
El pan ha sido durante décadas uno de esos alimentos inseparables de la vida cotidiana del cubano. Está en el desayuno, en la merienda de los niños y jóvenes, en la comida rápida del trabajador y en la mesa de cualquier familia. Por eso, hablar del pan en Cuba es hablar también de las dificultades que atraviesa una población que cada día tiene más problemas para conseguir los alimentos básicos. La pregunta hoy parece inevitable: ¿quién se quedó con el pan nuestro de cada día?
El pan de la bodega todavía llega a la población como parte de la canasta familiar normada, pero ya no lo hace de manera uniforme. Mientras en algunos territorios se distribuye diariamente, en otros llega apenas dos veces por semana. Y cuando llega, no responde a las necesidades de quienes esperan por él. Se trata muchas veces de un pan pequeño, de bajo gramaje y calidad deficiente, muy lejos de aquel alimento que durante años acompañó cotidianamente el desayuno de las familias cubanas.
Las panaderías estatales no producen únicamente para las bodegas. También tienen la responsabilidad de elaborar pan para escuelas, seminternados, hogares maternos, hospitales y otras instituciones. Pero producir no significa abastecer. Las cantidades son insuficientes y la calidad tampoco escapa a las dificultades que enfrenta la industria alimentaria.
La falta de harina y de otras materias primas, los apagones y las dificultades para mantener funcionando los equipos han convertido la elaboración del pan en una actividad cada vez más difícil. En algunas panaderías estatales también se han establecido formas cooperadas con actores no estatales. En estos casos, el Estado aporta fundamentalmente la harina y la sal, mientras la parte privada debe garantizar otros insumos necesarios para la producción, entre ellos el aceite, la levadura y el núcleo. Estas formas han permitido mantener determinada producción, pero no resuelven el problema del abastecimiento general.
Ante la dificultad para comprar diariamente el pan ya elaborado, algunas madres cubanas han tenido que buscar otras alternativas para garantizar el desayuno de sus hijos. Compran harina a las Mipymes y, de acuerdo con sus conocimientos y posibilidades, elaboran en sus casas panecillos, panes o galletas. Si no saben hacer pan, recurren a frituras, pudines u otras preparaciones más sencillas. No es una solución, sino una estrategia de supervivencia para enfrentar la escasez. Porque para cualquiera de esas alternativas también hacen falta huevos, azúcar, aceite, harina y electricidad.
Mientras tanto, las panaderías particulares han ido ocupando un espacio cada vez mayor. Hay panes pequeños y redondos, panecillos, barras largas y otras variedades que ofrecen una alternativa frente al escaso pan normado. Pero tampoco ellas están al margen de la crisis. Los apagones y la falta de materias primas afectan igualmente su producción y hacen irregular el servicio.
El pan particular es mucho más caro y la variedad y calidad dependen de cuánto pueda pagar cada cubano. Así, un alimento que debería ser cotidiano termina convirtiéndose para muchas familias en un gasto que hay que calcular.
Por otra parte existe una paradoja: producir pan puede ser hoy un negocio rentable. La demanda está garantizada porque los cubanos siguen necesitando pan todos los días. Quien consigue harina, electricidad y los demás recursos para producir de manera constante encuentra un mercado prácticamente seguro. Pero no todos pueden acceder a ese mercado.
También existen diferencias marcadas entre La Habana y los municipios del interior del país. Cambian los precios, el tamaño, la calidad y hasta la frecuencia con que aparece el producto. No todos los cubanos tienen las mismas posibilidades de comprar un pan particular ni reciben con la misma regularidad el pan de la canasta normada.
El problema, entonces, no es que el cubano haya dejado de necesitar pan. Al contrario. El pan sigue siendo parte esencial de su alimentación. Lo que ha cambiado es la capacidad del sistema para garantizarlo.
El pan nuestro de cada día ya no parece ser un derecho cotidiano, sino un producto que depende de dónde se viva, de cuánto dinero se tenga y de cuánto pueda conseguir cada quien porque el régimen imperante en la isla eliminó el derecho pleno de comer pan diario, accesible y con calidad en Cuba.
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