
Una columna publicada este miércoles en Rolling Stone plantea una pregunta que incomoda a buena parte del progresismo estadounidense: ¿el crecimiento electoral de los socialistas democráticos está condenando al Partido Demócrata a perder la Casa Blanca?
Lo significativo no es solo el argumento, sino quién lo formula y desde dónde: el columnista Matt Bai lo publica en una revista históricamente identificada con el progresismo, lo que convierte el texto en una señal del malestar que crece incluso dentro del campo liberal.
Bai sostiene que Bernie Sanders operó como un caballo de Troya: se infiltró en el partido y reintrodujo el concepto de socialismo a una generación que, según el columnista, «no tiene memoria de las colas soviéticas, los gulags, los emigrantes cubanos en balsas ni el Invierno del Descontento británico».
Esa ausencia de memoria histórica, argumenta, facilitó que el término dejara de ser un estigma político.
El columnista distingue entre el socialismo como movimiento de presión y el DSA (Socialistas Democráticos de América) como organización con estructura real: miembros, dirigentes y hasta línea de productos.
«Este movimiento no es solo un movimiento. Es un partido real, con miembros, dirigentes y hasta merchandising. Donde otros movimientos sociales existían para empujar al Partido Demócrata hacia la izquierda, los socialistas democráticos buscan reemplazarlo», escribe Bai.
Las victorias electorales del DSA ya son concretas. Candidatos bajo esa bandera han ganado alcaldías en Nueva York, Seattle y están a punto de hacerlo en Washington D.C., además de varias primarias congresionales en Colorado y Nueva York.
Zohran Mamdani asumió como alcalde de Nueva York el 2 de enero de 2026, convirtiéndose en el alcalde más joven de la ciudad desde 1892.
Pero es la plataforma oficial del DSA la que Bai identifica como el principal obstáculo electoral. El programa incluye nacionalizar industrias enteras —bienes raíces y seguros, entre otras—, eliminar el seguro médico privado, cerrar todas las bases militares en el exterior, retirarse de la OTAN, abolir toda aplicación de las leyes migratorias y suprimir el Senado para que el Congreso elija al presidente.
Jon Cowan y Matt Bennett, cofundadores del grupo centrista Third Way, lo resumieron en un artículo de opinión en The Washington Post: «Las ideas de la organización son veneno electoral».
El debate tiene un ángulo especialmente relevante para la comunidad cubana. Bai señala que la nueva generación de votantes ya no recuerda a los balseros cubanos ni las consecuencias de los regímenes socialistas, lo que ha facilitado la normalización del término en la política estadounidense.
Esa brecha generacional es, para el columnista, uno de los factores que explica el avance del DSA.
El fenómeno ya tiene repercusiones dentro del propio partido. La presidenta del Partido Demócrata de Florida, Nikki Fried, admitió el 21 de julio que el socialismo «no vende» en ese estado, precisamente por la presencia masiva de exiliados cubanos y venezolanos que huyeron de regímenes de ese signo.
Nancy Pelosi, por su parte, ha reprendido públicamente a los candidatos socialistas por desafiar a incumbentes demócratas, con una advertencia directa: «No puedes ganar perdiendo».
Trump, que ha calificado a Mamdani de «comunista al 100%» y amenazó con recortar 7,400 millones de dólares en fondos federales a Nueva York, ha capitalizado el debate con una retórica anticomunista sostenida. En julio declaró en Truth Social que los demócratas «se saltaron el socialismo y cayeron directamente en el comunismo».
Bai cierra su columna con una advertencia que resume el dilema del partido: el movimiento que Sanders puso en marcha podría convertirse pronto en la voz institucional del Partido Demócrata. «Solo que no es necesariamente una voz que el resto de América quiera escuchar».
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