
Un recorrido por cualquier calle de Cuba permite descubrir una economía que no solo se desarrolla en comercios, mercados u otros establecimientos autorizados, sino también detrás de una ventana, en un portal, junto a una puerta o en un rincón de la sala de una vivienda. A veces se anuncia en un cartel pegado a una pared y otras, basta con que alguien pregunte: «¿Hay de aquello?».
Y es que en Cuba todo el mundo vende algo para sobrevivir. No existe un único perfil del vendedor. Puede ser un ama de casa, un jubilado, una persona mayor que vive sola, un técnico, un profesional, un trabajador estatal, un funcionario o cualquier otra persona que haya encontrado en la reventa una manera de obtener dinero.
Quizás ahí esté una de las características más reveladoras de la situación: vender dejó de ser una actividad exclusiva de comerciantes para convertirse en una forma extendida a sectores muy diversos de la sociedad. Se vende comida, aseo, medicamentos, ropas, zapatos, artículos para el hogar, herramientas, pequeños equipos, accesorios, juguetes, productos tecnológicos nuevos o usados. Se vende de todo.
La escena se vuelve todavía más llamativa cuando se observa una cuadra completa. Una cuadra es, en el sentido urbano, el espacio comprendido entre dos calles que se cruzan, aunque sus dimensiones pueden variar según el lugar. En la isla, basta recorrer una de ellas para encontrar una casa que vende un producto y, al lado, al frente o un poquito más allá, otra que ofrece algo igual o parecido. A veces se vende el mismo producto, con los mismos precios o diferentes. La cuadra se transforma así, en una especie de pequeño mercado fragmentado.Y la pregunta es por qué tanta gente necesita vender.
Cuando una parte importante de las viviendas comienza a convertirse en puntos de comercialización, no estamos solamente ante una transformación del comercio. También estamos observando un cambio de las formas en que las familias consiguen el dinero para resolver sus necesidades más elementales: comprar la comida del día, medicamentos, la merienda de un niño, ahorrar para unos zapatos cuando los que tiene ya están rotos o conseguir un ventilador recargable para soportar el calor de los apagones.
En una sociedad donde muchas familias viven al día, vender algo puede significar conseguir hoy lo que hace falta para comer hoy. Y algunas veces se vende incluso lo que se necesita, porque hay algo más inmediato. Madres han terminado vendiendo un paquete de leche destinado a su hijo para poder comprar unas libras de arroz o un paquete de perritos.
Y no se trata solamente de que los centros estatales estén desabastecidos o que los productos estén demasiado caros si no que hay lugares que pueden estar mejor abastecidos, pero cuyos precios en moneda convertible o en dólares quedan fuera del alcance de de la mayoría de la población, que recibe su pago en pesos cubanos. Ante esa situación, conseguir un producto a través de un vecino, un conocido o una vivienda que lo vende en el barrio puede ser una alternativa más accesible.
Durante décadas, Cuba conoció otras formas de comercio informal. Mercancías que circulaban fuera de los canales oficiales, vendedores que llegaban de puerta en puerta, contactos que permitían conseguir aquello que no aparecía en las tiendas y operaciones que se realizaban con discreción. Después llegaron las redes sociales y los grupos de Facebook, WhatsApp o Telegram, que hicieron posible anunciar un producto, encontrar un comprador y cerrar una operación sin necesidad de que vendedor y comprador se conocieran previamente.
Hoy parte de esa actividad se ha hecho visible. En algunas calles, basta con mirar alrededor para encontrar aquello que alguien necesita. La vivienda ya no es solamente el espacio privado y donde se descansa. Para muchas familias también es el lugar desde donde se vende, se compra, se intercambia y se consigue aquello que no está al alcance en los centros estatales.
Y cuando vender deja de ser una excepción y comienza a repetirse de una casa a otra, de una cuadra a otra, estamos ante algo más que una suma de pequeños vendedores, sino ante una economía informal que se ha expandido hasta ocupar espacios que antes pertenecían a lo estatal o a lo privado.
Tampoco es difícil encontrar que algunos de esos vendedores pueda ser un trabajador estatal, un inspector de comercio, un policía abierto o respaldado por algún familiar que pone la cara, para llegar a fin de mes.
Por eso, en la Cuba de hoy, el todo el mundo vende no es solamente una frase, es también la expresión de hasta dónde ha llegado la necesidad de buscar por cuenta propia, lo que la economía del régimen ya no consigue garantizar.
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