El escritor e investigador cubano Frank Rodríguez, uno de los 14,048 menores que salieron de Cuba sin sus padres a través de la Operación Pedro Pan, reveló en una entrevista con Tania Costa para CiberCuba uno de los efectos psicológicos más perturbadores de aquella experiencia: al reencontrarse con su familia en Miami, tras un año viviendo con una familia estadounidense, no sentía nada hacia ellos.
«Llegué a Miami y yo conocía a mis padres pero yo no sentía nada hacia ellos. Porque ahí parece que hay un mecanismo de defensa psicológica que uno para no sufrir pues creas una barrera», explicó Rodríguez, que tenía apenas 12 años cuando salió de La Habana en agosto de 1961 junto a su hermana, y terminó acogido por una familia estadounidense, en Libby, Montana.
Lo que más pesa en su relato no es la frialdad emocional en sí, sino el silencio que la rodeó: «Nunca se lo dije a mis padres para no hacerlos sufrir. Pero es un reajuste y muchos niños cubanos de Pedro Pan nunca más se ajustaron y tuvieron problemas psicológicos».
Para explicar la decisión que tomaron tantas familias cubanas de enviar a sus hijos solos al extranjero, Rodríguez recurre a una metáfora directa: «Yo digo, Pedro Pan es similar a si usted tira a su hijo por una ventana. Bueno claro que no. Pero, y si las brasas y el humo ya están llegándole, no digo yo si tiro al niño. Entonces esa es la situación. Eran decisiones que tenían que tomarse».
En su caso, el miedo al adoctrinamiento fue determinante. «Yo no quería que me adoctrinaran. Mis padres no querían que me adoctrinaran. No quería que a mi hermana la mandaran a otra provincia», recuerda.
Su madre, que trabajaba en la farmacia del hospital Calixto García en La Habana —donde 24 de los 25 empleados eran miembros del Comité de Defensa de la Revolución—, tenía además una certeza que aceleró la decisión: «Mi madre, sobre todo, estaba clarísima de que después de Playa Girón, de Bahía de Cochinos, pues no iba a haber una solución rápida».
Rodríguez recuerda que en su colegio La Luz, bilingüe, los compañeros desaparecían durante años y luego reaparecían contando que habían ido a Canadá o Estados Unidos «a aprender inglés». Para él, que quería perfeccionar el idioma, la perspectiva sonaba atractiva. La realidad fue otra. «Obviamente no terminamos en ninguna escuela que no fuera la escuela pública que le tocaba a las personas que vivían en ese vecindario en Libby, Montana».
Uno de los elementos más angustiantes, subraya, no fue la separación en sí sino la imposibilidad de saber cuánto duraría. «El problema es que tú no sabes que va a ser un año. Si a mí me dicen que en un año vas a ver a tus padres, yo estoy de vacaciones en Montana. El problema es que uno correctamente no podía pronosticar lo que iba a ocurrir».
Sus padres se habían quedado en Cuba al cuidado de sus abuelos. Finalmente todos lograron salir de Cuba, pero los abuelos fallecieron poco después de llegar a Miami. La separación familiar, en distintas formas, marcó a toda esa generación.
Rodríguez plasmó esas memorias en Pancho Montana, publicado en 1997 como material de lectura para clases de español de niños de quinto grado en Estados Unidos, y trabaja actualmente en una reedición de la obra que, con el tiempo, se convirtió en un testimonio de referencia sobre la Operación Pedro Pan. Entre los «niños de Pedro Pan» más conocidos figuran también el catedrático de Yale Carlos Eire y el músico Willy Chirino.
«Cada vez que me pongo a hablar de eso, me echo a llorar, lo cual puede ocurrir en esta entrevista también, en cualquier momento», admitió Rodríguez, resumiendo en una sola frase el peso que seis décadas no han logrado borrar.
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