La granja roja del Caribe: Rebelión en la granja II

La clase dirigente en Cuba, luciendo obesidad o sobrepeso, en una Isla hambreada. © Presidencia de Cuba
La clase dirigente en Cuba, luciendo obesidad o sobrepeso, en una Isla hambreada. Foto © Presidencia de Cuba

En la Granja Manor, propiedad del negligente y alcohólico señor Jones, los animales viven sometidos al hambre, el trabajo agotador y los abusos. Una noche, el viejo cerdo Mayor les habla de un futuro sin amos humanos, basado en la libertad, la igualdad y el fruto compartido del trabajo. Después de su muerte, sus ideas inspiran una rebelión. Los animales expulsan a Jones, rebautizan el lugar como Granja Animal y establecen siete mandamientos que proclaman la igualdad y condenan las costumbres humanas.

Al principio, la granja parece encaminarse hacia una vida más justa. Sin embargo, los cerdos, considerados los más inteligentes, asumen la dirección. Pronto surge una lucha por el poder entre Snowball, partidario de modernizar la granja mediante la construcción de un molino, y Napoleón, que ambiciona gobernar sin rivales. Este último utiliza unos perros criados en secreto como fuerza represiva para expulsar a Snowball e instaurar una dictadura.

Desde entonces, Napoleón concentra todo el poder. Con la ayuda del propagandista Squealer, convierte la mentira en verdad, responsabiliza a Snowball de cada fracaso y modifica poco a poco los mandamientos. Mientras los animales trabajan más, comen menos y viven aterrorizados, los cerdos acumulan privilegios.

Boxer, el caballo más fuerte y leal, responde a cada dificultad trabajando todavía más. Cuando envejece y deja de ser útil, Napoleón lo vende al matadero, aunque anuncia que murió atendido en un hospital.

Finalmente, los cerdos adoptan todo aquello que la revolución había condenado: comercian con los humanos, duermen en camas, beben alcohol, usan ropa y caminan sobre dos patas. La igualdad queda reducida a una doctrina según la cual algunos animales son superiores a los demás.

En la escena final, Napoleón bebe whisky y juega a las cartas con los propietarios vecinos. Cuando estalla una discusión porque unos y otros hacen trampa, los animales observan desde la ventana. Miran alternativamente a los cerdos y a los hombres, pero ya no pueden distinguir quién es quién.

Así termina la obra de George Orwell, novelista, ensayista y periodista británico, y aquí comienza la segunda parte de esta historia que reclama tu atención. 

Tiempo después de que los animales de la primera granja descubrieran que ya no podían distinguir entre los cerdos y los hombres, estalló una rebelión en una fértil granja del Caribe.

Los cerdos rebeldes, capitaneados por Napoleón II, prometieron igualdad, bienestar, educación, salud, abundancia y progreso. Afirmaron que cada animal sería dueño de su destino y que nunca más habría hambre ni injusticias. Las ovejas balaban entusiasmadas; los caballos golpeaban la tierra con sus cascos; los gallos cantaban anunciando una nueva aurora.

Pero la aurora duró poco. Napoleón II había criado secretamente una jauría de dóberman y bulldogs. Primero los utilizó contra los antiguos dueños; después, contra los animales que habían luchado junto a él. Los perros devoraron gallos de pelea, descuartizaron a toros bravos y encarcelaron a pastores alemanes que preguntaban cuándo comenzarían la libertad y la prosperidad prometidas. Algunos animales fueron fusilados junto al granero. Otros fueron encerrados en establos húmedos y oscuros. Muchos escaparon atravesando el mar.

Napoleón II tenía también muchas cabras siempre listas a delatar a los animales descontentos y a todos los que realizaran cualquier actividad económica o social prohibida por los cerdos.

Los mandamientos comenzaron a cambiar como en la granja europea. Donde antes decía que la tierra pertenecía a todos, apareció escrito que debía ser administrada por los cerdos. Donde se prometía libertad para hablar, se añadió: “Siempre que no se contradiga a Napoleón II”. Y donde se aseguraba que ningún animal sería perseguido por sus ideas, alguien agregó durante la noche: “Salvo cuando sus ideas sean contrarias al animalismo”.

Los cerdos confiscaron los establos, los sembrados, los talleres y hasta los pequeños carritos de los animales vendedores. Lo llamaron justicia revolucionaria. Quienes protestaron fueron declarados parásitos, gusanos o agentes de granjas enemigas. Cada fracaso traía una nueva consigna. Primero ordenaron producir diez millones de sacos de azúcar. Después abandonaron los cañaverales.

