal como antes se lo había dado la guerra de Estados Unidos e Israel contra los fundamentalistas de Irán. La explicación es brutal: la tragedia venezolana podría retrasar el proceso de transición democrática en ese país y alejar o posponer una eventual acción estadounidense contra la dictadura castro-comunista.
No tengo pruebas para afirmar que esta sea la posición oficial de los altos mandos, pero tampoco la descarto. Quienes conocemos la naturaleza del sistema sabemos que su lógica ha sido siempre convertir el dolor ajeno, ciertas “causas nobles” y la solidaridad internacional, en instrumentos propagandísticos para sostener su monopolio del poder.
La supuesta amistad “profunda”, “sincera”, “desinteresada” y “eterna” entre Fidel Castro y Hugo Chávez tuvo, desde muy temprano, un reverso nada romántico. Mientras ambos proclamaban hermandad entre los pueblos, cooperación solidaria y unidad revolucionaria, numerosos testimonios de médicos cubanos describieron un sistema de presiones para inflar consultas, ingresos hospitalarios, tratamientos y estadísticas de atención.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha recogido denuncias de personal sanitario obligado a cumplir metas vinculadas a objetivos económicos de las misiones. Cuando no llegaban suficientes pacientes, algunos relataron que debían inventarlos; cuando no se alcanzaban los números requeridos de ingresos o procedimientos, se manipulaban los registros. En resumen: se fabricaba una imagen de actividad médica superior a la real.
No se debe culpar a los médicos sometidos a esas presiones. Muchos fueron víctimas de un aparato represivo que podía sancionarlos, repatriarlos, afectar a sus familias o arrebatarles las pocas oportunidades materiales que encontraban fuera de Cuba. La responsabilidad recae en los jefes de misión, los supervisores políticos y las estructuras estatales que convierten la medicina en herramienta de propaganda y de negocio.
El mecanismo era claro: a mayor número de consultas, ingresos, medicamentos y procedimientos reportados, mayor parecía el “éxito” de la misión cubana en Venezuela. Esa ficción justificaba la presencia masiva de personal cubano —incluidos muchos agentes de inteligencia—, los convenios de cooperación, la venta de servicios y los cuantiosos beneficios que recibía La Habana, todo sostenido principalmente por el petróleo venezolano.
Por eso resulta tan inquietante que, en medio de una tragedia humana como la que vive Venezuela, sectores dentro de las estructuras represivas cubanas vean el terremoto como una oportunidad estratégica. Mientras familias venezolanas buscan desaparecidos, entierran a sus muertos y pierden sus hogares, funcionarios cubanos podrían estar calculando cuánto tiempo adicional gana su dictadura.
No sería la primera vez que el régimen cubano sacrifica sus “principios” proclamados en aras de su supervivencia. En 1968, Fidel Castro reconoció que la invasión soviética de Checoslovaquia violaba la soberanía nacional, pero la justificó porque, según él, el bloque socialista tenía derecho a impedir que un país saliera de su órbita. También respaldó la invasión de Afganistán mientras presidía el Movimiento de Países No Alineados.
La lección es clara: para el castrismo, la soberanía es sagrada cuando protege a su dictadura; cuando estorba a sus aliados o a sus intereses, se relativiza, se reinterpretada o se aplasta.
Sus campañas a favor de los pueblos “oprimidos”, sus discursos contra el “imperialismo” y sus llamamientos a la solidaridad han engañado a muchos y aún conservan adeptos. Stalin, Hitler y especialmente Mao Zedong, los mayores criminales de la historia contemporánea, también los tienen. “Nada nuevo bajo el sol”, dice el Eclesiastés.
Mientras Estados Unidos —el país más solidario del mundo—, El Salvador y Argentina, gobiernos habitualmente difamados por la propaganda castrochavista, junto a otras naciones, envían equipos de rescate y ayuda humanitaria a Venezuela, los Castro y Díaz-Canel calculan cómo beneficiarse de la tragedia. Y lo más indignante es que, con demasiada frecuencia, terminan obteniendo abundante provecho del dolor ajeno.
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