Cuba despide a Paula Alí, una gran dama de la escena que brilló en el teatro, el cine y la televisión, reconocida muy tardíamente en este 2026 con el Premio Nacional de Televisión, galardón que ni siquiera pudo ir a recoger.
Conocí a Paula Alí en un encuentro en casa de un amigo común, Yunier Díaz. Me reí, canté, poeticé... Era una mujer tan ávida de hacer reír, de compartir, de hablar desde su más tierno mundo interior, que aplastaba a todos sin proponérselo.
A lo largo de los años compartimos en el Rodair's Café, en la casa de otra grande y amiga del alma, Diana Rosa Suárez, en un estudio de la televisión o en una sala de teatro. ¡¡¡Siempre era la misma!!! Siempre, la misma sonrisa, el mismo decir cubano.

Nacida en Candelaria, Pinar del Río, en 1938, Paula caminó con elegancia por más de seis décadas de labor artística ininterrumpida. Su paso por la televisión fue de un constante crecimiento, mientras que en el teatro, su otro yo dio vida artística en colectivos fundamentales como el prestigioso Teatro Estudio y más tarde en la transgresora compañía Teatro El Público.
En el séptimo arte, sus actuaciones iban más allá del protagonismo: Guantanamera, Lista de espera, Nada y El Cuerno de la abundancia marcan su presencia siempre cubana y profesional.
Pero, sin dudas, fue la televisión el medio que más la unió a millones de cubanos, pues, como ella misma decía, era una forma de entrar a las casas sin pedir permiso. Participó en numerosas telenovelas, programas humorísticos y espacios dramatizados.
Dueña de un registro camaleónico, Paula Alí oscilaba con gracia infinita entre el llanto contenido del drama y la carcajada limpia del humor. No conocía la vanidad. Quienes tuvimos el privilegio de compartir con ella la mesa de un comedor o la sala de una casa reconocíamos a la misma mujer llana del set de filmación.
Era célebre su encanto natural para regalar versos, anécdotas sabrosas y dicharachos criollos sin cobrar cuota de divismo, haciendo del rato compartido una fiesta de la inteligencia y el afecto.
Paula Alí, la querida y dicharachera doctora de Punto G o la abuela Petra, en la telenovela Los hijos de Pandora, entre muchísimos papeles imborrables en el teatro, el cine y la televisón, deja una huella indeleble. Y es que ese arte tan suyo unió a generaciones de espectadores con sencillez, profesionalidad y una inmensa dimensión humana.
El cariño colectivo manifestado tras su muerte -que hoy enluta a la cultura nacional- no es más que la devolución de esa alegría que ella repartió gratis durante toda su existencia.
Hoy nos toca despedir a una grande entre las grandes, pero sobre todo, a una amiga entrañable que se esmeraba en que compartiera con ella sus poesías serias o humorísticas, salpicadas de ese humor cubano que la caracterizaba.
Se nos va una parte de la cosecha de oro de nuestra actuación, una mujer humilde que nunca se creyó su propia grandeza. Descansa en paz, Paulita. Tu última función ha terminado, pero tu ovación en el alma del pueblo será eterna.
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