
El relato épico de un desastre militar transmutado en victoria política ha nublado, durante décadas, la comprensión de la verdad histórica sobre el asalto al cuartel Moncada. Aquel 26 de julio de 1953 nació de una necesidad acuciante: propinar un golpe decisivo a un régimen de facto y restaurar el hilo constitucional de la República de Cuba. Sin embargo, ese derramamiento de sangre terminó sirviendo como la plataforma de propaganda personalista que entronizaría en el poder a un dictador aún más absoluto.
La figura de Fidel Castro genera hoy repulsión en millones de cubanos y adoración ciega en otros; es el patrón inherente a los dictadores, desde Stalin y Mao hasta Hitler o Mussolini. Tanto detractores como apologistas han forjado leyendas —rosas y negras— que oscilan entre la adulación y la recriminación. Aquí me impongo el deber de amordazar las pasiones para analizar, con rigor documental, ese domingo de carnaval que tiñó de sangre las calles de Santiago de Cuba.
Una interrogante recurrente es si Fidel Castro realmente "se perdió" en las calles santiagueras, ausentándose del clímax del combate. El Moncada era uno de los enclaves más céntricos y visibles de la ciudad; no tiene pérdida. La tesis de la desorientación geográfica es rotundamente nula: los propios protagonistas del asalto, algunos devenidos después en férreos opositores de Castro (como Mario Chanes de Armas y Gustavo Arcos Bergnes), lo corroboran. Fidel manejaba el segundo automóvil de la vanguardia, y Arcos confirma que estuvo dando órdenes en plena calle durante el tiroteo frente a la Posta 3. El fracaso no fue de orientación, fue de planificación táctica.
El plan dependía del factor sorpresa, que se desmoronó casi de inmediato. Los asaltantes, vestidos de militares, intentaron forzar la entrada de la Posta 3 con un grito autoritario: "¡Abran, que viene el general!". Pero el calzado civil, que no correspondía al reglamento, los delató. Al perder el sigilo, se abalanzaron sobre el cuartel confiando en que una guarnición entrenada reaccionaría con lentitud. Subestimar a un ejército regular en su propia fortaleza resultó tan temerario como ignorar la mordida de un pitbull.
En cuanto las ametralladoras pesadas, como la operada por el sargento Virués, comenzaron a barrer los accesos, la operación colapsó. Quienes lograron ingresar, quedaron atrapados; entre los que se salvaron por quedarse afuera figuraba el instigador del ataque, el Dr.Fidel Castro. Apenas unos minutos de fuego cruzado bastaron para que comprendiera que la incursión era una trampa mortal y dio la orden de retirada.
Curiosamente, el propio Fidel se encargó de blindarse de cualquier prueba objetiva sobre su actuación en el combate: cuando el forense fue a practicarle la prueba de la parafina, la rechazó de plano. "¿A mí? A mí no me la hacen; ponga que da positivo porque yo sí tiré", llegó a decir, según recoge el libro oficialista Moncada: Epopeya Heroica (1973). Fue el único combatiente al que no se le realizó. La negativa resulta reveladora: los testigos que estuvieron a su lado en el tiroteo —Arcos, de Armas, Bustillo, Granados— coinciden en que llevaba una Luger, pero ninguno lo vio dispararla. Fidel Castro estuvo en el Moncada, eso es innegable; pero que evitara el único examen capaz de zanjar la duda sobre su participación activa, y que ordenara la retirada abandonando a sus hombres, sí es motivo de debate.
Mientras tanto, los asaltantes destinados al Hospital Civil Saturnino Lora enfrentaban un destino lúgubre: aquella posición era una ratonera sin vías de escape, y estaban condenados desde el primer momento. Entre ellos se encontraba Abel Santamaría, quien, junto a la mayoría de los sublevados hechos prisioneros, fue víctima de fusilamientos extrajudiciales.
Sobre estos crímenes se construyó el núcleo de la mitología propagandística del régimen: el relato de torturas, castraciones y extracción de ojos que encanta a los consumidores de la historia oficialista. La narrativa gubernamental sostiene que a Haydée Santamaría se le mostraron los ojos ensangrentados de su hermano. Pero la evidencia lo desmonta: el soldado Ariel Matos testificó haber visto a Abel Santamaría vivo y sin mutilaciones alrededor de las seis de la tarde, con sus ojos intactos y solo una herida superficial en el mentón. No sabemos qué ojos le mostraron a Haydée, pero está claro que los de Abel no fueron.
El funerario Manuel Bartolomé y los médicos forenses de Santiago prepararon los cuerpos sin reportar signos de enucleación o desmembramiento. El propio Bartolomé, que recogió personalmente unos treinta y cuatro cuerpos, declaró no haber visto "ningún cadáver que presentara signos de tortura". No deseo tildar de mentirosa a una mujer que hoy no puede defender su testimonio; es posible que sus captores le mostraran restos de otra procedencia para quebrantarla. Pero la evidencia forense descarta que esa mutilación haya sido real.
Por otro lado Raúl Castro viajó a Santiago invitado por José Luis Tasende sin conocer el plan de ataque, y Fidel Castro se sorprendió al verlo en la granja Siboney horas antes del asalto. La falta de preparación de Raúl llevó a que su hermano lo destacara en una posición de fácil escape: el Palacio de Justicia. Su ubicación geográfica en la ciudad permitió que la huida de Raúl y su comitiva fuera relativamente sencilla, bastando con despojarse del uniforme y mezclarse con la población. No dudo que, en un momento de instinto fraternal, Fidel Castro prefiriera ubicar a su hermano en una posición táctica que le pudiera salvar el pellejo, evitando complicarlo en la encerrona suicida que representó el Saturnino Lora.
No se puede negar que los soldados agredidos se tomaron la justicia por sus manos, al calor de la venganza; a esos excesos espontáneos se sumó la orden del coronel del Río Chaviano de ejecutar sumariamente a los prisioneros cuyo examen de parafina resultara positivo —cerca de treinta— y de dispersar después los cuerpos para simular que habían caído en combate.
Fidel, sin embargo, se libró de ese destino en cuanto se conoció su identidad: era el esposo de Mirta Díaz-Balart, hija de una familia cercana a Batista, y su fusilamiento habría desatado un rechazo social que aún recordaba los tiempos de Machado. Ante la presión, Batista telefoneó al coronel: "Con tu cabeza tú respondes por la vida de Fidel Castro". Por eso, cuando Castro es rodeado por las fuerzas del teniente Pedro Sarría, este actúa de escudo humano —por iniciativa propia, según su entorno— cumpliendo en espíritu esa orden.
Visto a la distancia, ese asalto fallido puede homologarse a la desastrosa marcha de Hitler sobre Múnich: ambos fueron descalabros operativos que permitieron construir la narrativa de una victoria desde la derrota. Hitler capitalizaría su juicio para dictar el "Mein Kampf"; Fidel Castro seguiría esos pasos escribiendo "La historia me absolverá" —frase que aparece, de hecho, en la defensa de Hitler ante los tribunales alemanes—. Ni siquiera fue la frase pronunciada literalmente en el juicio: según el magistrado que lo presidió, Castro dijo "La historia, definitivamente, lo dirá todo"; la versión memorable se redactó después, en prisión.
Fueron, en suma, dos hombres que desde esa derrota militar supieron forjar una marca personal mesiánica que llevaría a sus naciones a la catástrofe totalitaria. Las intenciones de muchos de los jóvenes que ofrendaron la vida en el Moncada fueron indudablemente patrióticas y nobles. Eso solo me obliga a recordar la vieja certeza: el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.
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