El presidente bielorruso Aleksandr Lukashenko reconoció implícitamente, durante un foro juvenil celebrado el miércoles en Minsk, que si Occidente hubiera logrado derrocarlo en 2020, Rusia habría invadido Bielorrusia del mismo modo que invadió Ucrania en 2022.
La declaración, recogida por la agencia estatal bielorrusa BelTA y difundida en un video de 36 segundos, fue pronunciada ante jóvenes reunidos con motivo del Día de la Unidad Nacional.
«Arrancarnos en vivo de Rusia: eso intentaron hacer en 2020. Y si lo hubieran logrado, tendríamos lo que ocurre ahora en Ucrania, un país rico, poderoso y fuerte. Nos probaron a ustedes y a mí. No les salió», afirmó el mandatario.
La frase no es explícita: Lukashenko no dice que Rusia habría invadido Bielorrusia, sino que el destino de su país habría sido «lo que ocurre ahora en Ucrania». La inferencia, sin embargo, es directa: si hubiera cedido ante las protestas y Bielorrusia se hubiera alejado de Moscú, el Kremlin habría respondido con la misma lógica que aplicó contra Kiev.
El trasfondo es la crisis política de agosto de 2020, cuando las elecciones presidenciales bielorrusas desencadenaron protestas masivas que exigían la renuncia de Lukashenko.
La oposición, encabezada por Sviatlana Tsikhanouskaya, denunció fraude electoral y reclamó nuevas elecciones libres. Rusia respaldó al dictador y las protestas fueron aplastadas.
Dos años después, Moscú justificó su invasión de Ucrania —iniciada el 24 de febrero de 2022— con argumentos de «desmilitarización» y bloqueo a la adhesión de Kiev a la OTAN. La comunidad internacional rechazó esos pretextos; analistas señalan que la causa real fue el rechazo ruso a la orientación occidental de Ucrania y el deseo de restaurar su influencia sobre el país.
Lo que hace singular la declaración de Lukashenko es que, al pronunciarla, está admitiendo algo que el Kremlin nunca formuló en voz alta: que la lealtad de un gobierno a Moscú es condición para no ser invadido.
El dictador bielorruso —en el poder desde 1994 e iniciado su séptimo mandato en marzo de 2025— añadió que los representantes estadounidenses con quienes mantiene diálogo «nunca me dijeron» directamente que querían alejar a Bielorrusia de Rusia, aunque él entendía ese objetivo implícito. «Pero hay que reconocerle a la delegación estadounidense que nunca me lo dijeron», señaló.
La declaración llega en un momento paradójico. Un día antes del discurso, Bielorrusia liberó 25 presos políticos en el marco de negociaciones con el enviado estadounidense John Coale, a cambio de alivio de sanciones. Desde marzo de 2026, el régimen ha puesto en libertad a más de 400 presos políticos en total dentro de ese proceso.
Este doble juego —denuncia pública de las intenciones occidentales ante su audiencia doméstica mientras negocia en privado con Washington— define la estrategia del dictador más longevo de Europa.
Analistas describen su postura como «distanciamiento táctico, no independencia estratégica»: Lukashenko busca ampliar su margen diplomático sin romper con Moscú, de quien sigue dependiendo para su supervivencia política.
El propio Lukashenko resumió esa dependencia con una frase que suena a advertencia tanto para Occidente como para su propio pueblo: «La Federación de Rusia y la República Popular China son dos países que quedan fuera de los paréntesis, no se discuten».
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