Un día prohibieron los pequeños negocios; más adelante los autorizaron. Luego volvieron a prohibirlos, más tarde los toleraron y finalmente les impusieron tantos controles que apenas podían sobrevivir. Las reglas económicas cambiaban con tanta frecuencia que nadie sabía si al amanecer sería campesino, delincuente o trabajador por cuenta propia.

Al principio, Napoleón II proclamó que los animales de las granjas burguesas corrompían las costumbres revolucionarias. Visitar las granjas con costumbres humanas estaba prohibido. Tener monedas extranjeras constituía una traición. Relacionarse con animales exiliados era imperdonable.

Pero cuando desaparecieron el pienso, las medicinas y el combustible, que llegaban a cambio de sangre animal desde la lejana granja de los herederos de Napoleón I, los cerdos cambiaron nuevamente el mandamiento. Comenzaron a invitar a los animales burgueses a tomar el sol en las playas, construir hoteles y negociar con la nueva aristocracia porcina.

También llamaron a los descendientes de aquellos a quienes habían despojado, para que invirtieran sus monedas en la granja, aunque sin devolverles una sola parcela robada.

Las ovejas seguían marchando cada Primero de Mayo. Balaban las consignas aprendidas, votaban en elecciones donde solo podían escoger a los candidatos seleccionados por los cerdos y repetían que la granja era la más libre del mundo. Algunas lo hacían por miedo; otras, por costumbre; muchas, a cambio de una pequeña ración de hierba.

Lucero, el caballo, trabajó durante décadas. Cortó caña, levantó hoteles y mansiones para los cerdos. Recibió la medalla de Héroe del Trabajo y una fotografía junto a Napoleón II. Le prometieron descanso, buena alimentación y atención veterinaria.

Cuando envejeció, enfermó y perdió las fuerzas, terminó abandonado en una choza insalubre. No tenía pienso suficiente, medicinas ni jabón para bañarse. Su medalla permanecía colgada sobre una pared agrietada, mientras los periódicos de los cerdos aseguraban que ningún animal quedaba desamparado.

Napoleón II murió  y dejó la granja roja a su hermano menor Cochina China. Este, años después, nombró como su administrador a Puerco Canelo. Entretanto, los hijos y nietos de Cochina China y Napoleón II vivían en mansiones, viajaban por otras granjas, navegaban en yates y comían piensos exquisitos, desconocidos para la mayoría. Los mismos cerdos que condenaban las costumbres burguesas vestían ropa extranjera, bebían whisky, controlaban los hoteles y guardaban sus riquezas fuera de la granja.

Una noche, los animales hambrientos se acercaron a las ventanas del gran palacio. Dentro, los cerdos brindaban con empresarios extranjeros. Negociaban tierras, puertos, hoteles y cosechas que no les pertenecían.

Los animales miraron a Canelo y a Camarón, nieto preferido de Cochina China, después a los negociantes y nuevamente a los cerdos. Recordaron todas las promesas, los muertos, los presos, los desterrados y los mandamientos borrados y transformados una y otra vez.

Entonces comprendieron la amarga verdad: la rebelión no había eliminado a los antiguos amos. Solamente había sustituido a unos propietarios por otros más crueles, que además exigían gratitud, obediencia y aplausos.

Entonces las ovejas y los carneros, las vacas, los toros y los bueyes, los gallos y gallinas, los patos y gansos, los conejos y hasta las jutías (todos los animales de la granja), comprendieron que había llegado el momento de hacer la verdadera revolución. Se avalanzaron sobre los cerdos con tal ímpetu, que estos huyeron aterrorizados.

Algunos dóberman y bulldogs quisieron defender a sus amos, habían sido entrenados para obedecer a aquellos que les daban huesos con escasa carne a cambio de ciega obediencia, pero nada pudieron hacer ante tantos animales cansados de la opresión y la miseria y dispuestos a conquistar su libertad. Muchos de sus colegas se sumaron a los animales rebeldes.

El anciano Cochina China murió aplastado por otros cerdos en la estampida. Puerco Canelo llora desconsolado en prisión. El Cerdo Camarón logró escapar y vive en la granja donde hace muchos años reinó Napoleón I, que no fue en Inglaterra. El verdadero cerdo Napoleón, fue Iósif Stalin.

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José Daniel Ferrer García

José Daniel Ferrer García (Palma Soriano, 1970). Coordinador de UNPACU y presidente del Partido del Pueblo.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.



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